{"id":12108,"date":"2017-04-02T08:18:48","date_gmt":"2017-04-02T06:18:48","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/?p=12108"},"modified":"2023-12-29T13:40:28","modified_gmt":"2023-12-29T12:40:28","slug":"la-visita","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/la-visita\/","title":{"rendered":"La visita"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: left;\">Prot\u00e9gete del hombre blanco. Dicen que el olor de nuestra piel es fuerte y penetrante; que olemos a bestia, a bosque h\u00famedo, a pecado\u2026 Ellos huelen a inmundicia y a orines; sus barbas grasientas tapan esos rostros febriles y hambrientos de deseo por nuestras hembras. Un blanco desnudo es una de las peores visiones que han sufrido mis ojos: cueros macilentos y peludos de distintas y rid\u00edculas palideces. No sabr\u00eda qu\u00e9 decir del cuerpo de una mujer blanca.<!--more--> <img decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-12109\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2017\/04\/la-visigta.jpg\" alt=\"\" width=\"850\" height=\"575\" srcset=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2017\/04\/la-visigta.jpg 850w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2017\/04\/la-visigta-300x203.jpg 300w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2017\/04\/la-visigta-768x520.jpg 768w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2017\/04\/la-visigta-500x338.jpg 500w\" sizes=\"(max-width: 850px) 100vw, 850px\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">La primera vez que se me mostr\u00f3, sufr\u00ed uno de los ataques de p\u00e1nico m\u00e1s intensos que haya tenido nunca; mayor, incluso, que cuando al pobre Malela le fue cortada la mano de un hachazo por el\u00a0<em>amo,<\/em>\u00a0s\u00f3lo por haber robado unos mendrugos de pan destinados a dar de comer a las bestias. Si un negro osaba mirar a una\u00a0<em>blanca<\/em>, nadie lo librar\u00eda de recibir unos buenos latigazos. Y, si alcanzaba a ver su desnudez, la muerte estaba asegurada.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El ama Jane no faltaba a la homil\u00eda del domingo. Paseaba su peque\u00f1a biblia, a la que recurr\u00eda constantemente para leernos salmos piadosos y aleccionadores en busca de la salvaci\u00f3n de nuestras almas: \u00ab\u2026que en alg\u00fan rinc\u00f3n del cielo habr\u00e1 sitio para vosotros; que Dios no hace las cosas a ciegas, aunque sea dif\u00edcil entender para qu\u00e9 sirven seres tan oscuros y procaces\u2026\u00bb, dec\u00eda, compungida y tenaz. Siempre hablaba del pecado y su penitencia; su rectitud estaba fuera de duda.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y fuera de toda duda, por mucho que me frotara los ojos creyendo que aquella visi\u00f3n era fruto de un sue\u00f1o o, m\u00e1s bien, de una pesadilla alimentada por la falta de contacto con la piel de una hembra, estaba la figura del ama, que no desaparec\u00eda. Me despert\u00f3 el ruido del agua cayendo sobre el balde; me incorpor\u00e9, a\u00fan medio dormido, para ver qui\u00e9n demonios trajinaba sabiendo que hombres y bestias dorm\u00edan. Era la se\u00f1ora Jane. O su lado oscuro y salvaje; aquello\u00a0que tanto empe\u00f1o pon\u00eda en denigrar y fustigar con las palabras de su inseparable misal. Su cabello ya no estaba sujeto en aquel recogido austero: se desparramaba sobre sus hombros ahora desnudos, que asomaban por el cuello abierto del blus\u00f3n. Cogi\u00f3 la banqueta que us\u00e1bamos para sacar la leche de las cabras y se sent\u00f3, arremang\u00e1ndose la falda. Se desprendi\u00f3 de las medias blancas que tapaban sus blancas piernas y meti\u00f3 sus pies en el agua, hasta la altura de los tobillos. Se le escap\u00f3 un gemido de satisfacci\u00f3n. Hubiera jurado que su mirada se cruz\u00f3 con la m\u00eda por un instante, el tiempo que tard\u00e9 en arrojarme contra la pared en un intento fallido de desaparecer tras aquel muro. Dej\u00e9 de respirar a la espera de o\u00edr sus alaridos pidiendo auxilio y castigo para mi pobre y aturdida persona. El aire volvi\u00f3 a mis pulmones y s\u00f3lo percib\u00ed el sonido del agua que ca\u00eda del trapo con el que frotaba su piel con deleite aquella descarada. Digo descarada, s\u00ed, porque intu\u00ed que no me iba a delatar aun sabiendo con certeza que yo hab\u00eda visto su piel imp\u00fadica y provocadora. Era extra\u00f1a esa belleza lechosa y delicada, tan distinta de nuestra piel de \u00e9bano, delatadora en la noche solo bajo el resplandor de la luna.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El miedo y el goce lucharon en mi mente y en mi cuerpo ante aquel juego silencioso. Cuando dio por terminada su exhibici\u00f3n, se levant\u00f3 y mir\u00f3 en direcci\u00f3n a mi escondrijo, retadora. Se compuso su pelo y sus ropas, y desapareci\u00f3.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La misma escena se repiti\u00f3 casi a diario\u2026 Y yo, apenas lograba conciliar el sue\u00f1o una vez terminada su\u00a0<em>visita;<\/em>\u00a0cuando no asomaba por el establo, tampoco. Por el d\u00eda arrastraba mis pies de puro cansancio y el amo me mand\u00f3 mirar por el matasanos, no fuera a enfermar uno de sus mejores negros. \u00abTodo est\u00e1 bien\u00bb \u2014le comunic\u00f3 el doctor\u2014; \u00abLo que ocurre es que \u00e9stos se hacen vagos e indolentes con el tiempo y no conviene tratarlos con excesivo miramiento\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Aquella noche el ama no apareci\u00f3 y yo tuve una pesadilla: el amo nos encontraba revolc\u00e1ndonos en el establo y se ayudaba de sus perros de presa para ejecutar su venganza. No quedaba de nosotros ni un jir\u00f3n de piel ni un hueso pegado al otro\u2026 Me despert\u00e9 sudoroso y agitado con un solo pensamiento; no pasar\u00eda ni una noche m\u00e1s en aquella plantaci\u00f3n. Huir\u00eda agazapado entre las algodoneras y caminar\u00eda r\u00edo abajo. Si ten\u00eda suerte, encontrar\u00eda alg\u00fan grupo de abolicionistas que sol\u00edan aventurarse por estas tierras y ser\u00eda, por fin, un hombre libre; si no, yo mismo elegir\u00eda la manera de morir adentr\u00e1ndome en esas aguas turbias y c\u00e1lidas hasta que mis pies dejaran de sentir el fondo que, m\u00e1s tarde, acoger\u00eda mi cuerpo inerte y ya libre de grilletes y humillaciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y aqu\u00ed estoy: recorriendo distancias sin fatiga, visitando ciudades y poblados; acerc\u00e1ndome a la orilla para acariciar manos de mujeres que lavan la ropa y piernas de ni\u00f1os que chapotean bulliciosos. Pero solo temporalmente, porque la corriente me arrastra hacia el oc\u00e9ano inmenso donde habitar\u00e9, incoloro, hasta llegar a la tierra de donde fueron arrebatados los\u00a0<em>nuestros.\u00a0<\/em>Libre.<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Prot\u00e9gete del hombre blanco. Dicen que el olor de nuestra piel es fuerte y penetrante; que olemos a bestia, a bosque h\u00famedo, a pecado\u2026 Ellos huelen a inmundicia y a orines; sus barbas grasientas tapan esos rostros febriles y hambrientos de deseo por nuestras hembras. 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