{"id":1186,"date":"2011-10-12T07:14:23","date_gmt":"2011-10-12T05:14:23","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/los-schindler-espanoles\/"},"modified":"2021-12-07T20:01:01","modified_gmt":"2021-12-07T19:01:01","slug":"los-schindler-espanoles","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/los-schindler-espanoles\/","title":{"rendered":"Los Schindler espa\u00f1oles"},"content":{"rendered":"<h3>Las hermanas Touza<\/h3>\n<p>Ribadavia estaba en la mejor posici\u00f3n geogr\u00e1fica para pasar a Portugal. M\u00e1s al oeste, en Vigo y Tuy, por ejemplo, la vigilancia era mayor. Las rosquillas que hac\u00edan las hermanas Touza\u00a0 \u2014Lola, Amparo y Julia\u2014 eran muy apreciadas en Ribadavia. Aunque ten\u00edan fama de rojas y viv\u00edan estigmatizadas por haber estado presas durante la Guerra Civil, nadie les profesaba odio. Al contrario, todo el mundo en la localidad elogiaba su simpat\u00eda, su bondad y tradici\u00f3n caritativa, que en la ayuda de presos y perseguidos pol\u00edticos tantos disgustos y problemas ya les hab\u00eda costado. Eran las que desde los a\u00f1os treinta se encargaban de la cantina de la estaci\u00f3n donde, adem\u00e1s de sus famosas rosquillas, vend\u00edan golosinas, bocadillos de embutido y refrescos. Cuando llegaban los trenes de pasajeros, aprovechaban el tiempo que demoraban en cargar agua y carb\u00f3n para recorrer el and\u00e9n con una cesta en bandolera desde la que serv\u00edan por las ventanillas.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" class=\"alignright\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/10\/Las%20hermanas%20Touza.jpg\" alt=\"alt\" width=\"349\" height=\"499\" \/>Para los viajeros habituales eran unos rostros familiares. Nadie sabe muy bien c\u00f3mo, una de ellas, Lola, la mayor, fue captada por una red que se dedicaba a facilitar el paso de refugiados a la vecina Portugal por la frontera del Mi\u00f1o. Corr\u00eda el a\u00f1o 1943. A partir de ese momento, tanto ella como sus hermanas, raro era el d\u00eda que no acog\u00edan a alg\u00fan forastero camuflado que se encomendaba a su solidaridad para ponerse a salvo.<\/p>\n<p>Algunas veces la red con la que colaboraban las alertaba previamente de la llegada de alg\u00fan nuevo refugiado en un tren regular, y entonces Lola recorr\u00eda los vagones en su b\u00fasqueda, siempre con la cesta en jarras. Otras veces llegaban, magulladas y ocultas en trenes de mercanc\u00edas. Cuando alguna de las hermanas observaba su presencia dubitativa entre las v\u00edas, le conduc\u00edan discretamente hasta la cantina, donde le daban de comer y le ocultaban en una especie de zulo del subsuelo en el que almacenaban las mercanc\u00edas. Por la noche, aprovechando la oscuridad, lo conduc\u00edan por las calles menos frecuentadas hasta su propia casa, donde le alojaban en una habitaci\u00f3n camuflada que ten\u00edan en el desv\u00e1n.<\/p>\n<p>Lola, la m\u00e1s activa y decidida de las tres, ten\u00eda soluciones para todas las contingencias y, aunque no simpatizaba con la Guardia Civil, cuidaba mucho las relaciones con las parejas que patrullaban por la estaci\u00f3n. Su domicilio, en el barrio antiguo, estaba, como queda dicho, al lado del ayuntamiento, en una calle de soportales, cerca de los calabozos municipales. Conoc\u00eda los alrededores del pueblo, los senderos y pasos fluviales, y ella misma dise\u00f1\u00f3 tres rutas de evasi\u00f3n hacia la frontera, evitando pueblos y aldeas, unas para realizar a pie y otras en coche.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de los pescadores de ca\u00f1a Francisco Est\u00e9vez y su hijo Ram\u00f3n, a quien tambi\u00e9n nos hemos referido, Lola encontr\u00f3 complicidad en Ricardo P\u00e9rez Prada, un constructor de barriles para vino\u00a0 \u2014una de las producciones tradicionales de la tierra\u2014, a quien apodaban en el pueblo\u00a0 El Evangelista. Ricardo hab\u00eda vivido unos a\u00f1os en Estados Unidos, hablaba ingl\u00e9s y, lo que era m\u00e1s ex\u00f3tico, en una localidad peque\u00f1a como Ribadavia, se defend\u00eda en polaco, por lo menos lo suficiente como para entenderse con aquellos forasteros que en la mayor parte de los casos no hablaban ni una palabra de castellano. Ricardo ten\u00eda el taller cerca de la estaci\u00f3n y enseguida acud\u00eda a la cantina cuando alguna de las hermanas le llamaba para hacer de int\u00e9rprete.<\/p>\n<p>La convivencia en la cantina, en las largas esperas por retrasos de los trenes, a veces de horas, facilit\u00f3 que Lola y sus hermanas estableciesen estrecha relaci\u00f3n con dos taxistas, su pariente Jos\u00e9 Rocha y Javier M\u00edguez. Javier M\u00edguez, a quien todo el pueblo conoc\u00eda como El Calavera, un apodo heredado de su padre que \u00e9l aceptaba con buen humor. Hab\u00eda sido legionario y, durante la Guerra Civil,\u00a0 conductor particular del general Mill\u00e1n Astray en el frente de Pinto (Madrid).<\/p>\n<p>Gracias a la personalidad persuasiva de Lola, todos ellos se prestaron sin reservas a ayudar y a asumir los riesgos que implicaba transportar extranjeros hasta la frontera. Su preocupaci\u00f3n aument\u00f3 cuando corri\u00f3 el rumor de que miembros de la Gestapo llegaban de Vigo de vez en cuando y husmeaban por el pueblo en busca de sospechosos, prueba de que ten\u00edan indicios de que algo se tramaba por all\u00ed. Pero en tres a\u00f1os no consiguieron detener a ninguno ni identificar a quienes los proteg\u00edan. \u00abIntentaban pasar inadvertidos. Solo les faltaba hablar gallego. Pero se les ol\u00eda a la legua \u2014recuerda un viejo contertulio del casino\u2014. Aqu\u00ed nos conoc\u00edamos todos. Nadie delat\u00f3 a nadie. Si alguien sab\u00eda alguna cosa, lo call\u00f3\u00bb.<\/p>\n<h3>Uno del Betis en Mauthausen<strong><br \/>\n<\/strong><\/h3>\n<p>La Guerra Civil y sus ideas izquierdistas frustraron la prometedora carrera futbol\u00edstica de Saturnino Navazo Tapias en el Real Betis Balompi\u00e9 de Sevilla. Cuando intuy\u00f3 que iba a ser detenido y juzgado por un consejo de guerra, huy\u00f3 a Francia a trav\u00e9s de los Pirineos y pas\u00f3 varios meses en uno de los campos donde eran internados los refugiados espa\u00f1oles. Descartada la esperanza de poder regresar a Espa\u00f1a, esperaba emigrar a alguno de los pa\u00edses latinoamericanos que acog\u00edan con cuentagotas a republicanos v\u00edctimas de las represalias franquistas, pero ese momento nunca lleg\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando los nazis invadieron Francia, Saturnino, que se hallaba en Toulouse, fue detenido y enviado al campo de concentraci\u00f3n de Mauthausen. All\u00ed, al igual que otros muchos compatriotas, soport\u00f3 las inclemencias del tiempo, los malos tratos de los carceleros, una alimentaci\u00f3n nauseabunda y trabajos de sol a sol que nunca se ve\u00edan culminados. Era una vida angustiosa para la que no ve\u00eda final. Esta\u00a0 cambi\u00f3 cuando apareci\u00f3 en el campo un ni\u00f1o con el pelo cortado al cero, cuyo aire travieso y simp\u00e1tico contrastaba con la tristeza de sus ojos. Algunos internos le gastaban bromas a las que el peque\u00f1o respond\u00eda con sonrisas y travesuras. Siempre estaba deseando jugar, saltaba de una cama a otra, revolv\u00eda los enseres de sus compa\u00f1eros\u00a0 de cautiverio y desbordaba una alegr\u00eda tras la cual Navazo enseguida descubri\u00f3 un terrible drama personal.<\/p>\n<p>El ni\u00f1o se llamaba Sigfried Mier y hab\u00eda nacido en Francfort, donde un mal d\u00eda unos agentes de las SS lo detuvieron junto a toda su familia para trasladarlos en un tren de ganado al campo de exterminio de Auschwitz. Nada m\u00e1s apearse del tren, los guardias obligaron a sus padres a separarse. Siegfried se qued\u00f3 con su madre. Unos prisioneros que colaboraban en las labores de recepci\u00f3n de los nuevos detenidos que iban llegando,\u00a0 le advirtieron: \u00abOc\u00faltelo. Ll\u00e9velo debajo del abrigo al barrac\u00f3n y esc\u00f3ndalo entre las literas cuando hagan el recuento. Si lo descubren los nazis se lo quitar\u00e1n y lo llevar\u00e1n a la cl\u00ednica para someterlo a sus experimentos\u00bb. Algunas mujeres ayudaron a mantenerlo escondido durante alg\u00fan tiempo, hasta que la madre enferm\u00f3 de tifus y en pocos d\u00edas muri\u00f3. En otro pabell\u00f3n para hombres, su padre apenas la sobrevivi\u00f3 unas semanas. Las mujeres del barrac\u00f3n siguieron ocultando al ni\u00f1o Siegfried, pero en uno de los registros se asustaron y le recomendaron que se presentase a los guardias.\u00a0\u00a0 Sorprendentemente, estos no tomaron represalias lo llevaron a un pabell\u00f3n de hombres y, cuando tambi\u00e9n \u00e9l comenz\u00f3 a mostrar los primeros s\u00edntomas del\u00a0 Tifus, lo recluyeron en la enfermer\u00eda que regentaba el tristemente c\u00e9lebre\u00a0 Doctor Menguele. Lo trataron con inyecciones y sobrevivi\u00f3. Ten\u00eda alrededor de ocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>En un traslado junto A otros prisioneros que desconoc\u00edan su destino, el convoy fue atacado por una patrulla de partisanos yugoslavos, que les liberaron. Pero por poco tiempo. Tras deambular por la estepa nevada unas horas, sin recordar muy bien c\u00f3mo ni exactamente d\u00f3nde, fue apresado, unido a otro grupo de prisioneros y trasladado al campo de Mauthausen, en Austria, donde le alojaron en el pabell\u00f3n de los republicanos espa\u00f1oles.<\/p>\n<p>Navazo, a quien las privaciones hab\u00edan deteriorado aquel corpach\u00f3n deportivo de sus tiempos de futbolista, se enterneci\u00f3 con su historia. Le ense\u00f1\u00f3 algunas frases en espa\u00f1ol y, consciente de\u00a0 que en cualquier momento le llevar\u00edan a otro lugar, le recomend\u00f3, como pudo:<\/p>\n<p>No digas que eres jud\u00edo. Si te preguntan, diles que eres espa\u00f1ol, que te llamas Sigfrido Navazo y que eres hijo m\u00edo. No des muchos detalles. Solo si te preguntan les cuentas que viv\u00edas en Madrid, en la calle Don Quijote n\u00famero 49, en el barrio de Cuatro Caminos.<\/p>\n<p>\u00bfLo recordar\u00e1s? Calle Don Quijote, son unos animales, pero ese nombre seguro que les suena.<\/p>\n<p>El ni\u00f1o era avispado y desde ese momento no se separ\u00f3 de su padre adoptivo, del que se hab\u00eda encari\u00f1ado. Pasaban el tiempo juntos, cont\u00e1ndose detalles de sus penurias, practicando espa\u00f1ol y dando patadas a un bal\u00f3n de trapo con el que Saturnino Navazo rememoraba sus a\u00f1os de gloria y le preparaba para cuando el peque\u00f1o pudiera imitarlo. Pasaron muchos meses. Siegfried, aunque no estaba muy seguro de la fecha de su nacimiento, por algunos c\u00e1lculos concluy\u00f3 que cumpl\u00eda nueve a\u00f1os cuando se produjo la ansiada liberaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Saturnino Navazo regres\u00f3 a Toulouse, pero con su hijo adoptivo de la mano. No le result\u00f3 sencillo incorporarse a la normalidad en un pa\u00eds que adem\u00e1s de no ser el suyo hab\u00eda quedado deprimido y destrozado por la ocupaci\u00f3n alemana. Pero la presencia de aquel ni\u00f1o, travieso como no hab\u00eda conocido otro, le estimulaba para luchar y que no le faltase ni comida, ni ropa ni ense\u00f1anza. Lo escolariz\u00f3 en cuanto pudo y procur\u00f3 que el aprendizaje del franc\u00e9s no le impidiese seguir perfeccionando el espa\u00f1ol.<\/p>\n<p>Cuando ten\u00eda catorce a\u00f1os, Siegfried Mier, que ya hab\u00eda sentado la cabeza, aprendi\u00f3 el oficio de sastre. Mucho tiempo despu\u00e9s, tras relatar su experiencia en la lucha por la vida, comentaba: \u00abSoy agn\u00f3stico y no creo en nada de lo de por ah\u00ed arriba. Pero mi padre Saturnino era un santo\u00bb.<\/p>\n<p><strong>NOTA: <\/strong>Del libro <em>Entre bestias y h\u00e9roes. Los espa\u00f1oles que plantaron cara al holocausto<\/em>, <strong>Premio Espasa de Ensayo 2011<\/strong>, del periodista e historiador Diego Carcedo.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las hermanas Touza Ribadavia estaba en la mejor posici\u00f3n geogr\u00e1fica para pasar a Portugal. M\u00e1s al oeste, en Vigo y Tuy, por ejemplo, la vigilancia era mayor. Las rosquillas que hac\u00edan las hermanas Touza\u00a0 \u2014Lola, Amparo y Julia\u2014 eran muy apreciadas en Ribadavia. 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