En el corazón del distrito madrileño de Chamberí, entre calles de arbolado urbano y vida vecinal, existe una casa que, aparentemente, podría pasar desapercibida a los ojos de cualquier transeúnte. Sin embargo, su nombre —Velintonia— evoca ya una leyenda literaria: fue el hogar y refugio durante casi cuarenta años de Vicente Aleixandre, uno de los grandes poetas españoles del siglo XX y Premio Nobel de Literatura en 1977.

Hoy, después de décadas de abandono y debates sobre su futuro, Velintonia vuelve a abrirse a la luz pública. Su historia, sus sombras, su silencio y su vibración íntima son mucho más que una mera anécdota arquitectónica: son parte esencial de la memoria literaria de España, de la generación del 27 y de la propia vida de Aleixandre.

Un origen artesanal: la casa que construyó un poeta

Velintonia fue construida en 1927 en lo que entonces era la calle Wellingtonia —denominación que Vicente Aleixandre castellanizó cariñosamente— y fue habitada casi de inmediato por él y su familia. La vivienda —una construcción unifamiliar de tres plantas con jardín— no solo fue un domicilio: con el paso de los años se convirtió en el lugar donde el poeta escribió gran parte de su obra y recibió a figuras claves de la literatura española e internacional.

Desde el contexto histórico, este detalle es fundamental. La década de 1920 —y, sobre todo, la de 1930— fue un periodo de efervescencia cultural: la llamada generación del 27, integrada por nombres como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda o Dámaso Alonso, buscaba renovar la poesía española combinando tradición y vanguardia. Velintonia se convirtió, de ese modo, en una especie de epicentro intelectual informal, un salón donde la palabra poética fluía con naturalidad y donde los creadores encontraban un espacio de diálogo y creación.

El exilio interior y la generación del 27

La vida de Aleixandre estuvo marcada por la fragilidad de su salud. Su delicada condición lo llevó a recluirse en su vivienda, pero también convirtió esa misma casa en su bastión creativo. Este “exilio interior” no fue una cárcel, sino una forma de proteger su mundo de la turbulencia política y social que atravesaba España durante la Guerra Civil y los años de posguerra.

En Velintonia —según testimonios y reconstrucciones históricas— pasaron poetas y pensadores que, de alguna manera, definieron la narrativa poética española del siglo XX: García Lorca, Neruda, Cernuda, Miguel Hernández y muchos otros cruzaron sus puertas para leer, conversar, debatir e intercambiar ideas. Si bien Aleixandre nunca salió al exilio físico como otros de sus coetáneos, su casa se convirtió en un símbolo de resistencia cultural.

Una anécdota reveladora es la que Alfonso Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre (AAVA), ha repetido en numerosas ocasiones: la generación poética del 27 veía en Velintonia un punto de encuentro, donde las ideas se entrelazaban y donde la amistad literaria encontraba su lugar natural, sin formalismos ni jerarquías.

Palabras y paredes: Velintonia como lugar de creación

Pocos focos de la literatura española tienen una conexión tan íntima con la obra de un autor como Velintonia con la poesía de Aleixandre. En esa casa escribió —entre otros— hitos de su producción, alimentándose de la conversación de los que lo visitaban y de la propia celebración íntima de la palabra poética.

No es casualidad que la literatura de Aleixandre, profundamente lírica, con ecos surrealistas y un fuerte sentido del cosmos y lo íntimo, emane precisamente de ese entorno. Para el poeta, Velintonia no fue solo el lugar donde se tecleaban versos, sino un espacio vivo donde la poesía encontraba ecos en los pasos, en la luz que entraba por sus ventanas y en la conversación con otros creadores.

La casa —más allá de sus ladrillos y jardín— se convirtió en una metáfora física del proceso creativo de Aleixandre: un espacio donde la palabra, la memoria y la humanidad se entrelazaban. Este valor simbólico ha sido reivindicado por generaciones de escritores que, después de él, han visto en Velintonia algo más que una casa: un santuario poético.

El silencio de los años y la lucha por la memoria

Tras la muerte de Vicente Aleixandre en 1984 —y de su hermana Concepción dos años después— Velintonia quedó cerrada y progresivamente fue cayendo en el silencio. Durante décadas, su estado físico se deterioró y su futuro quedó en manos de herederos privados, lo que generó un intenso debate cultural.

Las décadas siguientes estuvieron marcadas por una lucha constante de colectivos literarios y culturales para que la casa del Nobel fuera protegida como patrimonio histórico y, sobre todo, para que pudiera ser un espacio abierto a la poesía y a la memoria colectiva. La Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre ha sido protagonista de esta reivindicación, denunciando en numerosas ocasiones el abandono y su valor insustituible para la cultura española.

Este movimiento no solo buscaba la conservación de un edificio, sino la rehabilitación de un símbolo: que Velintonia fuera reconocida más allá de sus muros, como un espacio de memoria viva, donde generaciones futuras pudieran entender y sentir la atmósfera que alimentó a uno de los más grandes poetas españoles.

El regreso a la vida: nuevas puertas abiertas

En los últimos años, lo que parecía una causa perdida ha experimentado un giro significativo. En junio de 2025, la Comunidad de Madrid adquirió Velintonia con el objetivo de restaurarla y transformarla en la futura Casa de la Poesía, con apertura proyectada para 2027, coincidiendo con la celebración del centenario de la generación del 27.

Este hito es, sin duda, una victoria para quienes han luchado por la memoria cultural y literaria de España. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha insistido en que la casa será “un espacio de homenaje a la generación del 27 y a toda la Edad de Plata”, destinado a ser accesible para el público y a honrar la vida de Aleixandre.

En julio de 2025 se celebraron las primeras visitas guiadas tras décadas de silencio: grupos reducidos recorrieron las estancias donde Lorca tocó el piano, donde Aleixandre escribió, y donde hoy solo resuenan, por ahora, las voces de su memoria. El jardín conserva aún el cedro del Líbano que el poeta plantó en 1940, un símbolo vivo de su retorno tras la guerra y de la presencia de la poesía en ese lugar.

Documentar la memoria: Velintonia en la mirada contemporánea

La historia de Velintonia ha llegado también al cine y a la reflexión contemporánea. El documental Velintonia 3, dirigido por Javier Vila y estrenado en 2025, explora no solo la historia y el pasado de la casa, sino también su presente y su futuro en construcción. A través de testimonios, archivos y reflexiones, la película revivifica la memoria del hogar y su relación con la poesía de Aleixandre.

La narrativa audiovisual y cultural que se ha tejido alrededor de Velintonia subraya su importancia no solo como un lugar físico, sino como un símbolo cultural vivo. La reivindicación del edificio coincide con un renovado interés por la generación del 27 —su legado literario, sus encuentros y sus rupturas— en un momento en que la poesía parece recuperar fuerza en el imaginario colectivo.

Más que una casa: Velintonia como legado poético

Velintonia representa, a la vez, la intimidad de un poeta y la universalidad de la poesía. Fue el lugar donde Aleixandre consolidó su obra, donde conversó con sus contemporáneos, donde la vida y la creación se encontraron en una misma respiración. Que hoy Velintonia esté destinada a convertirse en la Casa de la Poesía —accesible y viva otra vez— no es solo un triunfo patrimonial, sino un acto de justicia poética: devolver al mundo un espacio que siempre estuvo, primero que nada, al servicio de la palabra.

En un tiempo donde el patrimonio cultural enfrenta múltiples amenazas —desde la gentrificación hasta la indiferencia institucional— Velintonia se alza como un faro: un lugar donde la literatura no es un objeto de museo, sino un territorio de experiencias, memoria y futuro. Que las voces de los poetas que cruzaron sus puertas —desde García Lorca y Neruda hasta los poetas jóvenes de hoy— puedan resonar nuevamente bajo su techo sería, sin duda, la mejor manera de honrar la vida y obra de Vicente Aleixandre.

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Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.

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