La Guerra Civil española encara su tramo final en el invierno de 1939. Cataluña ha caído o está a punto de hacerlo, el Ejército Popular de la República acusa un desgaste extremo y el desenlace del conflicto parece ya escrito. Sin embargo, en el suroeste peninsular, lejos de los focos mediáticos y de las grandes capitales simbólicas de la contienda, se desarrolla la que sería la última gran ofensiva republicana de la guerra. Su escenario: la cuenca minera de Peñarroya-Pueblonuevo y la localidad extremeña de Valsequillo. Su inicio: la víspera del día de Reyes Magos. Su resultado: una victoria táctica sin trascendencia estratégica, condenada al olvido por la historia oficial.
Un frente secundario convertido en protagonista
Desde el otoño de 1937, el frente de Extremadura y norte de Córdoba había quedado relegado a un papel secundario. Tras la batalla de Brunete, Belchite y Teruel, la guerra se había desplazado hacia el este, culminando en la decisiva ofensiva del Ebro en 1938. El suroeste, estabilizado desde hacía meses, parecía un escenario inmóvil, con escaramuzas menores y un desgaste lento de hombres y recursos.
Sin embargo, el Estado Mayor republicano, consciente de la gravedad de la situación tras el colapso del frente catalán, decidió lanzar una ofensiva desesperada con un doble objetivo: aliviar la presión franquista sobre Cataluña y demostrar a las potencias europeas que la República aún conservaba capacidad ofensiva. Nacía así la llamada ofensiva de Valsequillo, también conocida como batalla de Peñarroya.
La víspera de Reyes: comienza la ofensiva
La ofensiva terrestre comenzó el 5 de enero de 1939, víspera del día de Reyes Magos. La fecha no era casual: se buscaba aprovechar la relajación enemiga tras las celebraciones navideñas y el mal tiempo invernal, que dificultaba el apoyo aéreo nacional.
El despliegue republicano fue notable. Un total de 92.000 soldados, encuadrados en el Ejército de Extremadura, participaron en la operación, apoyados por 40 carros de combate, en su mayoría T-26 de origen soviético. Frente a ellos se encontraban 68.000 efectivos nacionales, pertenecientes al Ejército del Sur, con posiciones defensivas bien atrincheradas pero dispersas en un frente amplio.
El mando republicano recaía en el coronel Antonio Escobar Huertas, militar profesional y católico practicante, cuya figura encarna muchas de las contradicciones del Ejército Popular. Bajo su autoridad operaban unidades veteranas, algunas procedentes de los duros combates del centro y del Ebro.
Objetivos militares y planteamiento estratégico
El plan republicano era ambicioso, aunque limitado por la escasez de medios. Se pretendía romper el frente nacional entre Hinojosa del Duque y Monterrubio de la Serena, avanzar hacia Peñarroya y amenazar Córdoba, uno de los principales bastiones del sur franquista. Una ruptura exitosa podría haber obligado a Franco a desviar tropas del frente catalán, retrasando su ofensiva final.
La operación se concibió como un ataque concentrado, con fuerte apoyo artillero inicial y penetraciones acorazadas en los puntos más débiles del dispositivo enemigo. A diferencia de otras ofensivas republicanas anteriores, se intentó evitar la dispersión de esfuerzos y se apostó por un mando más centralizado.
El avance inicial: éxito táctico republicano
Los primeros días de combate fueron favorables a la República. La sorpresa estratégica funcionó y las tropas republicanas lograron romper las líneas nacionales en varios sectores, ocupando posiciones clave y tomando localidades como Valsequillo. El avance fue especialmente significativo en las zonas mineras, donde la orografía favorecía la infiltración de la infantería.
Los carros de combate T-26, aunque numéricamente escasos, resultaron eficaces en el apoyo directo a las tropas de asalto. Durante las primeras 72 horas, el Ejército Popular avanzó varios kilómetros, capturó material enemigo y obligó a los nacionales a replegarse en desorden en algunos sectores.
Este éxito inicial tuvo un fuerte impacto moral. Para muchos combatientes republicanos, Valsequillo representó la esperanza de que la guerra aún no estaba perdida.
La reacción nacional y el estancamiento
La respuesta del mando nacional no se hizo esperar. Una vez superada la sorpresa inicial, el Ejército del Sur reorganizó sus defensas y comenzó a recibir refuerzos. La superioridad aérea franquista, limitada en los primeros días por el mal tiempo, empezó a hacerse notar, castigando duramente las concentraciones republicanas y sus líneas de suministro.
El terreno, abrupto y poco apto para grandes maniobras, frenó el avance republicano. La falta de combustible y repuestos redujo progresivamente la operatividad de los carros de combate. Además, el Ejército Popular carecía de reservas suficientes para explotar la ruptura inicial.
A partir de la segunda semana, la ofensiva quedó prácticamente estancada. Los combates se transformaron en una guerra de posiciones, con ataques locales y un elevado desgaste humano.
Una victoria sin consecuencias
A finales de enero, el mando republicano ordenó detener la ofensiva. Aunque Valsequillo permaneció en manos republicanas durante varias semanas, el objetivo estratégico de aliviar el frente catalán no se había cumplido. Barcelona caería el 26 de enero de 1939, apenas tres semanas después del inicio de la ofensiva.
Desde el punto de vista estrictamente militar, la batalla de Valsequillo fue una victoria táctica republicana: se ganó terreno, se infligieron bajas al enemigo y se demostró capacidad ofensiva. Pero desde una perspectiva estratégica, resultó irrelevante. La guerra estaba decidida.
El silencio de la historiografía
¿Por qué Valsequillo es una de las batallas más desconocidas de la Guerra Civil? Las razones son múltiples. En primer lugar, su desenlace coincidió con el colapso definitivo de la República, eclipsada por la caída de Cataluña y, semanas después, por el golpe de Casado y el final del conflicto.
En segundo lugar, el régimen franquista no tenía interés en destacar una operación en la que el enemigo había obtenido éxitos iniciales. Para la historiografía oficial, Valsequillo fue una anomalía incómoda. Para la memoria republicana, en cambio, representaba un esfuerzo heroico pero inútil, difícil de encajar en el relato del desastre final.
Por último, su localización periférica, lejos de Madrid, Barcelona o el Ebro, contribuyó a su olvido. Extremadura y el norte de Córdoba quedaron al margen de los grandes relatos épicos de la guerra.
Valsequillo como símbolo del final
Hoy, la batalla de Valsequillo puede interpretarse como el último intento racional del Ejército Popular de cambiar el curso de la guerra. No fue una ofensiva suicida ni improvisada, sino una operación planificada con criterios militares sólidos, dentro de las enormes limitaciones materiales de la República en 1939.
Más allá de su resultado, Valsequillo simboliza el agotamiento de un ejército y de un proyecto político, pero también su capacidad de resistencia hasta el final. En la víspera de Reyes, mientras España se encaminaba hacia cuatro décadas de dictadura, miles de hombres combatían en los campos extremeños con la esperanza, quizá ilusoria, de que aún quedaba una oportunidad.
Recuperar la memoria de Valsequillo no es solo un ejercicio de justicia histórica, sino una forma de comprender mejor cómo terminó realmente la Guerra Civil española: no con una rendición inmediata, sino con una última batalla, olvidada, librada contra el tiempo y contra un destino ya sellado.
Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.






