En la inmensidad del Atlántico, donde el horizonte se funde con el infinito, un cayuco maltrecho emergió como un fantasma de la desesperación humana. Era el 24 de agosto de 2025 cuando Salvamento Marítimo rescató la embarcación a 429 kilómetros al sur de Gran Canaria, un punto remoto al oeste de Dajla, en el Sahara Occidental. Lo que parecía un milagro de supervivencia pronto se reveló como una pesadilla de horror: 251 migrantes subsaharianos, exhaustos y traumatizados, fueron desembarcados en el puerto de Arguineguín. Pero detrás de sus ojos hundidos yacía el secreto de decenas de muertes, no solo por el hambre y la sed implacables, sino por crímenes impulsados por la superstición más primitiva. Esta historia no es solo un relato de migración fallida; es un grito urgente que nos obliga a confrontar la barbarie que surge cuando la desesperación se entreteje con el miedo irracional. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, la brujería se convierta en verdugo en medio del océano?

La ruta atlántica hacia las Islas Canarias se ha convertido en un cementerio flotante, un pasaje mortal que atrae a quienes huyen de la pobreza, los conflictos y la falta de oportunidades en África Occidental. En 2025, el archipiélago ha registrado un aumento alarmante en las llegadas de cayucos: embarcaciones precarias, sobrecargadas, que parten de costas como las de Senegal, Mauritania o Gambia, enfrentando olas traicioneras y vientos impredecibles. Según datos de organizaciones internacionales, más de 20.000 migrantes han arribado a Canarias este año, pero miles han perecido en el intento. El cayuco rescatado el 24 de agosto no era una excepción; partió de Senegal con entre 300 y 320 almas a bordo, una mezcla de hombres, mujeres y niños –incluyendo al menos 10 menores, dos bebés y ocho niños pequeños– que soñaban con una vida mejor en Europa. Pero el sueño se torció rápidamente: tras días de navegación, el motor falló, dejando la barca a la deriva durante once interminables jornadas. El sol abrasador, la escasez de agua y comida, y el hacinamiento transformaron el cayuco en un infierno flotante. Los supervivientes relatan cómo el pánico se apoderó de ellos, y cómo la racionalidad cedió ante creencias ancestrales que, en lugar de unir, dividieron y mataron.

Imaginemos la escena: una embarcación de madera endeble, balanceándose en el vasto océano, con cuerpos amontonados bajo un cielo implacable. Los primeros días, la esperanza persistía, pero cuando el motor se averió, el agua dulce se agotó y las raciones se redujeron a nada, la muerte comenzó su cosecha. Al menos 50 personas –algunas estimaciones elevan la cifra a 70 u 84– sucumbieron a la deshidratación, el hambre y las enfermedades. Cuerpos inertes fueron arrojados al mar para aligerar la carga y evitar infecciones. Pero no todas las muertes fueron naturales. Testimonios recopilados por la Policía Nacional pintan un cuadro escalofriante: en medio del caos, la superstición se erigió como juez y verdugo. Algunos ocupantes, aterrorizados por la «mala suerte» que les impedía avanzar –olas adversas, vientos contrarios, averías inexplicables–, atribuyeron sus males a fuerzas sobrenaturales. «Brujería», murmuraban, convencidos de que alguien a bordo había invocado un maleficio que los condenaba a todos. Esta creencia, arraigada en tradiciones culturales de regiones subsaharianas donde la hechicería aún influye en la vida cotidiana, desató una caza de brujas literal.

Los supervivientes, en declaraciones confidenciales a las autoridades, describen cómo el grupo se fragmentó. Líderes informales –no solo los dos o tres que manejaban el timón, sino un entramado de colaboradores que mantenían el orden en una barca con cientos de personas– comenzaron a señalar culpables. Aquellos que rezaban en voz alta, deliraban por la sed o simplemente parecían «diferentes» fueron acusados de ser brujos o vampiros que atraían la desgracia. «Un vampiro», recuerdan algunos testigos en casos similares investigados por la Guardia Civil, una expresión que evoca el terror primitivo. En este cayuco, las acusaciones escalaron a violencia: golpes, forcejeos y, finalmente, el acto definitivo de arrojar a los supuestos culpables por la borda, aún vivos, al abismo del océano. ¿Cómo persuadirnos de la gravedad? Imaginen el grito ahogado de un hombre inocente, hundido en las olas mientras sus compañeros, cegados por el miedo, creían expiar un maleficio. Estos crímenes no fueron impulsivos; fueron deliberados, alimentados por una superstición que transforma la vulnerabilidad en paranoia colectiva.

La Policía Nacional, alertada por estos relatos, actuó con celeridad. El 2 de septiembre de 2025, apenas una semana después del rescate, 16 ocupantes fueron detenidos en centros de acogida en Canarias. Acusados de homicidio, violación de los derechos de ciudadanos extranjeros y posiblemente homicidio por imprudencia, estos individuos –en su mayoría hombres adultos– enfrentan ahora la justicia. La investigación, a cargo de la Jefatura Superior de Policía de Canarias, busca esclarecer no solo las muertes violentas, sino también si los «patrones» del cayuco incurrieron en negligencia al emprender un viaje tan riesgoso sin provisiones adecuadas. Fuentes policiales enfatizan que el número exacto de víctimas permanece abierto, ya que nuevos testimonios podrían revelar más atrocidades. Además, se indagan posibles violaciones sexuales, otro horror recurrente en estas travesías donde la ley del más fuerte prevalece.

Este incidente no es aislado; es un eco de tragedias previas que subrayan la urgencia de actuar. En marzo de 2025, otro cayuco arribó a Tenerife con cuatro migrantes asesinados por similares motivos: un «brujo» que supuestamente tomó el control y desató una matanza. El Juzgado de Instrucción de El Hierro maneja al menos dos casos paralelos, donde la superstición, exacerbada por el estrés, llevó a acusaciones fatales. En redes sociales como Facebook y TikTok, familiares de las víctimas claman por justicia, compartiendo videos y mensajes que humanizan a los desaparecidos: «Eran soñadores, no brujos», dice uno. Esta ola digital amplifica el dolor, persuadiéndonos de que cada muerte es una pérdida colectiva.

Pero ¿por qué persiste esta ruta mortal? La respuesta yace en la desigualdad global: mientras Europa prospera, África Occidental sufre sequías, inestabilidad política y desempleo rampante. Organizaciones como ACNUR advierten que sin vías seguras de migración, estos dramas se repetirán. Canarias, como puerta de entrada, soporta la carga: sus recursos sanitarios y de acogida están al límite, con miles de menores no acompañados necesitando protección. Persuadámonos: ignorar esto es cómplice. Gobiernos deben invertir en cooperación internacional, reforzar patrullas humanitarias y combatir las mafias que lucran con la miseria.

En conclusión, el cayuco del 24 de agosto no es solo una estadística; es un espejo de nuestra humanidad fallida. Las supersticiones que llevaron a crímenes atroces nacen del mismo vacío que impulsa estas migraciones: el miedo al desconocido. Pero podemos cambiarlo. Exijamos políticas que salven vidas, eduquen contra mitos destructivos y ofrezcan esperanza real. Si no, el Atlántico seguirá tragando sueños, y nosotros, con nuestra indiferencia, seremos los verdaderos culpables. Esta tragedia nos persuade: el tiempo de actuar es ahora, antes de que otro cayuco se pierda en la oscuridad.

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