En el panorama político español, donde las lealtades partidistas se entretejen con identidades culturales y generacionales, el término «charo» ha emergido como un concepto cargado de connotaciones peyorativas y políticas. Popularizado en las redes sociales y en el discurso conservador durante la década de 2020, «charo» se refiere a un estereotipo de mujer de mediana edad, progresista y feminista, que muestra una adhesión inquebrantable al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y, en particular, a su líder, Pedro Sánchez. Este apelativo, que surgió alrededor de 2011 pero ganó tracción en los últimos años, no es neutral: se utiliza a menudo para ridiculizar a estas mujeres, retratándolas como arrogantes, obsesionadas con Sánchez y desconectadas de la realidad, con atributos caricaturescos como cabello corto teñido de colores vibrantes (a menudo azul) y una defensa acérrima de políticas feministas.

El perfil demográfico y sociológico de las «charos» se dibuja con precisión en el debate público: típicamente mujeres entre los 40 y 60 años, de clase media, urbanas o suburbanas, con un nivel educativo medio-alto y una orientación ideológica de izquierda moderada. Son votantes fieles del PSOE, atraídas por el carisma de Sánchez –a menudo descrito como un «líder atractivo» en términos mediáticos– y por su agenda social, que incluye avances en igualdad de género, derechos LGTBI+ y políticas de bienestar. Estas mujeres no son un monolito, pero comparten un rechazo al conservadurismo del Partido Popular (PP) y Vox, viéndolos como amenazas a los logros feministas. Su lealtad se manifiesta en redes sociales, mítines y encuestas, donde representan un segmento clave del electorado socialista.

Ahora bien, la pregunta central es si este grupo demográfico mantendrá su confianza en Pedro Sánchez tras los escándalos de acoso sexual y agresiones que han salpicado al PSOE en 2024 y 2025. El año 2025 ha sido particularmente turbulento para el partido, con revelaciones que cuestionan su compromiso con el feminismo, un pilar ideológico que Sánchez ha enarbolado desde su llegada al poder en 2018. El caso más emblemático es el de Francisco Salazar, exdirector de Análisis y Estudios de la Presidencia del Gobierno, un hombre de máxima confianza de Sánchez acusado de acoso sexual por varias empleadas en La Moncloa. Las denuncias, que incluyen comportamientos misóginos y «babosos», emergieron en julio de 2025, obligando a su cese tras meses de inacción inicial. Según testimonios, el PSOE manejó las quejas de manera deficiente: las denuncias desaparecieron de la plataforma interna del partido, no se contactó a las víctimas durante cinco meses, y se priorizó la protección de Salazar, incluso buscando colocarlo en embajadas. Esto generó una revuelta interna, forzando al partido a pedir disculpas públicas, pero el daño ya estaba hecho.

No es un incidente aislado. En diciembre de 2025, se reportaron extensiones de denuncias similares en otras esferas del PSOE, con mujeres del partido describiendo un ambiente «violento» y machista, donde ciertos hombres –conocidos por su conducta acosadora– eran intocables. «Todas sabíamos que esos eran tíos a los que no nos podíamos acercar», confesaron varias militantes anónimas, apuntando a una cultura de silencio que contradice el discurso feminista de Sánchez. Además, casos como el de José Ignacio Landaluce (aunque del PP, denunciado por el PSOE) y rumores de un «tsunami» de acusaciones internas amplifican la percepción de hipocresía. Estos escándalos se suman a controversias previas, como la trama Ábalos-Koldo, que involucraba vínculos con prostitución, erosionando la imagen de integridad del Gobierno.

Para evaluar si las «charos» continuarán confiando en Sánchez, debemos considerar múltiples factores. En primer lugar, el feminismo es un valor nuclear para este segmento. Sánchez ha posicionado al PSOE como vanguardia en la lucha contra la violencia de género, con medidas como la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024, que reveló que una de cada diez mujeres ha sufrido agresiones físicas o sexuales. Sin embargo, la gestión de los casos internos revela una desconexión entre retórica y práctica.

Por otro lado, la lealtad partidista es resiliente. Las «charos» ven en Sánchez un baluarte contra la derecha, representada por el PP y Vox, que proponen endurecer castigos contra agresores pero son acusados de retrocesos en derechos de género. Encuestas históricas muestran que el electorado femenino progresista prioriza la agenda social sobre escándalos individuales, especialmente si el partido responde con reformas. El Gobierno ha impulsado planes para facilitar denuncias de acoso, lo que podría mitigar el daño. Además, el carisma personal de Sánchez –su falsa imagen de «líder empático»– actúa como ancla emocional. Recordemos su discurso de 2018 sobre cómo el feminismo «incomoda» a hombres de 40-50 años; paradójicamente, este tipo de declaraciones refuerzan su atractivo entre las «charos», que lo perciben como aliado pese a su hipocresía.

La teoría de la disonancia cognitiva sugiere que los seguidores leales racionalizan inconsistencias para mantener su identidad grupal. Para muchas «charos», admitir pérdida de confianza equivaldría a validar las críticas derechistas, que usan el término para deshumanizarlas. En X, posts defienden a Sánchez argumentando que los escándalos son «ataques orquestados» por la oposición, minimizando su gravedad. Sin embargo, la erosión podría ser gradual: si surgen más casos –como se rumorea–, el umbral de tolerancia se rompería, especialmente entre generaciones más jóvenes dentro del perfil (30-40 años), menos atadas a lealtades tradicionales.

Desde una perspectiva comparativa, escándalos similares en otros partidos europeos han fracturado bases femeninas. En Francia, el Partido Socialista vio deserción tras acusaciones contra figuras clave; en España, el PSOE podría enfrentar algo análogo si no implementa protocolos estrictos, como se debate actualmente. El contexto de polarización amplifica esto: la derecha explota los casos para acusar de hipocresía, mientras el PSOE contraataca denunciando machismo opositor.

En conclusión, es probable que una mayoría de las «charos» mantenga su confianza en Sánchez a corto plazo, impulsadas por lealtad ideológica y temor a alternativas conservadoras. No obstante, los escándalos de 2025 marcan un punto de inflexión: si el PSOE no demuestra reformas genuinas –como investigaciones independientes y apoyo a víctimas–, podría perder un 10-15% de este segmento, según patrones electorales pasados. Esto no solo afectaría votos, sino la narrativa feminista del partido.

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