Hay noticias que no sorprenden, pero aun así duelen. El nuevo expediente de regulación de empleo anunciado por Nissan para Cataluña pertenece a esa categoría de derrotas anunciadas que, pese a haber sido anticipadas durante años, vuelven a golpear con la crudeza de lo irreversible. La compañía japonesa pretende despedir a 211 trabajadores, el 37% de la plantilla que todavía conserva en sus centros catalanes, en una nueva vuelta de tuerca al lento desmantelamiento industrial iniciado con el cierre de la histórica planta de la Zona Franca en 2021. Entonces se prometió una transición ordenada, una reindustrialización ejemplar y un futuro lleno de oportunidades. Hoy, cuatro años después, lo que queda es una sensación incómoda: la de haber confundido resistencia con resignación.

La cifra tiene algo más que valor estadístico. Detrás de esos 211 trabajadores hay ingenieros, técnicos, especialistas logísticos y personal administrativo que representan uno de los últimos vestigios de la relación entre Nissan y Cataluña. El centro técnico de la Zona Franca, el almacén de recambios de El Prat y las áreas funcionales vinculadas a recursos humanos y prevención eran, hasta ahora, las estructuras que mantenían viva la presencia de la multinacional japonesa en Barcelona. Pero la decisión de reducir drásticamente estas actividades transmite un mensaje inequívoco: Nissan ya no considera estratégica su continuidad en Cataluña.

Y ahí es donde la noticia trasciende el ámbito empresarial para convertirse en una cuestión política y económica de primer orden. Porque cuando una gran multinacional abandona progresivamente un territorio no solo desaparecen empleos directos. Se erosiona una cultura industrial, se debilita un ecosistema empresarial y se transmite al mercado internacional la percepción de que ese territorio ha perdido capacidad de atracción. Cataluña lleva décadas construyendo una identidad económica vinculada a la automoción, la innovación y la industria exportadora. Sin embargo, la salida paulatina de Nissan evidencia que esa posición ya no es tan sólida como se quiso creer.

La paradoja resulta especialmente amarga. Barcelona se ha convertido en una de las grandes capitales europeas del discurso tecnológico, la economía digital y las startups. La ciudad atrae congresos internacionales, inversiones en inteligencia artificial y proyectos vinculados a la movilidad sostenible. Pero mientras se construye ese relato de modernidad, la industria clásica continúa encogiendo silenciosamente. Y lo hace sin generar la misma alarma social que antaño provocaba el cierre de una gran fábrica. Tal vez porque se ha instalado la idea de que la vieja industria pertenece al pasado y que el futuro estará necesariamente vinculado a sectores más ligeros, más flexibles y más digitales. El problema es que ninguna gran economía europea ha logrado prosperar prescindiendo de una base industrial robusta.

Alemania lo entendió durante décadas. Italia lo conserva en parte. Francia intenta reconstruirlo. España, en cambio, sigue atrapada en una contradicción permanente: quiere liderar la transición energética y tecnológica mientras pierde músculo productivo. Y Cataluña, tradicional motor industrial del país, empieza a sufrir las consecuencias de esa incoherencia estructural.

El caso Nissan es paradigmático porque revela varias debilidades simultáneas. La primera es la extrema dependencia de las decisiones corporativas globales. El plan “Re:Nissan”, impulsado por la compañía japonesa para reducir costes y recuperar rentabilidad, contempla la eliminación de 20.000 empleos en todo el mundo y una drástica reducción de plantas y operaciones. Cataluña es apenas una pieza más dentro de ese gigantesco tablero financiero. Eso significa que, por competitiva que sea una región, si la estrategia internacional cambia, el territorio queda expuesto a una vulnerabilidad enorme. La globalización ha permitido atraer inversiones durante décadas, pero también ha convertido el empleo industrial en una variable sometida a decisiones tomadas a miles de kilómetros.

La segunda debilidad es la dificultad de Europa para competir en la nueva guerra industrial global. Mientras China subvenciona masivamente su industria automovilística y Estados Unidos protege sus inversiones estratégicas mediante políticas agresivas, Europa continúa atrapada entre la burocracia, la fragmentación política y la lentitud regulatoria. El resultado es que fabricantes históricos como Nissan, Volkswagen o Stellantis atraviesan profundas crisis de rentabilidad en un momento de transformación tecnológica gigantesca. La electrificación del automóvil exige inversiones multimillonarias y obliga a rediseñar completamente cadenas de producción, redes logísticas y capacidades de ingeniería. Muchas compañías están optando por concentrar operaciones y reducir costes en mercados considerados secundarios.

Y Cataluña empieza a ser percibida como uno de esos mercados secundarios.

No deja de resultar significativo que el centro más afectado sea precisamente el de recambios de El Prat, donde el ajuste alcanza prácticamente el 90% de la plantilla. Cuando una multinacional minimiza incluso su estructura logística, lo que está indicando es que su compromiso territorial ha entrado en fase terminal. Los sindicatos temen directamente el cierre futuro de la instalación. Y probablemente tengan motivos para hacerlo.

En este contexto, las movilizaciones anunciadas por CCOO, UGT y SIGEN-USOC son comprensibles, necesarias incluso, pero insuficientes para alterar una dinámica mucho más profunda. El problema ya no es únicamente laboral. Es estratégico. Cataluña necesita preguntarse qué tipo de economía quiere construir en las próximas décadas y qué papel reserva a la industria dentro de ese modelo. Porque el riesgo no es solo perder empleos. El riesgo es perder soberanía económica.

Durante años se repitió que la economía del conocimiento sustituiría a la producción industrial tradicional. Sin embargo, la pandemia, la crisis energética y las tensiones geopolíticas demostraron exactamente lo contrario: los países que mantienen capacidad productiva resisten mejor las turbulencias globales. Europa descubrió demasiado tarde que depender del exterior para componentes esenciales, baterías, microchips o productos tecnológicos suponía una amenaza estratégica. Ahora intenta reaccionar, pero lo hace con retraso.

Mientras tanto, territorios como Cataluña viven un proceso silencioso de adelgazamiento industrial. No se produce mediante cierres espectaculares de grandes factorías, sino a través de una erosión lenta y constante: menos empleo, menos inversión, menos actividad auxiliar y menor capacidad de innovación vinculada a la producción real. El resultado final puede ser igual de devastador, aunque llegue de manera más gradual.

También conviene desmontar otro espejismo: el de la reindustrialización automática. Tras el cierre de Nissan en la Zona Franca se presentó la llegada de nuevos proyectos como una gran victoria institucional. El aterrizaje de Ebro EV Motors y del fabricante chino Chery permitió salvar parte de la actividad y evitó un escenario todavía más dramático. Pero la realidad es que la pérdida acumulada de empleo y capacidad industrial sigue siendo enorme. La transición no ha compensado plenamente el impacto original. Y ahora, con este nuevo ERE, queda claro que el repliegue de Nissan estaba lejos de haber terminado.

Quizá el error de fondo haya sido confiar excesivamente en soluciones coyunturales sin abordar una estrategia industrial a largo plazo. Cataluña dispone de universidades potentes, infraestructuras logísticas competitivas y talento técnico cualificado. Pero eso ya no basta. En el nuevo escenario global, las regiones compiten mediante incentivos fiscales, energía barata, rapidez administrativa y políticas industriales decididas. Y Europa avanza demasiado lentamente frente a rivales mucho más agresivos.

El problema no afecta únicamente a los trabajadores despedidos. También alcanza a toda una generación de jóvenes técnicos e ingenieros que empiezan a percibir la industria como un sector inestable y sin horizonte. Eso tiene consecuencias profundas. Porque cuando el talento abandona la industria, recuperarlo resulta extremadamente difícil. Y una economía sin talento industrial acaba dependiendo exclusivamente de sectores más precarios, más estacionales y menos productivos.

Por eso este ERE debería interpretarse como algo más que una noticia empresarial. Es una advertencia. Una señal de alarma sobre la fragilidad del tejido productivo europeo y sobre la necesidad urgente de redefinir prioridades económicas. Cataluña aún conserva activos enormes para seguir siendo un polo industrial relevante en el sur de Europa. Pero necesita una estrategia más ambiciosa, más coordinada y menos basada en la improvisación.

La cuestión ya no es si Nissan se irá del todo algún día. La verdadera pregunta es qué otras compañías podrían seguir el mismo camino si Europa continúa perdiendo competitividad industrial frente a Estados Unidos y Asia. Y esa respuesta debería preocupar mucho más de lo que hoy parece preocupar.

Porque las industrias no desaparecen de golpe. Primero reducen actividad. Después externalizan funciones. Más tarde recortan plantillas. Finalmente, un día cualquiera, anuncian el cierre definitivo. Y entonces todos dicen que era inevitable, aunque en realidad llevaba años sucediendo delante de nuestros ojos.

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