En los últimos días ha estallado un debate sociocultural profundo y necesario: cómo una figura emblemática del pop —Julio Iglesias—, ícono incontestable de la música global durante décadas, se ha visto envuelto en acusaciones de abuso sexual, explotación laboral e incluso tráfico de personas. Lo que inicialmente fue un escándalo de índole personal se está transformando en un espejo que nos obliga a examinar cómo el capitalismo pop y la cultura del éxito transforman a las figuras públicas en sujetos casi intocables que, en determinadas condiciones, operan por encima de la ética, la justicia y la responsabilidad social.
I. El ídolo pop y el poder: un contrato social desigual
Julio Iglesias —con una carrera que abarca más de seis décadas, millones de discos vendidos y una presencia internacional que pocos artistas españoles han logrado— es a la vez producto y reflejo de un sistema cultural que mide el valor artístico casi exclusivamente en términos de ventas y celebridad. Este sistema, al que podríamos denominar capitalismo pop, premia la rentabilidad, la marca personal y la omnipresencia mediática por encima de la integridad ética. En ese entorno, el artista no solo vende discos: vende una narrativa de deseo, aspiración y exaltación del ego, que a menudo legitima su acceso a espacios de poder social que deberían estar bajo escrutinio permanente.
La reciente denuncia presentada por dos exempleadas domésticas contra Iglesias —y respaldada por la organización internacional de derechos humanos Women’s Link Worldwide— señala conductas que van más allá del acoso puntual: hablan de agresiones sexuales, control coercitivo, humillaciones, jornadas laborales extremas y condiciones que podrían encajar en definiciones legales de tráfico de personas.
Aquí no se trata únicamente de hechos aislados, sino de una estructura de dominación sostenida por el prestigio, la riqueza y la adulación del público.
II. Las denunciantes y la naturaleza del abuso de poder
Las presuntas víctimas, identificadas con seudónimos para proteger su identidad, trabajaron para el cantante en sus residencias del Caribe. Relatan no solo tocamientos no consentidos y humillaciones, sino también un sistema de control físico y psicológico donde la dependencia económica, el aislamiento y la jerarquía rígida del empleo doméstico se mezclan con la celebridad del patrón.
Lo que emerge de las declaraciones no es solo la presencia de posibles delitos individuales, sino un patrón de abuso estructuralmente facilitado por la posición de poder de Iglesias: un entorno donde la vulnerabilidad de las trabajadoras (extranjeras, sin red social, sin contratos formales) se explota bajo la sombra de la fama y la impunidad social.
Este tipo de relación —que podríamos llamar capitalismo pop en su forma más predatoria— no es un accidente, sino el resultado lógico de un sistema cultural que aplaude la acumulación de estatus y privilegios sin responsabilidad. Iglesias no es culpable hasta que lo determine una sentencia firme; sin embargo, el proceso mediático y judicial nos obliga a cuestionar cómo figuras de ese calibre han podido habitar durante décadas zonas grises sin escrutinio.
III. El rol de la fama como blindaje social
La fama funciona como un escudo que, históricamente, ha protegido a agentes culturales poderosos de las consecuencias de sus actos. Desde hace años, relatos anecdóticos en redes y hemerotecas señalan comportamientos de Iglesias que, en otros contextos, hubieran suscitado debates más amplios. Sin embargo, la cultura del “todo vale si eres un genio” tiende a silenciar o minimizar las voces de quienes no forman parte de ese círculo de privilegios.
El capitalismo pop se alimenta de esta lógica: la celebridad monetiza la atención y anula la crítica. Que un ídolo tenga la última palabra en Instagram, en los medios o en la percepción pública, no significa que su conducta deba estar por encima de cualquier examen ético o legal. La fama, en este sentido, no puede ni debe ser un sustituto de la responsabilidad.
IV. La respuesta institucional y la justicia en juego
Iglesias ha negado enfáticamente todas las acusaciones, calificándolas de “falsas” y expresando tristeza ante lo que considera una campaña de desinformación y maldad. El proceso, por el momento, está en una fase preliminar en España, con la Fiscalía de la Audiencia Nacional evaluando su competencia y si ha lugar a continuar con la investigación.
Pero el debate trasciende lo puramente jurídico. Como sociedad, debemos preguntarnos por qué medidas tan graves como las alegadas tardan años en salir a la luz, qué barreras estructurales enfrentan las víctimas (especialmente aquellas sin recursos, extranjeras o en posiciones laborales vulnerables), y cómo las dinámicas de poder económico y celebridad pueden distorsionar la percepción del abuso.
V. Capitalismo pop: una cultura que protege a los intocables
El término capitalismo pop —como sugiere el artículo de análisis que inspiró este texto— hace referencia a un fenómeno donde la lógica del mercado, el culto a la personalidad y la acumulación de capital simbólico convierten a ciertas figuras en entidades casi sagradas, intocables e incluso inmunes al escrutinio que enfrentaría cualquier otra persona.
Este fenómeno no solo se ve en la música, sino en diferentes ámbitos de la cultura, el deporte y la política. La combinación de éxito comercial, carisma mediático y un público global crea una especie de blindaje social que —en casos extremos— puede devenir en impunidad cultural. Criticar a una figura de este calibre solía considerarse un sacrilegio para ciertos sectores de opinión pública; ahora sin embargo, el debate está cambiando.
VI. Hacia una cultura de responsabilidad y transformación
El proceso judicial, por riguroso que sea, es solo una parte de la respuesta colectiva que necesitamos. El capitalismo pop solo puede replantearse si:
- Revisamos cómo nuestra cultura idolatra figuras sin examinar sus prácticas éticas.
- Fortalecemos los mecanismos que protegen a trabajadores vulnerables, especialmente en sectores no regulados como empleo doméstico.
- Promovemos una conversación pública que no sacralice la celebridad, sino que responsabilice a los individuos por sus actos, independientemente de su estatus.
Este caso nos confronta con una pregunta central: ¿queremos una cultura que adule sin límites o una que valore sin ceguera, que distinga entre el legado artístico y la conducta humana? El capitalismo pop solo sobrevivirá si aceptamos que la fama no puede ser sinónimo de impunidad.

Alejandra Maller
Periodista y catalana.










