Entre el 18 de julio de 1936 y diciembre de 1939, miles de personas internadas en hospitales psiquiátricos de Cataluña murieron lejos del frente, lejos de las líneas de fuego, y lejos del relato dominante de la guerra civil española. En lo que ya empieza a conocerse como uno de los capítulos más silenciados —y, paradójicamente, uno de los más devastadores desde el punto de vista cuantitativo— más de 5.700 internos de estos centros fallecieron en tan solo tres años, en su inmensa mayoría por causas relacionadas con la desnutrición, enfermedades infecciosas y colapsos sanitarios inducidos por el conflicto bélico. Esta cifra, que supera a la de fallecidos en muchas prisiones y campos de concentración documentados, ha salido a la luz gracias a investigaciones archivísticas recientes que desvelan una tragedia hasta ahora desconocida.

Un capítulo ignorado de la guerra

La Guerra Civil española (1936-1939), uno de los conflictos más sangrientos de la Europa de entreguerras, ha sido objeto de miles de estudios. Su memoria abarca combates, represión política, bombardeos, fusilamientos, exilios, y también las hambrunas y epidemias que asolaron a la población civil. Sin embargo, hasta hace muy poco, los internos de hospitales psiquiátricos —una población especialmente vulnerable— habían quedado fuera del gran relato histórico.

Mientras que la mayor parte de los estudios clásicos sobre la guerra se centraban en las ejecuciones, la violencia armada o la represión posterior al conflicto, pocas investigaciones académicas habían indagado lo que ocurrió dentro de los muros de los psiquiátricos. Ni tesis doctorales, ni monografías especializadas habían puesto el foco de forma sistemática en este fenómeno antes de 2024, cuando diversos periodistas e historiadores comenzaron a recopilar datos preliminares.

Ese silencio historiográfico ha tenido un costo: generaciones de familiares de internos nunca supieron qué les ocurrió a sus parientes; muchas familias conservaron solo fragmentos de historias sin poder conectarlas con datos contundentes. Este vacío ahora empieza a cerrarse con investigaciones locales y esfuerzos archivísticos, revelando números y contextos que eran, hasta hace poco, casi desconocidos.

Los números del horror: cifras y tendencias

La investigación más exhaustiva hasta la fecha —encargada por la Dirección General de Memoria Democrática de la Generalitat de Cataluña— ha recopilado datos de certificados de defunción, libros de registro de cementerios y documentación hospitalaria de varios psiquiátricos en la región. El balance preliminar arroja una cifra escalofriante: al menos 5.700 internos murieron en psiquiátricos catalanes entre 1936 y 1939, la mayoría entre 1937 y 1938, y la causa más repetida registrada en los certificados es la desnutrición y sus complicaciones médicas.

El caso más paradigmático es el del Hospital Psiquiátrico de Sant Boi de Llobregat, donde solo entre julio de 1936 y finales de 1939 se produjeron más de 3.100 muertes por inanición, enterocolitis, caquexia y otras patologías asociadas a la escasez alimentaria y sanitaria. Solo en octubre de 1938 se contabilizaron casi 300 defunciones en ese centro, lo que equivale a una media de casi diez muertos al día durante ese mes.

Otros centros también sufrieron mortalidad elevada. En el Institut Mental de Sant Andreu, por ejemplo, fallecieron más de 750 internos en ese mismo periodo. Las causas apuntan a un cóctel letal de falta de alimentación suficiente, condiciones higiénicas precarias, epidemias y un colapso general de los servicios sanitarios internos.

Antes de la guerra, la mortalidad en estos centros era relativamente contenida; durante el conflicto, se multiplicó hasta por siete en algunos casos, según registros del propio cementerio municipal de Sant Boi, donde se enterraban decenas de internos diariamente en fosas comunes sin identificación individual.

Causas y mecanismos: ¿por qué murieron?

Contrariamente a lo que podría pensarse, la mayoría de estas personas no fueron víctimas de violencia directa provocada por combate o represión política. La mayor parte murió de hambre, desnutrición, enfermedades asociadas a la carencia de nutrientes (como la caquexia, enterocolitis o síndrome avitaminémico) y complicaciones derivadas de condiciones sanitarias terribles.

Durante la guerra, Cataluña y el resto de España sufrieron un colapso económico y logístico que impactó fuertemente sobre la disponibilidad de alimentos y medicinas. La escasez de combustible, la interrupción de las cadenas de suministro, las dificultades de transporte y el racionamiento generalizado afectaron a toda la población, pero con especial crudeza a quienes dependían por completo de la institución que los albergaba.

Este contexto de crisis estructural combinó con un fenómeno humano más profundo: el estigma social y la marginación histórica de las personas con enfermedades mentales. En esa época, gran parte de la sociedad y de las estructuras de poder consideraban a los enfermos mentales como “los últimos de los últimos”. De ello se derivó que sus necesidades básicas quedaran relegadas a un segundo plano, incluso en contextos humanitarios críticos.

Una de las fuentes cualitativas que ha ayudado a entender este fenómeno son las cartas y comunicaciones de los propios internos y trabajadores, que describen menús escasos, pésimas condiciones higiénicas y epidemias internas que parecían no tener fin. Además, hay testimonios que sugieren que tanto pacientes como trabajadores informalmente buscaron alimentos en los mercados negros o mediante huertos improvisados, un indicio adicional de la desesperación y precariedad de la situación.

Fosas comunes y memoria silenciada

La mayoría de los muertos fueron enterrados en fosas comunes dentro de los cementerios municipales, sin identificación individual destacada ni reconocimiento público. En Sant Boi de Llobregat, por ejemplo, las autoridades locales han confirmado que miles de internos descansan en tumbas colectivas bajo el pavimento del camposanto, muchas sin ninguna placa conmemorativa que explique qué ocurrió allí.

Este hecho ha sido descrito por familias de las víctimas como “la fosa común más grande vinculada a la Guerra Civil que no había sido reconocida oficialmente hasta ahora”, un símbolo de cómo determinados grupos humanos han sido ignorados en las narrativas oficiales sobre el conflicto.

Sin embargo, en 2026 se han anunciado planes para dignificar y señalizar estas fosas. El Ayuntamiento de Sant Boi y la Generalitat de Cataluña han expresado su intención de crear un memorial con nombre para las víctimas enterradas en esas tumbas colectivas, reconociendo que se trata de un capítulo doloroso de la historia local que merece ser visible y recordado.

Debate político y memorialístico

La inclusión de estos muertos en los mapas oficiales de víctimas de la Guerra Civil ha generado debate político. Por un lado, organizaciones de memoria histórica y familiares defienden que estas personas deben ser consideradas víctimas indirectas del conflicto, dada la relación causal entre la guerra (y sus efectos colaterales) y la elevada mortalidad en los psiquiátricos.

Por otro lado, la Dirección General de Memoria Democrática de la Generalitat ha argumentado que, en algunos casos, estas muertes no pueden ser clasificadas como víctimas directas de violencia bélica, un criterio que complica su inclusión formal en determinados registros y mapas de fosas que se usan para exhumaciones y estudios genealógicos.

Este debate pone de manifiesto una tensión más amplia en las políticas de memoria: ¿cómo se define una víctima de guerra? ¿Solo quienes mueren por disparos y explosiones? ¿O también quienes fallecen por causas derivadas directa o indirectamente del conflicto, como el hambre y el colapso sanitario? Mientras algunos académicos abogan por una definición amplia que incluya todos los efectos letales de la guerra, otros plantean criterios más restrictivos, creando un debate técnico y ético complejo.

Testimonios que humanizan la cifra

Más allá de los números, hay historias individuales —aunque fragmentarias— que ilustran la dimensión humana de esta tragedia. Testimonios recientes de familiares, recopilados durante jornadas de memoria histórica en el Recinto Modernista de Sant Pau, relatan cómo nietos y biznietos de internos emprendieron búsquedas de décadas para entender qué ocurrió con sus seres queridos, a menudo descubriendo solo certificados de defunción con causas médicas que hoy interpretan como resultados de desnutrición prolongada.

Uno de esos relatos es el de Sílvia Martínez, quien descubrió muchos años después que su bisabuela —hasta entonces considerada “desaparecida”— había muerto en el Institut Mental de Sant Andreu, uno de los centros con mayor mortandad. Su historia es un eco de lo que vivieron numerosas familias cuyas raíces quedaron marcadas por un silencio profundo y doloroso.

Hacia una reconstrucción histórica necesaria

La investigación sobre la mortalidad en hospitales psiquiátricos durante la Guerra Civil no solo arroja luz sobre cifras desconocidas, sino que también obliga a reconsiderar cómo se escribe y recuerda la historia de un conflicto cuyas consecuencias se hicieron sentir mucho más allá de las líneas de frente. Reconocer estos hechos no es sólo un ejercicio académico: es un acto de justicia histórica, una manera de devolver identidad y memoria a personas que fueron borradas en vida y en muerte.

Hoy, la combinación de esfuerzos archivísticos, testimonios familiares y debates políticos reabre un capítulo que la sociedad catalana y española no puede seguir ignorando. Los 5.700 muertos invisibles ya no pueden permanecer en el silencio: su memoria empieza a ocupar el lugar que merece en la historia colectiva.

*Imagen: Jardín del antiguo Manicomio de San Baudilio (Sant Boi de Llobregat)

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