Las tres de Springfield

Han transcurrido treinta y tres años desde aquella madrugada de junio de 1992, cuando el sol se alzó sobre una casa modesta en el 1717 de East Delmar Street y reveló un vacío que devoraría la tranquilidad de una comunidad entera. Tres mujeres –una madre devota, su hija radiante y la amiga inseparable– se desvanecieron como humo en el viento, dejando tras de sí un enigma que ha resistido el escrutinio de detectives, psíquicos y foros digitales. Sherrill Elizabeth Levitt, Suzanne «Suzie» Streeter y Stacy Kathleen McCall no fueron víctimas de un cataclismo visible; su ausencia fue quirúrgica, casi cortés, como si el destino hubiera editado su existencia con un bisturí invisible. En esta crónica, reconstruimos el rompecabezas fragmentado de «Las Tres de Springfield», un caso que, pese a más de 5.000 pistas procesadas y la intervención del FBI, sigue latiendo en el limbo de lo irresuelto, alimentando teorías que oscilan entre lo prosaico y lo conspiranoico.

El caso irrumpió en la conciencia colectiva de Springfield –una urbe de 170.000 almas enclavada en las Ozark, famosa por sus raíces baptistas y su efervescencia universitaria– como un trueno en cielo sereno. Aquel sábado, la policía local recibió una llamada desesperada de Janis McCall, madre de Stacy, quien había irrumpido en la vivienda de Sherrill alertada por la ausencia de su hija. Lo que encontró fue un tableau de normalidad perturbadora: el perro familiar, Cinnamon, ladrando con fiereza ante extraños; las bolsas de las mujeres intactas sobre la cama, con casi 900 dólares en efectivo en la de Sherrill; llaves, medicamentos, cigarrillos y joyas esparcidos como reliquias de una rutina interrumpida. La televisión en la habitación de Suzie emitía estática nevada, testigo mudo de una película inconclusa. No había sangre, ni forcejeo evidente, salvo un globo de luz del porche hecho añicos en el suelo –un detalle que, barrido inadvertidamente por un visitante bienintencionado, se convertiría en el primer eslabón roto de la cadena probatoria.

Esta evaporación colectiva no era un secuestro impulsivo, sino una operación meticulosa que desafiaba los manuales forenses. Las autoridades estimaron que el suceso ocurrió entre las 2:15 y las 7:30 de la madrugada del 7 de junio, un lapso de cinco horas en el que la casa –un bungalow de ladrillo rojo con jardín descuidado y un garaje abarrotado– se transformó en un mausoleo viviente. Ninguna de las tres abandonó el umbral; sus vehículos –el Pontiac Sunbird azul de Sherrill, el Oldsmobile rosa de Suzie y el Monte Carlo de Stacy– reposaban inertes en la entrada, como centinelas traicionados. La cama de Sherrill aparecía deshecha, con una persiana torcida que sugería una intrusión sigilosa, pero el resto del hogar exudaba paz post-fiesta: toallitas húmedas de desmaquillaje en el baño, una lata de Coca-Cola a medio beber junto a los Marlboro de Suzie. Y, flotando como un fantasma auditivo, el eco de un mensaje borrado accidentalmente en el contestador –un balbuceo masculino que Janis, en su pánico, eliminó al manipular el aparato, privando a los investigadores de lo que podría haber sido la pista maestra.

Para comprender la magnitud de esta pérdida, es imperativo humanizar a las ausentes, más allá de las fotografías granuladas que aún circulan en boletines del FBI. Sherrill Levitt, de 47 años, era el arquetipo de la resiliencia ozarkiana: una cosmetóloga menuda –1,52 metros, 50 kilos, cabello rubio corto y ojos castaños– que había forjado una vida estable tras un divorcio prematuro. Viuda funcional de un matrimonio fallido, regentaba tijeras y tintes en un salón local, donde sus clientas la recordaban por su risa contagiosa y su afición por restaurar muebles antiguos. «Sherrill era el pegamento de la familia», evocaba una vecina en un documental de 2017; madre soltera de dos hijos –Suzie y el problemático Bartt–, había acogido a su hija en su refugio de Delmar tras una temporada de rebeldía adolescente. Su último acto conocido: una charla telefónica a las 11:15 p.m. del 6 de junio, planeando barnizar un armario con una amiga, un detalle doméstico que contrasta brutalmente con su silencio posterior.

Suzanne Streeter, «Suzie» para los íntimos, encarnaba la efervescencia de la juventud americana en los noventa: 19 años, 1,57 metros, rubia hasta los hombros con una cicatriz en el antebrazo derecho y un lunar traicionero en la comisura de la boca. Recién graduada de Kickapoo High School, soñaba con una carrera en cosmetología, siguiendo los pasos maternos, aunque su espíritu nómada la había llevado a mudanzas erráticas y romances fugaces. «Era una chica de fuego», decía su mejor amiga, Janelle Kirby, en entrevistas posteriores; extrovertida, amante de las fiestas y dueña de una placa personalizada –SWEETR– en su Oldsmobile rosa, que la convertía en un ícono rodante en las calles de Springfield. Aquella noche de graduación, Suzie y Stacy habían declinado un retiro escolar sobrio para sumergirse en un torbellino de celebraciones: barbacoas, cervezas y promesas de amaneceres en Branson. Pero el destino las redirigió a la seguridad relativa del hogar materno.

Stacy Kathleen McCall, de 18 años, completaba el tríada con una dulzura etérea: 1,60 metros, cabello rubio oscuro largo y ojos claros que irradiaban inocencia. Hija de Janis, una enfermera estoica, Stacy era la estudiosa del grupo, con planes de cursar enfermería en la Universidad Drury. «Mi niña era luz pura», confiesa Janis en un podcast de 2023; amiga inseparable de Suzie desde la secundaria, compartían confidencias sobre chicos y sueños postgraduación. Aquella medianoche, Stacy llamó a su madre para confirmar que no irían a Branson –»Mamá, estamos cansadas, nos vemos a las 8 para White Water»–, una promesa que se evaporó en el éter. Juntas, formaban un mosaico de vitalidad: madre e hijas, amigas eternas, unidas por lazos que el abismo no pudo disolver.

La reconstrucción cronológica, tejida con testimonios y evidencias forenses, pinta un lienzo de euforia truncada. El 6 de junio, a las 4 p.m., Suzie y Stacy cruzan el escenario de la Hammons Student Center en togas negras, bajo aplausos y flashes. Sherrill, orgullosa en primera fila, las abraza con lágrimas contenidas. La tarde se disuelve en un carrusel de fiestas: la de Janelle Kirby, atestada de parientes; la de Michelle Elder, disuelta por la policía a la 1:50 a.m. por ruido y menores con alcohol. «Vamos a mi casa, es más tranquilo», propone Suzie, al volante de su rosa destello, con Stacy siguiéndola en el Monte Carlo familiar. Llegan a Delmar alrededor de las 2:15 a.m., riendo de anécdotas ebrias, despojándose de tacones y maquillaje en el baño compartido. Sherrill, ya en pijama, las recibe con un bostezo maternal. La última voz registrada: la de Suzie, bromeando por teléfono con un amigo sobre «la resaca del siglo». Luego, silencio.

A las 9 a.m., Kirby y su novio Mike Henson tocan timbre sin respuesta. La puerta entreabierta los invita a un tour macabro: habitaciones vacías, el perro histérico, el globo roto que Henson barre con escoba –un gesto de «ayuda» que pulveriza huellas dactilares potenciales. Janis llega minutos después, su instinto maternal en llamas; llama al 911 a las 11:30 a.m., dieciséis horas después del último avistamiento. La policía, escéptica ante «adolescentes fugadas», se convence al ver la escena: no hay notas de suicidio, ni equipaje, ni rastro de huida voluntaria. El FBI se suma pronto, pero el daño está hecho: entre 10 y 20 curiosos –familiares, vecinos– han pisoteado el sitio, vaciando ceniceros y lavando tazas de café, contaminando lo que podría haber sido un tesoro forense.

La investigación, un maratón de frustraciones, ha devorado recursos y esperanzas. El Departamento de Policía de Springfield, con apoyo de la Patrulla de Carreteras de Missouri y el FBI, ha escarbado en 21 estados y hasta Alemania, rastreando avistamientos falsos y tips psíquicos descartados como «visiones oníricas». En 1993, un soplo sobre una granja porcina en Webster County movilizó excavadoras: nada. En 1997, restos óseos en Texas County –posiblemente de Suzie o Stacy– se revelaron ajenos al caso. La llamada anónima al *America’s Most Wanted* el 31 de diciembre de 1992 –un hombre con «conocimiento primordial» que colgó abruptamente– se evaporó en el éter, pese a ruegos públicos. Y en 2007, un radar de penetración terrestre bajo el garaje del Cox Hospital detectó anomalías sepulcrales; la policía lo desestimó por «falta de sustento».

Dos sospechosos emergen como sombras recurrentes. Robert Craig Cox, convicto de robo armado y recluido en Texas –elegible para libertad condicional en 2025–, ha coqueteado con la notoriedad. En 1996, desde prisión, le susurró a un reportero: «Están muertas, enterradas en Springfield; nunca las encontrarán». Su coartada –en misa con su novia– se desmoronó cuando ella retractó, admitiendo que Cox la orquestó. Cercano a Springfield en 1992, su perfil de depredador serial encaja con teorías de abducción sexual; sin embargo, carece de pruebas directas. Gerald Carnahan, empresario turbio implicado en el homicidio de Jackie Johns en 1985, ofrece otro hilo: alquiló maquinaria excavadora post-desaparición y tenía lazos con crimen organizado. Su alibí –una cena familiar– resistió, pero su historial de violencia lo mantiene en el radar.

Las teorías proliferan como maleza en foros de Reddit y podcasts como *Unresolved*, donde aficionados diseccionan el caso con fervor detectivesco. La más prosaica postula un intruso oportunista: un «depredador sexual nómada» que acechó los autos rosados de las chicas desde una fiesta, irrumpiendo sigilosamente para someterlas con cloroformo o arma de fuego silenciada –explicando la ausencia de sangre. Otra, más sórdida, vincula a Bartt Streeter, hermano de Suzie, sumido en adicciones; rumores de deudas con pandillas lo pintan como facilitador involuntario. Conexiones interestatales surgen: Larry Hall, confeso secuestrador de los noventa, o Michael Clay, sospechoso en desapariciones vecinas como la de Cheryl Kenney en 1991. Teorías conspirativas –entierros en el Bosque Nacional Mark Twain o rituales satánicos– se nutren de la era digital, donde *Websleuths* y TikTok reviven el caso con hilos virales. «Es un rompecabezas sin bordes», lamenta el teniente Rich Headlee, exinvestigador, en una entrevista de 2023: «Cada pista ilumina un rincón, pero oscurece el todo».

El legado de Las Tres trasciende lo criminal: en 1997, un banco en el Jardín Memorial de Víctimas de Phelps Grove Park se erigió en su honor, grabado con sus nombres como epitafio prematuro. Legalmente muertas ese año –sin cuerpos, pero con certificados–, sus familias persisten en vigilias anuales. Janis McCall, ahora septuagenaria, administra un sitio web con recompensas de 43.000 dólares por información viable. En 2024, el 32 aniversario pasó en silencio, salvo un artículo en *KY3* que reitera: «Pocas pistas nuevas, pero la búsqueda continúa». Hasta 2025, ningún avance rompe el estancamiento; el Departamento de Policía mantiene el archivo como «desaparecidas», un limbo burocrático que refleja la parálisis emocional.

En el umbral de su 33 aniversario, Las Tres de Springfield nos confrontan con la fragilidad de la certeza. ¿Fueron engullidas por un monstruo anónimo, o yacen en un olvido rural, testigos mudos de un crimen perfecto? Este caso, tejido de omisiones y obsesiones, nos recuerda que algunos misterios no buscan resolución, sino eco eterno. Mientras Cox contemple la libertad condicional, y los foros digitales bulliciosos persistan, el viento de las Ozark susurra sus nombres: Sherrill, Suzie, Stacy. Desaparecidas, pero no olvidadas.

Comparte: