Joan Laporta, presidente del FC Barcelona, ha acelerado un profundo y polémico replanteamiento de la identidad institucional del club a menos de dos meses de las próximas elecciones presidenciales. Lo que comenzó como una gestión marcada por valores simbólicos —como el histórico vínculo con UNICEF y el catalanismo moderado— hoy se ha transformado, según analistas y críticos, en una estrategia definida por intereses comerciales, alianzas con actores de Oriente Medio y una concentración de poder en su entorno más cercano.

De símbolos a patrocinios controvertidos

El Barça, que durante años exhibió con orgullo el logo de UNICEF como emblema de sus valores sociales, prescindió de esa colaboración hace dos temporadas. Ese espacio en la camiseta y la narrativa institucional ha sido sustituido por acuerdos con agentes económicos vinculados a Dubai y otros estados del Golfo Pérsico, en una maniobra interpretada por sectores críticos como un intento de compensar presuntas urgencias financieras con ingresos a toda costa.

Estos acuerdos han sido objeto de debate incluso entre voces disidentes internas y rivales políticos del propio Laporta. Por ejemplo, el precandidato Víctor Font ha señalado que sustituir a ACNUR o UNICEF por patrocinadores de Dubái y otros países orientales supone una ruptura con la identidad tradicional del club y arriesga su reputación internacional.

El papel de Alejandro Echevarría y la centralización del poder

Paralelamente, Alejandro Echevarría —cuñado del presidente y figura cercana al franquismo, según críticos— ha emergido como una de las figuras de mayor peso dentro de la estructura de mando azulgrana. Fuentes del entorno barcelonista afirman que Echevarría no solo influye en decisiones ejecutivas, sino que controla áreas clave como relaciones con el primer equipo, personal de seguridad y hasta la interlocución con las fuerzas de orden público.

Tal protagonismo ha quedado especialmente patente en episodios recientes, como la gestión de la crisis abierta por los colectivos de la Grada d’Animació —agrupaciones históricas de aficionados que reclaman recuperar su formato original de animación en Montjuïc—. Gracias a la intervención de Echevarría y su aparato de inteligencia interna, una movilización con 10 000 firmas a punto de hacerse pública fue desactivada y reorientada mediante negociaciones bajo el paraguas de una operación denominada “Keep Calm”.

Tensiones internas y liderazgo debilitado

La vicepresidenta institucional, Elena Fort, ha quedado desplazada del núcleo de decisiones. Su papel ha sido descrito por críticos como meramente decorativo, tras ser relegada de la interlocución con los grupos de animación y otras instancias sociales del club. Fort, conocida por su postura crítica con patrocinios de países con cuestionables registros en derechos humanos, ha visto cómo sus advertencias han sido neutralizadas en la práctica por la línea pragmática marcada desde la presidencia.

Esta acumulación de críticas coincide con un clima electoral tenso en el club, en el que la narrativa sobre el futuro del Barça —entre tradición e ingresos globales— se ha vuelto eje de debate entre las distintas candidaturas.

Balance simbólico y real

Lo que para algunos sectores representaba “Més que un club”, sustentado en valores como el legado de Johan Cruyff, la Masia, la proyección social con UNICEF o el espíritu catalán, hoy se reconfigura, según sus detractores, hacia una lógica más funcional y menos identitaria, donde los recursos económicos y las alianzas estratégicas juegan un rol preponderante.

En este contexto, la gestión de Laporta se presenta, al mismo tiempo, como un activo en términos financieros y un foco de debate profundo en términos de identidad, ética y dirección futura del FC Barcelona.

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