Hay obras que, desde su primera proyección, dejan de ser arte para convertirse en espejo de su tiempo y de los tiempos por venir. Ocurre con Tiempos modernos, la película que hace ahora noventa años estrenó Charles Chaplin en el Teatro Rivoli de Nueva York, marcando no solo un hito cinematográfico —culminando casi la etapa del cine mudo con ingeniosas interjecciones sonoras— sino también un manifiesto que sigue resonando en la reflexión sobre el trabajo, la industrialización y la condición humana.
La cinta, que Chaplin escribió, dirigió y protagonizó, no es simplemente una comedia: es un documento político de una época marcada por la Gran Depresión y por la depresión moral de millones que vieron desvanecerse sus sueños bajo el peso de sistemas productivos que parecían valorar más las máquinas que a las personas. Su protagonista, el entrañable vagabundo Charlot, se enfrenta con humor y ternura a una realidad que muchos quisieran creer superada: la deshumanización del trabajo en cadena, la reducción del individuo a un engranaje más dentro del complejo aparato de la producción capitalista.
Pero ¿qué tiene que ver hoy una película de hace casi un siglo con los debates contemporáneos sobre modernización laboral, plataformas digitales y algoritmos que regulan ritmos de trabajo? La respuesta, para quienes se detienen a pensar más allá de la anécdota, es que Tiempos modernos no se limita a criticar la industrialización física de los años treinta: pone en cuestión la lógica misma de una acumulación que prioriza eficiencia y productividad por sobre dignidad y derechos. Y esa lógica —a pesar de los avances tecnológicos, las transformaciones del empleo y los cambios sociales— sigue profundamente vigente.
Este aniversario coincide, paradójicamente, con un momento político en el que muchas sociedades debaten leyes que, bajo el eufemismo de “modernización”, buscan flexibilizar las relaciones laborales para aumentar la productividad y reducir los costos empresariales. En el caso de Argentina, por ejemplo, el tratamiento de una reforma laboral en el Congreso propone cambios estructurales: mayor flexibilidad en la jornada de trabajo, un banco de horas que pone a disposición de los empleadores el tiempo de los trabajadores sin límites claros, reducción de aportes patronales y regímenes de indemnización que debilitan la protección ante despidos. Estas medidas —defendidas por algunos como herramientas para combatir la informalidad— son criticadas por expertos en derecho laboral por no crear empleo genuino ni modernizar las relaciones laborales, sino por debilitar derechos históricos y retrotraer las condiciones de trabajo a estados que recuerdan explícitamente los tiempos previos a los grandes avances sindicales del siglo XX.
Esa coincidencia entre la efeméride cinematográfica y un debate político contemporáneo no es casual ni anecdótica. Más bien pone de relieve cómo ciertas tensiones estructurales de las sociedades industriales y postindustriales siguen vivas: la presión por aumentar la productividad, el control del tiempo ajeno —ya no solo en las fábricas, sino también en las plataformas digitales que miden cada clic, cada minuto, cada desplazamiento— y la negociación permanente entre capital y trabajo. La película de Chaplin, con sus gags sobre la línea de montaje o la escena absurda en la que una máquina diseñada para alimentar a los trabajadores sin detener la producción demuestra que el afán de eficiencia puede convertirse en herramienta de opresión. Y enseña también que la risa —esa risa que nace del reconocimiento de lo absurdo— puede ser una forma de resistencia.
En el meticuloso contraste entre las enormes ruedas dentadas de una fábrica y la figura casi vulnerable del vagabundo Chaplin, se esconde una crítica profunda a los esfuerzos modernos por transformar a las personas en piezas intercambiables de un enorme mecanismo productivo. El personaje no sólo representa al obrero de la época industrial; encarna al sujeto contemporáneo que, en medio de algoritmos y métricas, ha de demostrar su “valor” productivo constantemente. Esta imagen no es solo histórica: remite a las plataformas digitales que ahora median la fuerza de trabajo, a los sistemas de evaluación laboral basados en datos y a las estructuras globales que priorizan la eficiencia por sobre cualquier noción de bienestar colectivo.
Pero Tiempos modernos no es únicamente una crítica social: también contiene una historia humana, la de una amistad y una búsqueda de dignidad en un mundo hostil. Charlot y su compañera, Gamin, interpretada con sensibilidad, no encuentran soluciones colectivas a las estructuras que los oprimen, sino que hallan en su vínculo una salida individualizada que, si bien no transforma el sistema, sí reivindica el valor de la solidaridad humana frente a la imposición mecanicista de la productividad. Esa tensión entre lo colectivo y lo individual, entre lo humano y lo mecánico, es quizá lo que otorga a la película su dimensión atemporal y su vigencia.
Al celebrar ahora los 90 años de este clásico, no se trata simplemente de recordar una joya del séptimo arte o de reverenciar a uno de sus máximos exponentes. La conmemoración nos invita a reflexionar sobre cómo, pese a los profundos cambios tecnológicos y sociales, las tensiones esenciales que Chaplin puso en escena siguen sin resolverse. La robótica, la inteligencia artificial, las nuevas formas de gestionar el trabajo remoto y la hiperconectividad no han suprimido estas tensiones; más bien las han transformado y multiplicado, extendiendo la lógica de control del tiempo ajeno más allá de las fábricas y hacia la vida cotidiana.
Es urgente preguntarse, como lo haría cualquier espectador atento, qué significa modernizar en el siglo XXI: ¿modernizar para quién? ¿En qué condiciones? ¿A qué costo humano? Estas preguntas, implícitas en la memoria de una película que celebramos hoy como patrimonio cultural universal, son tan relevantes ahora como lo fueron hace nueve décadas. En un mundo donde las expectativas de mayor productividad a menudo entran en conflicto con la necesidad de proteger derechos, dignidad y bienestar, la obra de Chaplin sigue siendo un faro crítico, una provocación para pensar cómo queremos organizar el trabajo, la tecnología y, en última instancia, nuestras vidas colectivas.
Y aunque el contexto social, tecnológico y político ha cambiado radicalmente desde el estreno de aquella cinta en 1936, la pregunta fundamental persiste: ¿hemos aprendido algo de los tiempos modernos, o seguimos repitiendo los mismos errores bajo nuevos nombres y discursos? La respuesta, como nos recuerda la película, quizás no está en la máquina, sino en nuestra capacidad de imaginar y construir relaciones de trabajo que reconozcan primero la humanidad de quienes las llevan adelante.
