La historia y la mitología están llenas de escudos legendarios. El de Aquiles, forjado por Hefesto, contenía un mundo entero; la Égida de Zeus y Atenea infundía terror; Pridwen protegía al rey Arturo; el Scutum romano simbolizaba disciplina y poder imperial. Todos tenían algo en común: eran artefactos con leyenda, con sustancia, con una promesa clara de protección. A esa estirpe no pertenece el escudo que el PSOE blande cada vez que la realidad se le vuelve incómoda. No es de bronce ni de piel divina. Es verbal. Se llama “estructural”.

No hay día que no aparezca. Ante un nuevo escándalo —corrupción, abusos, machismo— el reflejo es automático: no son hechos concretos, son “problemas estructurales”. La secuencia es ya previsible. Si el mal es estructural, es inevitable; si es inevitable, lo decisivo no es lo ocurrido sino la reacción; y si la reacción es rápida y escenográfica, la responsabilidad queda saldada. Como escribió Joaquín Coll, el truco consiste en desplazar “el foco del hecho al relato, de la gravedad de lo ocurrido a la escenografía de la respuesta”. Cuando uno está empapado por el chorro de los escándalos, cualquier desplazamiento de lo sustancial a lo accesorio es no solo buscado, sino celebrado.

La función del “estructural” es clara: que la crítica rebote en lo abstracto, que no se juzgue al partido por lo que han hecho corruptos y acosadores concretos y que no se exijan más responsabilidades una vez ejecutadas las expulsiones de rigor. El problema es que “estructural” es una abstracción cómoda, mientras que el tipo con la bragueta abierta o la mano en la caja es muy real, muy identificable y muy terrenal. Por más que cierta izquierda tenga querencia por atribuir males y delitos a entes vaporosos como “el sistema”, la indignación ciudadana suele dirigirse contra el culpable concreto. Y, de paso, contra la organización que lo promovió, lo protegió o miró hacia otro lado, especialmente si no se trata de mindundis, sino de peces gordos.

Ahí es donde el escudo falla. No resulta eficaz cuando intenta disolver hechos precisos en una noche estructural donde todos los gatos son pardos. Pero recupera brillo cuando invita a la comparación y activa dos principios sagrados de la retórica partidista: “los demás son peores” y “nosotros somos mejores”. Estructuralmente, por supuesto.

En esa apelación a un sentimiento profundamente arraigado en la izquierda —la convicción de la propia superioridad moral— reside el secreto de las maniobras de distracción socialistas. Cualquier duda se anestesia con una certeza tranquilizadora: somos mejores. Ese “somos mejores” actúa como salvavidas para las zozobras colectivas, pero también explica la sorprendente supervivencia de los peores. Porque funciona como salvoconducto: corruptos, acosadores y otros profesionales del vicio atraviesan aduanas internas con la tranquilidad de quien sabe que pertenece al bando correcto.

La superioridad moral, cuando se fusiona con el poder, compone un blindaje casi perfecto. El corrupto no se siente un delincuente, sino una anomalía pasajera en una causa justa; el acosador no se ve como tal, sino como un fallo individual en una estructura virtuosa. Esa superioridad moral ha perdido hace tiempo cualquier trazo de sinceridad y se ha convertido en fingimiento de virtud, en un artificio sostenido con la complicidad activa o pasiva de muchos.

En ese contexto, la figura de Pedro Sánchez se vuelve especialmente reveladora. Pocas veces ha parecido más impostada su reacción ante los escándalos que le rodean. Sus palabras, sus gestos, su tono transmiten cálculo antes que indignación. Fariseísmo antes que dolor político auténtico. El único gesto genuino que podría hacer —asumir responsabilidades más allá de las formales— es precisamente el que no quiere hacer. La voz interior de la superioridad moral le susurra lo que desea oír: quédate.

La superioridad moral funciona como un espejo mágico: siempre devuelve la imagen que quien lo posee quiere ver. Pero los espejos también se rompen. Y cuando eso ocurre, no hay escudo estructural que proteja de los fragmentos de la realidad.

alejandra maller

Alejandra Maller

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Periodista y catalana.

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