En el vasto océano Pacífico Sur, a miles de kilómetros de cualquier civilización, se encuentra la isla Henderson, un remoto atolón de coral elevado que representa uno de los últimos vestigios de naturaleza virgen en el planeta. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 por su excepcional belleza natural y su biodiversidad única, esta isla deshabitada de 3.700 hectáreas forma parte del archipiélago de las Islas Pitcairn, un territorio británico de ultramar. Sin embargo, detrás de su fachada idílica se esconde una crisis ambiental devastadora: la acumulación de toneladas de basura plástica que amenaza con destruir su ecosistema. Esta isla, que debería ser un santuario intocado, se ha convertido en el símbolo más alarmante de la contaminación global por plásticos, con millones de fragmentos que llegan diariamente arrastrados por las corrientes oceánicas.
La crisis en Henderson no es un problema local, sino un reflejo de la adicción mundial al plástico desechable. Según estudios científicos, la isla acumula hasta 38 millones de piezas de plástico en sus playas, con una densidad que supera las 671 piezas por metro cuadrado en algunas áreas, lo que la convierte en el lugar más contaminado del mundo en términos de densidad de desechos plásticos. Estimaciones conservadoras indican que entre 3.500 y 13.500 nuevos fragmentos de plástico llegan a sus costas cada día, transportados por el Giro del Pacífico Sur, una corriente circular que actúa como una «cinta transportadora» de basura marina. Esta corriente, conocida como el Giro del Pacífico Sur, recolecta desechos de continentes lejanos —desde América del Sur hasta Asia y Europa— y los deposita en las playas de Henderson, un atolón de apenas 37 kilómetros cuadrados sin habitantes permanentes.
La contaminación no es reciente. Un estudio de 2015, publicado en 2017, reveló que la isla albergaba más de 18 toneladas de plástico, compuesto en su mayoría por redes de pesca abandonadas, boyas, botellas de agua, cascos y fragmentos rígidos. Gran parte de estos desechos proviene de la industria pesquera global y de productos de consumo cotidiano, como envases de plástico de un solo uso. En 2019, una expedición encontró que el 27% de los objetos identificables procedían de Sudamérica, mientras que otros provenían de Rusia, Estados Unidos, Japón y China. Lo más preocupante es que dos tercios de la basura está enterrada bajo la arena, a unos 10 centímetros de profundidad, lo que subestima las cifras reales, ya que no se incluyen partículas menores de 2 milímetros ni las acumuladas en acantilados rocosos.

Esta acumulación masiva no solo altera el paisaje prístino de Henderson, descrito por la UNESCO como una «joya» de atolón coralino «prácticamente intocado por la presencia humana», sino que también representa un riesgo inminente para su biodiversidad excepcional. La isla es hogar de especies endémicas únicas, incluyendo cuatro aves terrestres exclusivas —como el petrel de Henderson y el rascón de Henderson—, diez plantas nativas y una gran colonia de aves marinas. Además, alberga invertebrados endémicos y sirve como sitio de anidación para tortugas marinas y aves como los albatros y los piqueros.
Los impactos del plástico en esta biodiversidad son profundos y multifacéticos. Las aves marinas, por ejemplo, ingieren fragmentos de plástico confundiéndolos con alimento, lo que causa obstrucciones digestivas, envenenamiento por toxinas y reducción en la reproducción. En expediciones recientes, se han encontrado aves con estómagos llenos de plástico, y se estima que las colonias de Henderson traen de vuelta a tierra hasta 688.000 piezas de plástico al año a través de sus excrementos y regurgitaciones. Las tortugas marinas enfrentan obstáculos similares: sus rastros en la arena revelan cómo luchan por llegar a sitios de anidación obstruidos por desechos, lo que complica su ya ardua tarea de reproducción.
Los cangrejos ermitaños, otro habitante clave, han comenzado a usar contenedores de plástico en lugar de conchas naturales, lo que podría exponerlos a químicos tóxicos que se filtran del material degradado. Pero el peligro más insidioso proviene de los microplásticos y nanoplásticos. Un estudio de 2021 estimó que solo en los primeros 5 centímetros de arena de las playas de Henderson hay más de 4.000 millones de partículas plásticas, que entran en la cadena alimentaria a través de organismos filtradores como los cangrejos y los moluscos. Estos microplásticos, que se degradan pero nunca desaparecen, liberan aditivos químicos y absorben contaminantes del océano, afectando la salud de especies marinas y potencialmente llegando a humanos a través de la pesca.
Además, la contaminación plástica agrava otros amenazas. La isla ya sufre de especies invasoras como la rata polinesia, introducida hace siglos, que depreda huevos de aves y reduce poblaciones endémicas. El cambio climático, con sus efectos en la temperatura y acidez del océano, altera las fuentes de alimento para las aves marinas, como los bancos de peces. La combinación de estos factores pone en riesgo la integridad ecológica de Henderson, amenazando su estatus como sitio de Patrimonio Mundial.
Frente a esta crisis, han surgido esfuerzos heroicos para mitigar el daño. En 2019, una expedición liderada por el Fondo de Conservación Howell y apoyada por organizaciones como Pew Charitable Trusts recolectó 6 toneladas de plástico de una playa de 2,5 kilómetros, aunque no pudieron evacuarlo todo debido a condiciones climáticas adversas. Esta misión, que incluyó científicos, conservacionistas y periodistas, catalogó miles de items —incluyendo 1.200 boyas de pesca— y generó datos valiosos sobre la densidad y origen de los desechos.
En 2024, la organización Plastic Odyssey regresó con una expedición apodada «La Limpieza Imposible», removiendo más de 9 toneladas de plástico, incluyendo 3,5 toneladas acumuladas desde 2019. Usando soluciones innovadoras de bajo costo, como balsas flotantes y sistemas de parasailing para cruzar el arrecife de coral sin dañarlo, el equipo de 25 personas —incluyendo expertos en reciclaje, científicos y médicos— transformó el plástico recolectado en mobiliario urbano para la vecina isla de Pitcairn, como bancos y mesas. Esta iniciativa no solo limpió la playa este, la más afectada, sino que recolectó datos científicos sobre el impacto en la biodiversidad y demostró una reducción en la densidad de desechos comparada con años previos.
Estos esfuerzos culminaron en una asociación estratégica entre la UNESCO y Plastic Odyssey, anunciada el 10 de junio de 2025 durante la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos en Niza. Apoyada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, esta colaboración busca remover plásticos de sitios marinos Patrimonios de la Humanidad, desarrollar iniciativas de reciclaje comunitario y recolectar datos científicos. Henderson es el foco inicial, con misiones preliminares planeadas para octubre de 2025 en el atolón de Aldabra en Seychelles, y operaciones a mayor escala en 2026. El objetivo es proteger ecosistemas que cubren más de 2 millones de kilómetros cuadrados, vitales para la biodiversidad y el almacenamiento de carbono.
A pesar de estos avances, el futuro de Henderson es incierto. Monitoreos indican que, aunque las limpiezas han reducido la acumulación anual de 284,75 gramos por metro cuadrado (2015-2019) a 16,8 gramos (2019-2024), la playa podría volver a su estado contaminado en cuatro años sin intervenciones continuas. Estudios proyectan que, con la producción global de plástico aumentando exponencialmente —8 millones de toneladas entran al océano anualmente—, la isla continuará recibiendo desechos a menos que se aborden las causas raíz: el uso excesivo de plásticos de un solo uso, la pesca ilegal y la gestión deficiente de residuos en tierra.
Expertos como Jennifer Lavers, de la Universidad de Tasmania, advierten que «no hay escapatoria a la contaminación plástica, incluso en los rincones más distantes de nuestros océanos». Para un futuro sostenible, se necesita acción global: prohibiciones a plásticos desechables, mejoras en sistemas de reciclaje y tratados internacionales como el propuesto por la ONU para reducir la producción de plásticos. En Henderson, planes incluyen la erradicación de ratas invasoras en 2025-2026 y un monitoreo satelital del Área Marina Protegida de Pitcairn, lanzada en 2021.
La isla Henderson nos recuerda que ningún paraíso está a salvo de nuestra huella ambiental. Si no cambiamos nuestros hábitos de consumo y fortalecemos esfuerzos colectivos, este santuario podría perder su valor universal excepcional, dejando un legado de basura para generaciones futuras. La limpieza es posible, pero la prevención es esencial. Como dice Brett Howell, líder de limpiezas: «Si esto no es una llamada de atención para cambiar nuestras cadenas de suministro globales hacia una economía circular, no sé qué lo será».
