Entre las sierras de Cádiz y Málaga, pequeñas partidas anarquistas sostuvieron durante años una resistencia armada contra el franquismo, una historia fragmentaria que hoy empieza a recuperar su lugar en la memoria histórica.

En los mapas de la resistencia antifranquista hay zonas que parecen dibujadas con tinta tenue. No porque allí no hubiera lucha, sino porque el tiempo, la propaganda y la memoria selectiva han ido borrando sus contornos. La Serranía de Ronda, Sierra Blanca o Sierra Bermeja —territorios abruptos entre Cádiz y Málaga— forman parte de ese paisaje histórico parcialmente olvidado. Durante los años posteriores a la Guerra Civil española, estas montañas albergaron a pequeñas partidas de guerrilleros libertarios que se negaron a aceptar la derrota y continuaron la lucha desde la clandestinidad. Sus historias, a menudo fragmentarias, revelan una red de resistencia que sobrevivió entre persecuciones, delaciones y enfrentamientos armados.

El relato tradicional de la guerrilla antifranquista suele concentrarse en ciertos territorios o en organizaciones mejor documentadas. Sin embargo, Andalucía fue uno de los grandes escenarios de la resistencia armada tras 1939. A pesar de ello, muchas de las partidas que actuaron en el sur permanecieron durante décadas en un segundo plano historiográfico. No eran grandes columnas ni estructuras centralizadas, sino grupos reducidos, a veces compuestos por apenas una docena de hombres, vinculados en muchos casos al movimiento libertario y a la tradición sindical de la Confederación Nacional del Trabajo. Desde las sierras organizaban pequeñas operaciones, mantenían redes de apoyo con el mundo rural y trataban de sobrevivir en un entorno hostil donde la Guardia Civil desplegaba una vigilancia constante.

Uno de esos grupos fue la llamada partida de Casares, nombrada tanto por el apodo de su líder como por el origen de varios de sus integrantes. El grupo estaba dirigido por Germinal Mateos Berenguer, conocido precisamente como “Casares”. Junto a él se encontraban militantes y simpatizantes libertarios que habían optado por refugiarse en la sierra tras la derrota republicana. La partida llegó a reunir hasta dieciséis miembros, la mayoría afiliados a la CNT. Sus movimientos se concentraban en Sierra Bermeja y en áreas próximas de la provincia de Cádiz, donde establecieron campamentos en zonas abruptas y de difícil acceso. Aquellos refugios improvisados, como el situado en la Garganta del Arroyo del Medio, constituían auténticas bases de supervivencia desde las que organizar incursiones o simplemente resistir el paso del tiempo.

La actividad de este grupo se extendió aproximadamente entre 1937 y 1941, años especialmente duros para los guerrilleros. La información disponible sobre sus acciones es fragmentaria y procede sobre todo de informes policiales o de enfrentamientos documentados con las fuerzas de seguridad. Los archivos hablan de tiroteos, detenciones y muertes en combate, pero apenas registran las actividades cotidianas de la partida: el abastecimiento, las redes de apoyo campesino o las estrategias para evitar la captura. Sabemos, por ejemplo, que algunos de sus miembros cayeron en enfrentamientos con la Guardia Civil o fueron detenidos tras operaciones de rastreo. Con el paso del tiempo, la presión policial y el desgaste interno acabaron fragmentando el grupo, cuyos supervivientes terminaron integrándose en otras partidas de la zona.

La geografía desempeñó un papel crucial en esta historia. Las sierras del sur peninsular ofrecían refugios naturales pero también imponían una vida extremadamente dura. El monte no era solo un escondite: era un entorno donde el frío, la escasez de alimentos y el aislamiento podían resultar tan peligrosos como la persecución policial. Los guerrilleros dependían en gran medida de enlaces locales —campesinos, jornaleros o familiares— que les proporcionaban comida, información o refugio temporal. Esa red informal permitía prolongar la resistencia, aunque también la hacía vulnerable a la delación o a la presión de las autoridades.

Otra de las partidas activas en la zona fue la liderada por Manuel Granados Domínguez, conocido como “el Dios de Istán”. Este grupo operó principalmente en Sierra Blanca entre 1937 y 1944. A diferencia de otras partidas, su trayectoria está algo mejor documentada, en parte porque protagonizó episodios que quedaron registrados en informes oficiales. Entre ellos se menciona el asalto a un molino en 1940 o su implicación en represalias posteriores al asesinato de un guerrillero socialista en la localidad de Istán. La guerra irregular que se libraba en estas montañas mezclaba ideología, supervivencia y venganzas personales, generando una violencia que a menudo se extendía más allá de los propios combatientes.

El grupo de Granados también protagonizó emboscadas contra la Guardia Civil y acciones destinadas a obtener recursos. En algunos casos recurrieron a secuestros o a la exigencia de rescates, una práctica relativamente frecuente entre las guerrillas de la época. Estas operaciones tenían un doble objetivo: financiar la supervivencia del grupo y mantener una presión constante sobre las élites locales que apoyaban al régimen franquista. Sin embargo, también alimentaban la narrativa oficial que presentaba a los guerrilleros como simples bandoleros. En esa frontera difusa entre resistencia política y delincuencia se libró buena parte de la batalla propagandística del franquismo.

La represión terminó imponiéndose. En junio de 1944, tras un enfrentamiento con la Guardia Civil cerca de una mina de la zona, uno de los miembros del grupo murió en combate y el propio Granados resultó herido de gravedad. Fallecería pocos días después. La desaparición de su líder supuso el final efectivo de la partida. Historias como esta se repitieron una y otra vez en la geografía de la guerrilla antifranquista: pequeños grupos que resistían durante años hasta que la presión militar, la falta de recursos o la pérdida de sus dirigentes acababan por desarticularlos.

En la misma región actuó también la partida dirigida por Juan Toledo Martínez, conocido como “Caracoles”. Este grupo tenía vínculos con otras formaciones guerrilleras de la zona, lo que ilustra la naturaleza cambiante de estas redes clandestinas. Los guerrilleros pasaban de una partida a otra según las circunstancias, las pérdidas o las alianzas. En el caso de “Caracoles”, varios de sus miembros procedían de la partida de los Morenos de Cortes, otro grupo de inspiración libertaria activo en la región. Entre 1943 y 1945 desarrollaron su actividad en la Serranía de Ronda y sus alrededores, enfrentándose repetidamente a las fuerzas franquistas.

La vida en la sierra estaba marcada por la precariedad absoluta. Los testimonios de antiguos guerrilleros o de quienes convivieron con ellos describen jornadas enteras dedicadas a buscar comida, vigilar los accesos a los campamentos o trasladarse de un refugio a otro para evitar ser localizados. Las noches podían convertirse en el único momento seguro para desplazarse, mientras que el día obligaba a permanecer ocultos entre rocas y matorrales. Incluso en los momentos de descanso, la incomodidad era constante: la humedad, los insectos o los animales que merodeaban por los campamentos formaban parte del paisaje cotidiano.

Las anécdotas transmitidas por algunos compañeros reflejan esa mezcla de dureza y camaradería que caracterizaba la vida guerrillera. Se cuenta que en una ocasión, mientras dormían en un campamento lleno de roedores atraídos por las migas de comida, uno de los guerrilleros despertó con parte de la oreja roída por los ratones. La escena provocó risas entre sus compañeros, un ejemplo de cómo el humor servía a veces para aliviar una existencia marcada por la tensión permanente.

A mediados de los años cuarenta, las dinámicas de la guerrilla comenzaron a transformarse. Algunas partidas optaron por integrarse en estructuras más amplias, como las agrupaciones guerrilleras organizadas en diferentes regiones. Los supervivientes de la partida de “Caracoles”, por ejemplo, terminaron incorporándose a la Junta Nacional de Guerrilleros Antifascistas del Sector Sur y posteriormente a la Agrupación Fermín Galán. Estas organizaciones pretendían coordinar mejor la lucha armada y dotarla de una estrategia común, aunque en la práctica la presión del régimen y la falta de apoyo internacional limitaban enormemente sus posibilidades.

La derrota de estas partidas no significó necesariamente el final de su historia. Muchos guerrilleros lograron escapar al exilio, mientras que otros fueron encarcelados o ejecutados tras su captura. Durante décadas, sus nombres apenas aparecieron en los relatos oficiales del franquismo, que los presentaban como criminales comunes. Tampoco la historiografía posterior les prestó siempre la atención que merecían. La memoria de la guerrilla se fue reconstruyendo lentamente gracias al trabajo de historiadores, investigadores y familiares que recopilaron testimonios y documentos dispersos.

En esa recuperación de la memoria desempeñan un papel fundamental los estudios dedicados a la guerrilla antifranquista en Andalucía, que han permitido reconstruir censos de combatientes, trayectorias individuales y mapas de actividad guerrillera. Estos trabajos muestran que la resistencia en el sur fue más amplia y compleja de lo que durante mucho tiempo se creyó. Las partidas libertarias de la zona gaditano-malacitana forman parte de esa historia, una trama de pequeñas unidades que, pese a su tamaño reducido, mantuvieron viva durante años la oposición armada al régimen.

Hoy, cuando la memoria histórica vuelve a ocupar un lugar central en el debate público, estas historias adquieren un nuevo significado. No se trata únicamente de rescatar nombres o episodios olvidados, sino de comprender las múltiples formas que adoptó la resistencia al franquismo. Las partidas libertarias de las sierras del sur representan una de esas formas: una lucha persistente, fragmentaria y a menudo desesperada, que se desarrolló lejos de los grandes focos de atención.

Quizá por eso su recuerdo sigue siendo tan necesario. En aquellas montañas, entre barrancos y caminos apenas transitados, un puñado de hombres decidió que la derrota no sería el final. Resistieron como pudieron, improvisando campamentos, manteniendo redes clandestinas y enfrentándose a un aparato represivo que no estaba dispuesto a tolerar ninguna forma de disidencia. Sus historias, recuperadas hoy a partir de fragmentos de archivo y testimonios dispersos, nos recuerdan que la memoria de la resistencia también se escribe en los márgenes de la historia.

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