La política española atraviesa una fase de fatiga creativa en la que las mismas ideas se reciclan con nuevos envoltorios y los mismos personajes reaparecen con ambiciones ampliadas. En ese contexto, la pretensión de Gabriel Rufián de liderar una candidatura conjunta de la izquierda “plurinacional” para las próximas elecciones generales no es tanto una novedad como un síntoma. Un síntoma de agotamiento estratégico, de confusión ideológica y de una extraordinaria desmemoria colectiva que permite a ciertos dirigentes reinventarse sin rendir cuentas por su trayectoria.

La iniciativa, según se ha filtrado, no nace exactamente de Rufián, sino de su tutor político en la sombra: Joan Tardà. Antiguo diputado de ERC, Tardà ha logrado reciclarse tras el fracaso del procés como una suerte de patriarca indulgente, un “primo entre pares” que pontifica en tertulias afines sobre pactos imposibles, frentes amplios y nuevas mayorías históricas. Se trata del mismo Tardà que contribuyó a blanquear a Arnaldo Otegi calificándolo de “hombre de paz”, una frase que condensa como pocas la elasticidad moral de cierta izquierda cuando se trata de alinear causas identitarias con relatos redentores.

Conviene, sin embargo, no sobredimensionar a Tardà. Es un secundario con ínfulas de estratega, más articulado intelectualmente que su pupilo, pero también más consciente de los límites del invento. Rufián, en cambio, representa otra cosa: la política entendida como choque frontal, como provocación permanente, como sustitución del contenido por el gesto. Su carrera no se explica por una elaboración doctrinal ni por una gestión destacada, sino por una combinación de desparpajo, oportunismo y padrinazgo interno.

El episodio con José Rodríguez, alias “Trinitro”, durante la etapa de ambos en “Súmate”, ilustra bien el carácter del personaje. Aquella plataforma, diseñada por ERC para atraer a castellanohablantes y proyectar una imagen de independentismo inclusivo, fue desde el inicio un artefacto contradictorio. Pretendía negar el sesgo identitario del partido mientras lo confirmaba por la vía de los hechos: crear un espacio específico para quienes no encajaban en el molde lingüístico dominante no era integración, sino segregación maquillada. El conflicto entre Rufián y Rodríguez por un puesto en las listas, resuelto a base de intimidación y favores internos, terminó con la victoria del primero gracias al respaldo decisivo de Oriol Junqueras.

A partir de ahí, la trayectoria de Rufián es conocida. Prometió una estancia breve en Madrid, limitada a los 18 meses necesarios para proclamar la república catalana. Han pasado más de diez años. La república no llegó, pero Rufián se quedó. Y no solo se quedó: se adaptó con rapidez a la vida política y social de la capital, a sus dinámicas mediáticas y a sus ventajas materiales. Paradójicamente, esa adaptación ha reforzado la desconfianza que genera entre los sectores más nacionalistas de Cataluña, que lo ven como un cuerpo extraño: demasiado castellanohablante, con un catalán que delata las costuras de la inmersión lingüística, y sin los apellidos ni los códigos tribales que otorgan pedigrí en determinados círculos.

Ese desajuste identitario es clave para entender su actual movimiento. Rufián aspira a convertirse en una figura estatal, a trascender el marco estrictamente independentista y a ocupar un espacio similar al que en su día monopolizó Pablo Iglesias: el del tribuno que se presenta como último dique frente al fascismo. El problema es que carece tanto del bagaje teórico como del contexto social que hicieron posible el ascenso de Podemos. Donde Iglesias aportaba una narrativa —discutible, pero coherente— Rufián ofrece eslóganes y sobreactuación parlamentaria. Donde había un malestar económico profundo, hoy hay desencanto y cinismo.

La llamada “izquierda plurinacional” que se pretende articular bajo su liderazgo no es, en realidad, un proyecto político sólido, sino una suma de debilidades. ERC necesita reubicarse tras el hundimiento del relato épico del procés; Sumar busca desesperadamente un revulsivo ante la pérdida de centralidad de Yolanda Díaz; y el PSOE observa con ambivalencia cualquier movimiento que pueda servirle como muleta parlamentaria sin erosionar demasiado su perfil. En ese tablero, Rufián se ofrece como pegamento, pero es un pegamento defectuoso: une mal y huele peor.

Su historial de gestos hacia Otegi, su defensa acrítica de figuras del PSOE antes de que los informes judiciales desmonten los relatos oficiales —como ocurrió con Santos Cerdán— y su tendencia a poner “la mano en el fuego” con una ligereza temeraria, lo emparentan con una forma de hacer política basada en la lealtad de bloque y en la negación sistemática de la realidad incómoda. Cerdán, Rufián, Ábalos, Sánchez: nombres distintos, pero patrones similares. Ascensos meteóricos, biografías infladas, silencios estratégicos y una capacidad asombrosa para mentir sin rubor cuando el guion lo exige.

La pregunta de fondo no es si Rufián puede disputar el liderazgo a Yolanda Díaz —en términos orgánicos y mediáticos, es posible—, sino si ese relevo aportaría algo sustantivo a una izquierda que lleva años confundiendo pluralidad con fragmentación. La insistencia en lo “plurinacional” como fórmula mágica ignora que el electorado progresista está menos preocupado por la arquitectura territorial que por la eficacia institucional, el acceso a la vivienda, la calidad del empleo o la credibilidad de sus representantes.

Oriol Junqueras, que no es ajeno a estas tensiones, parece percibir el riesgo. Sabe que una apuesta excesiva por la proyección estatal de Rufián puede diluir aún más el perfil de ERC sin garantizar retornos claros. También intuye que el electorado catalán castiga la ambigüedad permanente: ni independencia ni gestión pragmática, sino un limbo retórico que solo beneficia a quienes viven cómodamente instalados en él.

De cara a 2026, el escenario se presenta como un órdago múltiple. La izquierda estatal necesita redefinirse tras la erosión de sus liderazgos más visibles; el independentismo catalán sigue sin resolver su resaca estratégica; y figuras como Rufián intentan capitalizar ese desconcierto presentándose como solución cuando, en realidad, forman parte del problema. Su ambición personal es comprensible; su viabilidad como líder transversal, mucho menos.

En última instancia, la operación Rufián revela una verdad incómoda: la política española se ha llenado de personajes que confunden la notoriedad con la autoridad, el ingenio con la inteligencia y la provocación con el coraje. Mientras esa confusión persista, seguiremos asistiendo a candidaturas improvisadas, alianzas contra natura y discursos inflamados que prometen frentes amplios y entregan decepciones estrechas. Y así, una y otra vez, hasta que el electorado decida que ya basta de alquimia y exija algo tan revolucionario como la competencia y la honestidad.

alejandra maller

Alejandra Maller

Periodista en Revista Rambla | Web |  Otros artículos del autor

Periodista y catalana.

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