La noticia cayó como un telón pesado sobre el mundo del cine español: Eusebio Poncela, el actor de magnetismo inigualable que encarnó la transgresión y la pasión en la pantalla, ha fallecido a los 79 años en su casa de El Escorial, Madrid, víctima de un cáncer que lo aquejaba desde hace un año. Nacido el 15 de septiembre de 1945 en el humilde barrio de Vallecas, Madrid, Poncela no solo fue un intérprete versátil, sino también un pintor, productor y guionista que dejó una huella indeleble en la cultura española. Su partida, ocurrida el 27 de agosto de 2025, a escasas semanas de cumplir 80 años, ha generado una oleada de tributos de compañeros, directores y fans, recordando a un hombre que vivió como quiso: libre, intenso y sin concesiones.

Poncela representaba esa generación de artistas que emergieron durante la Transición española, un período de efervescencia cultural donde el cine se convirtió en un espejo de las libertades recién conquistadas. Su carrera, marcada por colaboraciones con directores visionarios como Pedro Almodóvar e Iván Zulueta, lo posicionó como un símbolo de la «movida madrileña», esa explosión de creatividad que definió los años 80. Pero más allá de los reflectores, su vida personal fue un tapiz de luces y sombras: abiertamente gay en una época conservadora, luchador contra adicciones y un enigma para muchos, Poncela encarnó la autenticidad en un mundo de apariencias.

De Vallecas a los Escenarios

Eusebio Poncela Aprea creció en un entorno modesto, hijo de un socialista que luchó en la Guerra Civil, lo que forjó en él una sensibilidad social y una rebeldía innata. Desde joven, mostró una pasión por el arte que lo llevó a estudiar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, donde se formó como actor clásico. Sus primeros pasos fueron en el teatro a finales de los años 60, debutando en obras como «Mariana Pineda» de Federico García Lorca, donde ya destacaba por su presencia magnética y su voz profunda, esa que más tarde se convertiría en su sello distintivo.

El cine no tardó en llamarlo. Su debut cinematográfico llegó en 1969 con «Los desafíos», pero fue en la década de los 70 cuando comenzó a ganar notoriedad. Películas como «La casa sin fronteras» (1972) y «El quinto jinete» (1975) lo introdujeron en el género del terror y el misterio, géneros que exploraría con maestría a lo largo de su carrera. En televisión, su interpretación en «Los gozos y las sombras» (1982), adaptación de la novela de Gonzalo Torrente Ballester, lo catapultó al estrellato nacional. En esta serie, dirigida por Rafael Baledón, Poncela encarnó a un personaje complejo, demostrando su habilidad para navegar entre el drama histórico y la introspección psicológica. Fue un rol que le valió elogios y que marcó el inicio de una prolífica etapa en la pequeña pantalla.

La Explosión Creativa: la Movida Madrileña

Los años 80 fueron el pináculo de su carrera cinematográfica, coincidiendo con la efervescencia de la movida madrileña. Poncela se convirtió en musa de directores transgresores, empezando por Iván Zulueta en «Arrebato» (1979), una obra de culto que explora la adicción al cine y las drogas a través de un vampirismo metafórico. En esta película, Poncela interpreta a José Sirgado, un director de cine atormentado, un papel que muchos ven como un reflejo de su propia vida. «Arrebato» no solo es considerada una joya del cine español, sino que capturó la esencia de una generación perdida en excesos y búsquedas artísticas.

Su asociación con Pedro Almodóvar fue legendaria. En «Matador» (1986), Poncela dio vida a un comisario de policía obsesionado, en una trama que entreteje erotismo, muerte y tauromaquia. Pero fue en «La ley del deseo» (1987) donde alcanzó la cima: como Pablo Quintero, un director gay envuelto en un triángulo amoroso turbulento, Poncela ofreció una interpretación cruda y vulnerable que rompió tabúes sobre la homosexualidad en el cine español postfranquista. Almodóvar lo describió como «un actor con un imán único», y la película se convirtió en un hito de la filmografía LGTBIQ+.

En los 90, Poncela expandió su repertorio internacional. En «Martín (Hache)» (1997), dirigida por Adolfo Aristarain, interpretó a Dante, un artista exiliado en Madrid, junto a Federico Luppi y Cecilia Roth. Esta coproducción hispano-argentina exploró temas de identidad y exilio, y Poncela brilló con un monólogo inolvidable sobre la libertad. Otros éxitos incluyeron «Intacto» (2001) de Juan Carlos Fresnadillo, donde jugó con el suspense y la suerte, y «800 balas» (2002) de Álex de la Iglesia, un homenaje al espagueti western donde encarnó a un villano carismático.

No se limitó al cine: en televisión, protagonizó «Las aventuras de Pepe Carvalho» (1986), basada en las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, donde su carisma como detective privado conquistó audiencias. También apareció en series como «El ministerio del tiempo» y «La herencia Valdemar», fusionando historia y terror. Como productor y guionista, contribuyó a proyectos independientes, demostrando su multifacética creatividad.

Luces, Sombras y Autenticidad

Detrás de la cámara, Poncela fue un enigma. Abiertamente gay «con mucha honra», como él mismo decía, enfrentó prejuicios en una España aún conservadora. Su orientación sexual no fue un secreto, pero mantuvo su vida privada en reserva, evitando escándalos. Se rumorearon relaciones, pero Poncela priorizaba su libertad: «Viví como quise», afirmó en entrevistas.

Luchó contra una grave adicción a las drogas, un tema que tocó en «Arrebato» y que marcó sus años de la movida. En una rara confesión, admitió que las sustancias lo llevaron al límite, pero su profesionalismo nunca flaqueó. «Alcanzó la paz con su talento», dice un obituario. Pintor aficionado, encontró en el arte visual un refugio, exponiendo obras que reflejaban su mundo interior turbulento.

Su vida familiar fue discreta: hijo único, mantuvo lazos con su herencia vallecana, recordando a su padre como un «buen hombre». En sus últimos años, se retiró a El Escorial, enfocándose en la pintura y lecturas, lejos del bullicio.

Un Actor Maldito que Conquistó la Eternidad

A pesar de su talento, Poncela nunca ganó un Goya, lo que muchos ven como una injusticia. Sin embargo, su legado trasciende premios: fue el rostro de un cine español audaz, que desafió normas y exploró lo humano en sus facetas más oscuras. Directores como Carlos Saura («El Dorado», 1988) e Imanol Uribe («El rey pasmado», 1991) lo eligieron por su intensidad.

Tributos no han faltado: Pedro Almodóvar lo llamó «puro talento y carisma». En redes, fans recuerdan escenas de «La ley del deseo» y «Martín (Hache)». La Academia de Cine lo honró póstumamente, reconociendo su contribución a cintas imprescindibles.

Eusebio Poncela no fue solo un actor; fue un huracán que barrió convenciones, dejando un cine más libre y auténtico. Su partida cierra un capítulo, pero su obra permanece, invitándonos a revisitar sus películas y celebrar una vida dedicada al arte sin filtros. Descanse en paz, maestro.

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