En los últimos años, sentencias como “estamos perdiendo el fotoperiodismo de calidad” han surgido en medios especializados y análisis de opinión como síntomas de una transformación profunda en el ecosistema informativo. Esta afirmación, enunciada por Gabriel Jaraba en Catalunya Plural, no es una hipérbole: es un diagnóstico urgente sobre un fenómeno estructural que amenaza no solo la práctica fotográfica profesional sino la propia capacidad del periodismo para narrar en imágenes la realidad que nos rodea.

De la abundancia de imágenes a la escasez de sentido

Hoy en día los periódicos y plataformas digitales están saturados de imágenes. Sin embargo, como señala el propio artículo, esa abundancia visual no se traduce en verdadera presencia del fotoperiodismo. Lo que predomina son ilustraciones editoriales o fotos de relleno, que no explican por sí mismas la complejidad de los hechos, ni aportan contexto, ni capturan la profundidad humana de una escena. La fotografía periodística de impacto, capaz de condensar una historia entera en un solo instante significativo, parece convertirse en una rareza.

El autor subraya que la tecnología nunca antes había ofrecido herramientas tan poderosas: cámaras con sensores extraordinarios, capacidades de enfoque automático de última generación, y aplicaciones que permiten manipular y editar imágenes con facilidad. A pesar de ello, paradójicamente, el fotoperiodismo está encogiéndose, no por falta de herramientas técnicas, sino por la ausencia de condiciones que permitan un ejercicio profesional serio y profundo.

La ilusión de la democratización digital y la paradoja del contenido

La revolución digital prometió democratizar la creación de contenidos. Hoy cualquiera con un smartphone puede capturar y publicar imágenes que potencialmente llegan a millones de personas. La consecuencia es doble. Por un lado, la inmediatez y la viralidad permiten que sucesos que antes pasaban desapercibidos se hagan visibles. Por otro, esta misma democratización genera una paradoja: las imágenes circulan sin filtro, sin contexto y, muchas veces, sin verificación profunda.

Estudios académicos sobre el fotoperiodismo con móvil han señalado que la proliferación de imágenes generadas por aficionados ha permitido a algunos medios utilizar material gratuito, desplazando parcialmente a los fotógrafos profesionales. Esto no solo cambia la dinámica de producción, sino que también erosiona las prácticas y estándares clásicos del fotoperiodismo.

Esta tendencia, aliada a la lógica del clic y la economía de la atención, provoca que muchas imágenes se publiquen no por su valor informativo o narrativo, sino por su capacidad de captar un golpe de atención superficial. Dicho de otro modo, prima la imagen que hace “ruido” (clickbait visual) sobre aquella que explica, conmueve o abre espacios de reflexión. El resultado es una narrativa visual fragmentaria e inerte, donde el estilo y la profundidad quedan subordinados a la velocidad y al impacto inmediato.

Crisis profesional y precariedad en la práctica fotográfica

La crisis del fotoperiodismo no es solo estética o conceptual: es también laboral y estructural. En el contexto periodístico actual, marcado por ajustes presupuestarios, reducciones de plantilla y el auge de modelos ‘multimedia’ sin especialización, muchos medios han reducido o eliminado las plazas de fotoperiodistas profesionales. Esto se traduce en una menor presencia de fotógrafos formados en las técnicas, la ética y las narrativas propias de este género periodístico.

Organizaciones del sector han denunciado esta precarización desde hace años, destacando que los profesionales altamente cualificados se ven empujados a marcharse o a reinventarse recurriendo al trabajo freelance o emigrando a mercados con mejores condiciones para continuar ejerciendo. Además, esta situación favorece el intrusismo y la proliferación de contenido visual de baja calidad técnica y ética, difundido como si fuera producto profesional.

La precariedad también tiene efectos colaterales éticos: sin estructuras sólidas de respaldo editorial, las prácticas de verificación y contraste frente a imágenes virales o manipuladas se debilitan, y la línea entre documentación periodística y simple ilustración visual se vuelve cada vez más difusa.

Fotoperiodismo como documento histórico y memoria colectiva

Lejos de ser un accesorio decorativo de las noticias, el fotoperiodismo ha desempeñado históricamente un papel crucial en la construcción de memoria colectiva y en la documentación de hechos que definieron generaciones enteras. Desde las fotografías emblemáticas de guerras, crisis y transformaciones sociales hasta escenas de la vida cotidiana que capturan cambios culturales profundos, la disciplina ha sido un testigo privilegiado —y a menudo incómodo— de nuestro tiempo.

Por ejemplo, en España, figuras como Agustí Centelles documentaron la Guerra Civil con un enfoque que combinaba rigor documental y conciencia estética, creando un registro visual que trasciende lo informativo y se convierte en testimonio histórico.

Del mismo modo, el desarrollo de la fotografía periodística en tiempos de conflicto fue clave para dar voz, evidencia y humanidad a contextos que los textos por sí solos no podían transmitir con la misma intensidad narrativa. Esta dimensión testimonial es precisamente lo que está en riesgo cuando se sustituye el fotoperiodismo profesional por imágenes genéricas sin sello editorial ni contexto.

Premios, festivales y resistencia del fotoperiodismo de calidad

Aun en medio de esta crisis, iniciativas culturales y festivales internacionales continúan reivindicando el papel del fotoperiodismo. Eventos como Visa pour l’image o los premios World Press Photo siguen siendo plataformas globales donde se reconoce y discute el valor de la fotografía documental comprometida, enfrentada a guerras, crisis climáticas, desigualdades y tragedias humanas que no pueden contarse con simples palabras.

Asimismo, reconocimientos recientes a fotoperiodistas como Albert García reflejan que el oficio —aunque frágil— no ha desaparecido y sigue siendo capaz de producir trabajos que combinan calidad técnica, profundidad narrativa y compromiso humano.

Estas manifestaciones culturales y premios no solo celebran excelencia, sino que también subrayan la necesidad de un periodismo visual que se enfrente a los desafíos contemporáneos con rigor, creatividad y responsabilidad.

El desafío de la inteligencia artificial y la ética visual

Otro elemento relevante en la discusión sobre el estado del fotoperiodismo es la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la generación y manipulación de imágenes. Aunque la IA puede ser vista como una herramienta adicional en la caja técnica del fotógrafo, también representa un riesgo para la credibilidad y autenticidad de las imágenes periodísticas. La posibilidad de crear imágenes hiperrealistas sin vínculo con la realidad impone nuevos estándares éticos, así como procedimientos rigurosos de verificación y transparencia.

El problema no reside exclusivamente en el uso de IA, sino en cómo los medios y la sociedad absorben, procesan y validan visualmente la realidad. Si la preocupación central se limita a saber si una imagen fue generada por IA o retocada digitalmente, se pierde de vista que el verdadero peligro es la ausencia de imágenes con rigor periodístico, es decir, aquellas que testimonian acontecimientos reales con contexto, intención y significado.

Hacia un fotoperiodismo resiliente: propuestas de recuperación

Frente a este diagnóstico sombrío, no todo está perdido. La defensa del fotoperiodismo de calidad requiere acciones en múltiples frentes:

  1. Inversión editorial sostenida: Los medios deben reconocer que una imagen potente no es un gasto, sino una inversión en credibilidad y profundidad informativa.
  2. Formación y especialización: Los programas educativos deben fortalecer la formación en ética visual, narrativa fotográfica y análisis contextual, para que los futuros profesionales no se limiten a capturar escenas, sino a contar historias con significado.
  3. Modelos de negocio sostenibles: El fotoperiodismo necesita estructuras económicas que reconozcan el trabajo creativo y garantice que las imágenes se paguen, se acrediten y se preserven como archivos históricos.
  4. Transparencia y verificación: Frente a la proliferación de contenido visual manipulado, los medios deben implementar procesos claros para certificar y contextualizar cada imagen, informando al público sobre su origen, autoría y contexto.
  5. Promoción cultural: Festivales, exposiciones y premios deben reforzar su rol como espacios de reflexión crítica sobre la práctica, la estética y la ética del fotoperiodismo.

Conclusión: más allá de la nostalgia, una urgencia civil

Decir que “estamos perdiendo el fotoperiodismo de calidad” no es un reclamo nostálgico por una era pasada, sino una llamada de atención sobre la capacidad de nuestras sociedades para comprenderse y testimoniarse a sí mismas. El fotoperiodismo no es un ornamento del periodismo moderno, sino una disciplina que ha demostrado ser esencial para la comprensión visual de los hechos que nos moldean.

Si las imágenes que regalan sentido a nuestras historias desaparecen o se diluyen en un mar de ruido visual superficial, perdemos algo irreparable: la posibilidad de ver el mundo tal como es —con todas sus contradicciones, sufrimientos, dignidades y matices— y, con ello, la oportunidad de pensar, empatizar y actuar con mayor claridad.

La defensa del fotoperiodismo de calidad es, por tanto, un imperativo democrático, ético y cultural: una tarea colectiva que exige medios responsables, profesionales comprometidos y públicos conscientes de que las imágenes que eligen importan.

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