Durante más de dos décadas, el oso polar (Ursus maritimus) ha sido el rostro emblemático del calentamiento global. Documentales, campañas de sensibilización y titulares apocalípticos han retratado al gran plantígrado del Ártico como una especie condenada a desaparecer, casi desde el momento en que se detectó la pérdida acelerada de hielo marino. Sin embargo, los datos científicos más recientes revelan una imagen más compleja y matizada: no todos los osos polares están desapareciendo, algunos incluso muestran una sorprendente resiliencia, pero el contexto ecológico en el que se mueven sigue siendo profundamente amenazado por el cambio climático.
Un estudio reciente publicado en Scientific Reports ha captado la atención internacional al documentar que, en la región de Svalbard, donde el hielo marino se ha reducido más rápidamente que en cualquier otra parte del Ártico, los osos polares no solo no han perdido condición corporal, sino que mejoraron o mantuvieron su estado físico durante dos décadas (1995–2019) incluso en condiciones de deshielo acelerado.
Este resultado desafía algunas expectativas simplistas sobre la vulnerabilidad de la especie, pero es crucial entender qué significa —y qué no significa— este tipo de hallazgo.
El oso polar en la ciencia: más que una imagen icónica
1. Biología y hábitat
El oso polar es el mayor carnívoro terrestre del planeta y está adaptado para vivir en el Ártico, dependiendo del hielo marino para cazar principalmente focas, su principal fuente de alimento energético. Esta dependencia del hielo ha sido central en modelos que proyectan la dinámica poblacional de la especie conforme cambia el clima.
La base lógica de esos modelos es simple: menos hielo marino significa menos plataforma para cazar, lo que genera un déficit energético que debería traducirse en menor peso corporal, menores tasas de reproducción y, en última instancia, declive poblacional.
2. El papel del hielo marino
La capa de hielo marino del Ártico está disminuyendo año tras año debido al calentamiento global. Esta pérdida altera los patrones de caza, el desplazamiento y la disponibilidad de presas para los osos polares, y ha sido documentada por décadas de observación satelital y de campo.
Sin embargo, aunque la tendencia del hielo es clara, la respuesta de la biología animal no siempre sigue una curva simple de decremento lineal. Varias subpoblaciones de osos polares responden de manera diferente, dependiendo de factores locales como disponibilidad de presas alternativas, esfuerzos de conservación, protección legal y estrategias de alimentación flexibles.
¿Contradicciones reales o interpretaciones sesgadas?
El estudio en Svalbard, que muestra osos polares con estados corporales estables o en mejora en las últimas décadas, ha sido interpretado por algunos como evidencia de que la amenaza de extinción está exagerada. Pero este tipo de conclusión requiere un análisis crítico y contextualizado.
1. ¿Significa que los osos polares no están amenazados?
No. La respuesta observada en Svalbard es probablemente el resultado de una combinación de factores ecológicos y ambientales específicos de esa región:
– Dieta diversificada: En ausencia de hielo constante, algunos osos han ampliado su dieta hacia presas terrestres como renos, aves, huevos y carroña disponibles localmente, lo que puede compensar parcialmente la menor disponibilidad de focas.
– Protección legal: Prohibiciones de caza desde la década de 1970 han permitido que muchas poblaciones se recuperen en número y condición desde niveles muy bajos registrados hace décadas.
– Modelos energéticos flexibles: Los osos polares son especialistas adaptables energéticamente: pueden acumular hasta 70 % de su energía anual en unos pocos meses y soportar largos periodos de ayuno sin morir inmediatamente por inanición.
Estos factores ayudan a explicar el aparente “contraste” entre las predicciones más pesimistas y los datos observados en determinados grupos locales.
2. ¿Cuán generalizables son estos resultados?
Muy poco, según los expertos. No todas las subpoblaciones experimentan condiciones ambientales ni dinámicas de presas semejantes a las de Svalbard. Informes recientes de organizaciones como Polar Bears International y el Polar Bear Specialist Group (PBSG) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) muestran que hay al menos 19 subpoblaciones en el Ártico, con tendencias dispares: algunas están estables, otras en declive, y varias con datos insuficientes para un juicio claro.
Además, múltiples estudios genéticos recientes han detectado mecanismos de adaptación evolutiva en ciertas poblaciones, como los cambios en la actividad de elementos transponibles (“jumping genes”) que podrían modificar la expresión genética en respuesta al estrés térmico y a dietas distintas.
Este tipo de evidencia es fascinante desde una perspectiva biológica, pero no contradice la amenaza general del cambio climático ni sustituye el análisis de tendencias poblacionales a gran escala.
Evidencia global: ¿Qué muestran las proyecciones seriamente revisadas?
1. Estado actual de las poblaciones
Según estimaciones aceptadas por la comunidad científica, existen hoy aproximadamente 26 000 osos polares en todo el mundo, con el mayor número en Canadá —hogar de alrededor de dos tercios de la población total— y subpoblaciones en Rusia, Groenlandia, Noruega y Estados Unidos.
Las proyecciones climáticas basadas en múltiples escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero indican que, si el calentamiento continúa sin mitigación significativa, muchas subpoblaciones de osos polares enfrentarán disminuciones marcadas antes de 2050, con posibles extinciones locales o funcionales para fines de siglo. Estas proyecciones están basadas en modelos integrados de hielo marino, tendencias demográficas y procesos reproductivos.
2. Riesgo de extinción vs. resiliencia local
La evidencia científica distingue entre “riesgo de extinción” a nivel global y fluctuaciones locales o regionales. Un oso polar en buena condición física en Svalbard no elimina la realidad de otras regiones donde la pérdida de hielo afecta seriamente la capacidad de caza, reproducción y supervivencia de los individuos.
La flexibilidad dietaria observada en algunos estudios no garantiza que todos los osos puedan hacer ese cambio exitosamente —mucho menos a la escala global y en un tiempo compatible con la velocidad del calentamiento proyectado.
3. Investigación genética: ¿adaptación o ilusión de seguridad?
Los estudios que han encontrado actividad elevada de “jumping genes” y otros cambios genéticos en poblaciones de Groenlandia sugieren que ciertos grupos podrían estar desarrollando respuestas adaptativas al ambiente cálido.
Sin embargo, es fundamental comprender que estas adaptaciones son probablemente insuficientes o demasiado lentas para compensar por completo la pérdida de hábitat si no se frena el calentamiento global. Los expertos enfatizan que, aunque estos resultados aportan esperanza desde una perspectiva evolutiva, no reemplazan la necesidad urgente de reducir emisiones y proteger el hábitat ártico.
Periodismo responsable: entre datos y narrativa
El reciente reportaje de Libertad Digital titulado “El oso polar negacionista: crónica de una extinción que se niega a ocurrir” pone de manifiesto una tensión real en la comunicación científica: la narrativa dramática puede chocar con resultados empíricos más complejos.
Pero es importante distinguir entre:
- Interpretaciones sesgadas o simplistas, que pueden presentar resultados parciales como refutaciones totales del cambio climático o de los riesgos asociados a él,
y - Comunicación científica rigurosa, que integra múltiples líneas de evidencia, reconoce incertidumbres y evita extrapolaciones injustificadas.
En el caso de los osos polares, los datos disponibles indican que:
- El calentamiento global reduce el hielo marino, afectando el hábitat clave de los osos polares.
- La respuesta de los osos varía según región, dieta y contexto ecológico.
- Algunos grupos muestran señales de adaptación o resiliencia, pero eso no invalida los riesgos proyectados de declive global a largo plazo si no se mitiga el cambio climático.
Conclusión: una realidad compleja frente a una narrativa simplista
El oso polar sigue siendo un indicador valioso —aunque no infalible— del impacto del cambio climático en ecosistemas frágiles. Los resultados recientes, lejos de anular las preocupaciones sobre su futuro, refuerzan la necesidad de un análisis más sofisticado que integre datos ecológicos, genéticos, demográficos y climáticos.
La imagen de un oso famélico sobre un témpano que se derrite puede ser poderosa, pero la ciencia nos muestra que la realidad es más intrincada: algunos osos polares están sobreviviendo y adaptándose, mientras que otros enfrentan presiones crecientes; la condición corporal puede mantenerse en algunos casos, pero el riesgo a largo plazo no ha desaparecido.
El mensaje para la sociedad y los responsables políticos es claro: la conservación de la especie exige más y mejor ciencia, políticas climáticas ambiciosas y una gestión de hábitats basada en evidencia sólida. Ignorar datos relevantes o construir relatos que distorsionen tendencias reales no ayuda ni a los osos ni a la comprensión pública de los desafíos ambientales globales.
