Cuando ganar elecciones no significa necesariamente ganar el futuro

Hay dirigentes que gobiernan clubes y otros que gobiernan relatos. Joan Laporta pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. Su reciente reelección al frente del FC Barcelona no solo confirma su dominio institucional, sino que evidencia algo más profundo: la consolidación de una forma de entender el poder en el fútbol donde la percepción importa más que los hechos y donde la construcción del enemigo resulta tan decisiva como la gestión propia.

El resultado electoral no admite matices. Laporta ha arrasado con un 68% de los votos, ampliando incluso su ventaja respecto a 2021 y prolongando su mandato hasta 2031. Lo ha hecho en un contexto complejo, marcado por tensiones económicas, decisiones controvertidas y un entorno mediático cada vez más polarizado. Y, sin embargo, ha vuelto a imponerse con una claridad que obliga a preguntarse no tanto por qué gana, sino por qué sigue ganando.

La explicación más evidente es también la más incómoda: Laporta ha logrado instalar una narrativa en la que él no es un gestor sometido a escrutinio, sino el guardián de una identidad. Esa transformación simbólica convierte cualquier crítica en una agresión externa y cualquier error en un sacrificio necesario. No es casual que su figura se haya reforzado en paralelo a la idea de que el club vive bajo amenaza permanente, ya sea institucional, mediática o arbitral. En ese marco, el presidente deja de ser evaluado por resultados tangibles y pasa a ser juzgado por su capacidad para resistir.

El artículo que inspira esta reflexión apunta precisamente a ese mecanismo: la habilidad de Laporta para moldear el relato hasta convertir lo discutible en incuestionable. Se sugiere que, durante la campaña, logró convencer a una parte significativa del entorno de que determinadas polémicas —como el caso Negreira— podían reinterpretarse como prácticas generalizadas o incluso como ataques interesados desde fuera. No se trata tanto de negar los hechos como de diluirlos en una narrativa más amplia donde la responsabilidad se dispersa.

Este tipo de estrategia no es nueva en la política, pero sí resulta especialmente eficaz en el fútbol, un terreno donde la emoción y la identidad pesan más que la lógica. Laporta lo entiende mejor que nadie. Su discurso no busca convencer desde la racionalidad, sino desde la pertenencia. No apela a datos, sino a sentimientos. Y en ese terreno, la oposición tiene poco margen.

Porque el problema de sus adversarios no ha sido solo la falta de propuestas sólidas, sino su incapacidad para disputar el marco mental en el que se desarrolla el debate. Víctor Font, su principal rival, ha insistido en argumentos de gestión, transparencia o planificación, pero ha sido incapaz de contrarrestar la narrativa emocional del laportismo. En un club donde la historia pesa tanto como el presente, eso equivale a jugar en desventaja.

Mientras tanto, los resultados deportivos han actuado como un amortiguador eficaz. Bajo la actual directiva, el Barcelona ha sumado títulos nacionales relevantes en los últimos años, lo que ha permitido reforzar la sensación de que, pese a todo, el rumbo es correcto. En el fútbol, ganar no solo legitima, también silencia. Y Laporta ha sabido aprovechar ese margen para consolidar su posición.

Sin embargo, conviene no confundir estabilidad electoral con estabilidad estructural. El club sigue enfrentando desafíos significativos, especialmente en el ámbito financiero y en la gestión de su modelo deportivo. La promesa de “los mejores años” entre 2026 y 2031, reiterada por el propio presidente, se apoya en proyectos como la finalización del nuevo Camp Nou y la consolidación del equipo bajo la dirección de Hansi Flick. Son objetivos ambiciosos que requieren algo más que narrativa: exigen ejecución.

Ahí es donde emerge la gran incógnita. Porque si bien Laporta ha demostrado una capacidad extraordinaria para ganar elecciones, su gestión sigue siendo objeto de debate. Las llamadas “palancas” financieras, las decisiones en el mercado de fichajes o las tensiones internas han generado críticas que, aunque no han tenido impacto electoral, siguen presentes. La cuestión es si esa desconexión entre percepción y realidad puede sostenerse indefinidamente.

El riesgo de este modelo es evidente. Cuando el liderazgo se basa en la construcción de un relato dominante, la tentación de priorizar la imagen sobre la sustancia se vuelve constante. Y en un entorno tan exigente como el del fútbol de élite, esa deriva puede tener consecuencias a medio plazo. La historia reciente del propio Barcelona ofrece ejemplos claros de cómo la autocomplacencia puede desembocar en crisis profundas.

Además, la consolidación del laportismo como corriente hegemónica plantea un problema adicional: la ausencia de una oposición real. Las elecciones han demostrado que, hoy por hoy, no existe una alternativa capaz de competir en igualdad de condiciones. Eso puede generar una sensación de estabilidad, pero también reduce los incentivos para la autocrítica y la mejora continua.

En este sentido, resulta especialmente significativa la idea, sugerida con ironía en el artículo original, de que incluso desde el entorno rival podría existir un cierto interés en la continuidad de Laporta. Más allá de la exageración, la reflexión apunta a un aspecto clave: la previsibilidad. Con Laporta, se sabe qué esperar. Y en el fútbol, como en la política, la previsibilidad puede ser tanto una fortaleza como una debilidad.

Porque lo previsible no siempre es sinónimo de eficaz. A veces, simplemente implica la repetición de patrones ya conocidos, con sus aciertos y sus errores. Y en un contexto cada vez más competitivo, donde los grandes clubes europeos evolucionan constantemente, la capacidad de adaptación se convierte en un factor decisivo.

Laporta ha construido su liderazgo sobre la base de la resistencia y la identidad. Ha sabido conectar con una parte importante del barcelonismo que valora más la defensa del club frente a amenazas externas que la autocrítica interna. Esa conexión explica su éxito electoral, pero también delimita su margen de maniobra. Gobernar desde la épica tiene un coste: obliga a mantener permanentemente la tensión narrativa.

La pregunta, por tanto, no es si Laporta seguirá ganando elecciones. Todo indica que su dominio institucional está lejos de agotarse. La cuestión es si ese dominio será suficiente para garantizar la competitividad del club en el largo plazo. Porque, al final, el fútbol tiene una forma implacable de ajustar cuentas: el rendimiento deportivo y la sostenibilidad económica acaban imponiéndose a cualquier relato.

En ese equilibrio entre narrativa y realidad se jugará el futuro del Barcelona. Laporta ha demostrado que sabe ganar el presente. Ahora debe demostrar que también sabe construir el futuro. Y esa es una tarea mucho más compleja, porque ya no depende solo de lo que se dice, sino de lo que se hace.

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