Dolly Van Doll, vedette, empresaria y pionera transgénero que marcó buena parte de la escena musical y nocturna de la ciudad en la década de 1970, murió en octubre de 2025 en Barcelona a los 87 años. Su fallecimiento, tras un derrame cerebral, marca el fin de un arco vital tan vibrante como solitario y simboliza un capítulo poco contado de la cultura popular española: el de las artistas trans que pavimentaron un camino escarpado en una Europa todavía hostil para la diversidad de género.

Infancia y primeros años: de Turín al corazón europeo

Nacida en Turín en 1938 como Carlo Ángelo, Dolly Van Doll sintió desde la infancia que su identidad de género no correspondía con el cuerpo en el que nació. Ya a los diez años confesó a su madre que deseaba ser mujer, en un contexto social profundamente conservador y hostil. La falta de apoyo familiar —especialmente de un padre biológico ausente y un padre sustituto indiferente— marcó su juventud con amargura y una necesidad de fingir que la llevaba a ocultar su verdadero yo durante años.

El mundo del espectáculo, con sus luces, disfraces y escenarios transgresores, fue su salvavidas. Después de trabajar como botones en hoteles —donde ya llamaba la atención por su belleza— se decidió por el cabaret en Alemania y, posteriormente, en París, donde actuaba con el nombre de Carla Follis y debió enfrentar extenuantes exigencias de actuación.

En medio de esta travesía vital, Dolly pronunció una de las frases que mejor resumen su lucha interior: “Mi naturaleza ha sido un error absoluto. Yo he nacido con piel de mujer, con formas de mujer, con espíritu y ademanes de mujer aunque tenga atributos masculinos, mis genitales”. Esta declaración, desgarradora pero profunda, refleja las contradicciones a las que muchas personas trans deben enfrentarse en sociedades que no comprenden la disforia de género.

El hito de Casablanca: una pionera entre pioneras

En 1964 Dolly tomó una decisión que sería emblemática para las generaciones siguientes: se sometió a una operación de reasignación de sexo en Casablanca. En aquellos años, las intervenciones de este tipo eran excepcionalmente raras y arriesgadas; el hecho de acceder a una cirugía en una ciudad africana donde cierta discreción era posible, subraya no sólo su determinación personal sino también la escasa disponibilidad de recursos médicos para personas trans en Europa occidental en esa época.

Este paso crucial la colocó entre las primeras artistas trans que formalizaron su identidad mediante intervención quirúrgica, años antes de que el activismo trans y la medicina especializada comenzaran a articularse con mayor fuerza. La elección de Casablanca, en lugar de centros europeos más convencionales, resalta las limitaciones y riesgos que muchas figuras pioneras debían asumir para vivir auténticamente.

Barcelona: la ciudad canalla y la corona nocturna

La vida artística de Dolly Van Doll vivió su apogeo tras su llegada a Barcelona en 1971. La capital catalana, con su escena nocturna más permisiva que la de ciudades como Madrid en esa época, se convirtió en su verdadero escenario. Los cabarets, music halls y espacios de espectáculos de la Barcelona de los años setenta eran territorio de transgresión y exploración artística, y Dolly encontró allí una audiencia dispuesta a admirar su estilo.

Lejos de limitarse a ser una simple intérprete, Dolly se hizo empresaria. Dirigió su propio espectáculo y fue parte integral de locales que se convirtieron en símbolos de una escena nocturna que mezclaba glamour con marginalidad. Su figura —al mismo tiempo desafiante y sofisticada— encarnó ese cruce entre lo popular y lo prohibido que fascinaba al público nocturno.

Según registros bibliográficos especializados, la música y cabaret de aquellas décadas representaron un territorio de ambigüedad y libertad donde muchas artistas trans encontraron expresión, aunque a menudo con precariedad y riesgo. Las biografías, memorias y estudios que recuperan este periodo muestran que Dolly Van Doll no fue un fenómeno aislado, sino parte de una galaxia cultural que incluía nombres como Violeta la Burra o Carmen de Mairena, a pesar de que muchas quedaran en el olvido por la invisibilización histórica.

Amores, biografía y humanización de una figura mítica

La vida amorosa de Dolly fue tan intensa como su carrera. En París, un aristócrata, el barón Jean Luc Vermont, se enamoró perdidamente de ella hasta descubrir su identidad trans. La propia Dolly le reveló su historia personal, lo que rompió la ilusión romántica del barón y expuso las tensiones íntimas de un amor que chocaba con las convenciones sociales de la época.

Tiempo después, en Alemania, Dolly se enamoró de un obrero de la factoría Siemens, quien abandonó la relación tras conocer su historia. Finalmente, en Barcelona, encontró la estabilidad sentimental junto a un empresario catalán, Fernando Vila, compañero con el que vivió hasta su muerte. Este relato amoroso ofrece una dimensión profundamente humana de una figura que, pese a su estatus icónico, luchaba con los mismos dilemas de afecto, vulnerabilidad y búsqueda de afecto que cualquier otra persona.

La artista también dejó un testimonio literario de su propia experiencia. Su biografía De niño a mujer, que parafrasea una conocida canción española, es un documento invaluable que ofrece una mirada íntima sobre su infancia, sus carencias afectivas y su constante búsqueda de identidad. En este texto, Dolly negaba categóricamente haber recurrido a la prostitución para sobrevivir, un estigma que muchas personas trans de su generación sufrieron por defecto, incluso cuando esto no correspondía con sus trayectorias reales.

Legado y memoria: ¿una estrella olvidada?

La muerte de Dolly Van Doll ha sido cubierta con honores en algunos medios, pero su figura aún requiere una reconstrucción histórica más amplia. Su importancia no radica únicamente en haber cambiado de sexo ni en su glamour sobre el escenario, sino en lo que su vida representa: una resistencia continua frente a esclusas sociales que excluían, estigmatizaban y, muchas veces, borraban a personas trans.

Esta invisibilización —que persiste en muchos casos— tiene nombre propio en otros episodios de la historia española. La muerte de la activista trans Sonia Rescalvo Zafra en 1991 a manos de neonazis en Barcelona es un ejemplo estremecedor de la violencia que enfrentó y aún enfrenta esta comunidad. Su asesinato marcó un antes y un después en la lucha contra la transfobia en España y recuerda que, detrás de la estética del cabaret, existían realidades de vulnerabilidad que muchas artistas y activistas afrontaron con valentía.

Hoy, el teatro social y la memoria cultural discuten con más intensidad estas historias, integrándolas en narrativas más amplias sobre derechos, identidad y dignidad. El legado de artistas como Dolly Van Doll se entiende mejor cuando se conecta con el proceso histórico que llevó a mayores espacios de visibilidad y reconocimiento para las personas trans en Europa y el mundo.

Entre luces y sombras

Dolly Van Doll fue mucho más que una vedette o una curiosidad artística de los años setenta. Fue una mujer que, en un contexto sociocultural adverso, desafió las normas de género, construyó una identidad auténtica y brilló con luz propia en la Barcelona canalla de su época. Su vida, con sus amores, éxitos y dificultades, es ahora un legado que merece ser recuperado, analizado y celebrado no sólo como un fenómeno artístico, sino como una historia humana de coraje, transformación y resistencia.

En su muerte, Barcelona pierde a una de sus figuras más singulares. Pero en su vida, el tiempo ganó una narración que hoy más que nunca invita a recordar que las historias de identidad trans no son fenómenos aislados, sino parte integral de las culturas urbanas europeas del siglo XX.

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