brujería en cataluña
Cuadro ‘Procés a la bruixa’ de Eduard Alcoy (1973).

Se’n parlave… i n’hi havie es una muestra que ilustra los resultados de la investigación sobre la brujería en el Pirineo de Lleida y Ponent realizada entre los años 2015 y 2017, que aborda la brujería como fenómeno social y científico. El estudio ha sido coordinado por el historiador Pau Castell, y ha contado con un equipo formado por antropólogos e investigadores de diferentes territorios. El Museo de Lleida expone ahora las conclusiones de este estudio, junto con documentación de la época y obras gráficas relacionadas con la persecución a unas mujeres que cayeron en desgracia tras ser acusadas por sus propios vecinos. La muestra puede visitarse hasta el próximo 2 de febrero.

De entre las principales conclusiones de esta investigación, se extrae que algunos de los primeros juicios europeos sobre brujería se celebraron en el Pirineo leridano, concretamente en las Valls d’Àneu y que las mujeres acusadas de brujería en Cataluña eran señaladas y perseguidas por sus vecinos, y no por la Inquisición, al contrario de lo que se creía hasta ahora. La fama de bruja se heredaba por vía materna y mientras que en el Pirineo la cacería de brujas era recurrente, en las comarcas del llano de Lleida era puntual.

Además, la investigación sitúa los últimos vestigios de brujería en los años 50 y, mientras que en el llano cuesta encontrar testigos vivos que recuerden alguna de sus prácticas, en el Pirineo todavía hay gente que cree e incluso evita hablar de ello por miedo. La exposición combina las dos vertientes que ha abordado la investigación: la histórica y la etnológica. Así, por ejemplo, se pueden escuchar diferentes audios, entre ellos los de personas que han vivido el fenómeno de la brujería en primera persona. También se pueden encontrar objetos que se han utilizado para protegerse como amuletos. También se muestran documentos históricos y material que ilustra las diferentes conclusiones a las cual ha llegado la investigación.

El Pirineo, cuna europea de la caza de brujas

“El Pirineo es uno de los epicentros de la caza de brujas en Europa”, así de contundente se muestra Pau Castell a la hora de explicar la importancia de esta investigación, puesto que en Cataluña es donde se aprueba la primera ley contra la brujería de Europa. Y dentro del territorio catalán, el principal foco de caza de brujas es el Pirineo y las Terres de Ponent. Es por eso, que la exposición inauguró su itinerario en el Ecomuseu de Esterri d’Àneu, acto con fuerte carga simbólica, porque una de las conclusiones que arroja la investigación es que las Valls d’Àneu forman parte de la llamada cuna europea de la ‘caza de brujas’. En esta zona del Pirineo catalán están documentados algunos de los primeros juicios por brujería de Europa.

Por eso, las Terres de Lleida y el Aran son un espacio privilegiado para el estudio de la brujería y la cacería en época medieval y moderna. En los últimos años, la investigación histórica ha puesto de relevancia la importancia de este territorio como lugar de origen de un fenómeno que arranca durante la Baja Edad Media y que se extiende hasta fechas sorprendentemente próximas: la creencia en la acción maléfica de brujas y brujos sobre personas, animales y cultivos.

Entre la documentación que se puede consultar en la exposición destaca un fragmento del Llibre d’Ordinacions de las Valls d’Àneu, compilado en 1424, el texto jurídico catalán más antiguo que hace referencia al ‘delito de la brujería’. En este documento, se corrobora que les Valls d’Àneu y el Pirineo habrían sido el escenario de la primera condena legal del crimen de brujería en el ámbito europeo, así como de las primeras persecuciones de brujas y brujos a inicios del S.XV.

En Cataluña la brujería es cosa de mujeres y ‘la fama de bruja’ se hereda

Otra de las conclusiones que revela la investigación es que la brujería en Cataluña está estrechamente relacionada con el género femenino. Así, en la misma época (S.XV) mientras que, por ejemplo, en Suiza la mayoría de los condenados eran hombres, en Cataluña el 90% eran mujeres. En cifras globales, en Europa el 80% de personas acusadas de brujería fueron mujeres. De hecho, Cataluña se encuentra entre los lugares donde hubo más persecución, junto con Alemania, Países Bajos o Suiza. No obstante, en otros territorios del Estado español, como Aragón o Navarra, también hubo mujeres condenadas y ahorcadas. Hay que contextualizar estas acusaciones dentro de un sistema patriarcal y misógino, que asociaba especialmente a las mujeres con un crimen “contra Dios y la sociedad”.

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Tortura a una madre y su hija durante un juicio por brujería en Mellingen en el año 1577. Johan Jacob Wick, Wickiana, Zúrich, 1560-1588. Zentralbibliothek Zurich.

Diferencias entre el llano y la montaña

En la investigación se diferencian claramente dos zonas: por un lado, el Pirineo (Pallars, Alt Urgell, Aran y Andorra), donde la brujería está mucho más presente y aparece en la documentación histórica, como en los juicios por brujería de los siglos XV, XVI y XVII. La otra zona que se aborda es el llano de Lleida o Ponent, donde cuesta encontrar testimonios (orales o documentales) que recuerden lo sucedido. De hecho, este fue uno de los problemas con el que se encontraron los investigadores. En cambio, en la montaña los técnicos dieron con personas que todavía hoy creen y, además, con gente que no quiso hablar abiertamente de ello por miedo a la mala suerte.

En este sentido, en el Pirineo las cacerías de brujas fueron un fenómeno endémico y recurrente; cada 20 ó 30 años se celebraban persecuciones masivas que se traducían en la detención y condena de mujeres. En las comarcas del llano, en cambio, este fue un fenómeno más epidémico, es decir, existieron momentos puntuales de mujeres condenadas vinculadas a episodios de mortandades y epidemias, o a la actuación de cazadores de brujas ‘profesionales’. Además, las mujeres condenadas en esta zona eran mujeres que a menudo habían llegado de la montaña, huyendo de la represión.

No obstante, las comarcas del llano (en concreto la Noguera) son el lugar donde Cosme Soler, uno de los cazadores de brujas más conocidos de la época, desarrolló su actividad profesional. “Se hizo famoso a principios del siglo XVII porque se decía que él conocía a las brujas, los frotaba la espalda con agua bendita y las identificaba. Ahorcaron a unas veinte mujeres señaladas por este individuo” explica Castell. En la exposición se puede consultar documentación relacionada con este personaje.

Cuanto más autonomía judicial en un territorio, más brujería

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Amuleto de protección fabricado a partir de una pata de tejón (S.XIX).

La investigación desmiente la creencia extendida de vincular brujería a Inquisición. De hecho, en territorios donde la Inquisición tuvo un control muy directo de la población, la brujería era casi inexistente. Por ejemplo, en aquellos reinos de la Monarquía Hispánica donde la Inquisición tenía un peso importante, como en la Corona de Castilla, no se detectan mujeres condenadas por brujería. En Cataluña, en cambio, la Inquisición estaba menos arraigada y el poder real de este tribunal era mucho menor. Esta coyuntura dotaba de más poder a los tribunales locales y a las baronías, auténticos responsables de las cacerías, utilizando procedimientos de excepción para conseguir confesiones autoinculpatorias que justificaran las sentencias de muerte.

Los tribunales civiles eran los que condenaban a las brujas, no los eclesiásticos

Según el estudio elaborado por Pau Castell y su colaboradores, las acusaciones de brujería surgían de la voz popular, no de la Inquisición. Los denunciantes o delatores solían ser vecinos y/o vecinas que en contextos de desgracias, muertes de niños, ganado, plagas o catástrofes instaban a los poderes locales (alcaldes, agentes señoriales, consejos aldeanos, etc.) a que actuaran y éstos acababan condenando a las acusadas por la presión popular. Por lo tanto, la condena por brujería siempre se resolvía a nivel local. De hecho, se daba el caso que cuando la mujer apelaba y se iba de la localidad, acababa siendo absuelta por los tribunales de la Inquisición.

Los ‘desafueros’ o estados de excepción: el exilio de las acusadas

La investigación destaca también la existencia de los llamados ‘desafueros’, lo que hoy llamaríamos ‘estado de excepción’. En estos casos, la población se ponía de acuerdo con el Señor de la zona para suspender temporalmente la legalidad vigente y renunciar a las garantías previstas en la ley para facilitar la acción de la justicia. Solo con el hecho de tener el indicio que una mujer era sospechosa de ser bruja, se otorgaba el derecho a los tribunales locales de poder condenarla. Por este motivo, muchas mujeres señaladas se exiliaban buscando protección -a menudo y paradójicamente- prestada por la Inquisición.

La ‘fama de bruja’, clave en la mecánica de la cacería

Había mujeres que por determinadas razones tenían ‘fama de bruja’, a menudo ligada a su comportamiento. Eran mujeres muchas veces vinculadas al mundo de la curación y la terapéutica. Ejercían prácticas que mezclaban curas y magia, por eso eran vistas con recelo por parte de sus vecinos. En este sentido, debemos situarnos en un contexto en el que la iglesia las llevaba tildando de ‘aliadas del diablo’ desde hacía siglos y, a su vez, los médicos recién titulados (solamente los hombres tenían derecho a estudiar en las universidades) desprestigiaban las prácticas mágico-curativas de estas mujeres.

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Miniatura procedente de un ejemplar iluminado de la obra de Martin LeFranc, Le Champion des Damas, c.1440.

Por otro lado, la ‘fama de bruja’ se transmitía por vía femenina: la madre o la abuela ya habían sido acusadas y/o incluso ejecutadas. Esta ‘fama’, de hecho, llegó hasta bien entrado el siglo XX. Hoy en día todavía hay casas en las que se sabe que fueron habitadas por brujas. Dos de los ejemplos que se citan a la exposición son los de la Casa Rugall de Montrós (Pallars Jussà), donde a principios del siglo XX vivió una mujer que fue acusada de bruja o la Casa Tomás de Andorra, entre otras.

Embrujar y desembrujar, atar y desatar

A estas mujeres vinculadas a prácticas medicinales (hoy las llamaríamos curanderas), los vecinos las acusaban de haber hecho enfermar a sus hijos o el ganado. Bajo esta acusación se las obligaba a deshacer el hechizo bajo la máxima “tú lo has enfermado y tú lo curarás, si no lo haces hablaré mal de ti”. Si conseguían curar al o los afectados se consideraba confirmada la brujería. No dejaba de ser una trampa para ‘cazarlas’. Acto seguido ya se las podía acusar de embrujar y desembruja. De atar y desatar.

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