Brigitte Bardot ha muerto de verdad. Y con ella muere algo más que una actriz, una belleza legendaria o un icono pop: muere una forma de entender la libertad femenina que hoy resulta profundamente incómoda. Muere un escándalo que ya no sabemos digerir. Muere, quizá, la inocencia de creer que el deseo puede vivirse sin pedir permiso.

Se ha dicho todo —o casi todo— sobre su belleza espectacular y turbulenta, una belleza que no se dejaba reducir a la pasividad decorativa. Bardot no era solo mirada; era presencia. No era solo cuerpo; era desafío. No es casual que su figura provocara el interés de una Simone de Beauvoir, que vio en ella una encarnación contradictoria de la condición femenina moderna. Ni que despertara la obsesión creativa de Serge Gainsbourg, para quien conquistar a Bardot no era simplemente seducir a una mujer hermosa, sino escalar el Everest del erotismo a pulmón libre, armado únicamente con inteligencia, talento y una insolencia lúcida.

Pero la muerte de Bardot nos obliga a ir más allá del mito. Porque una vez desaparecida la persona, lo que queda es el juicio. Y ahí es donde la figura de Bardot se vuelve explosiva. Si Brigitte Bardot intentara hoy ser Brigitte Bardot partiendo de cero, no pasaría el filtro de buena parte del feminismo hegemónico actual, ese que ha cambiado la emancipación por la fiscalización moral. Sería señalada como colaboradora del patriarcado, como reproductora de estereotipos, como mujer equivocada.

Recuerdo haber formulado una pregunta sencilla —demasiado sencilla, quizá— a una representante de ese feminismo: aquellas portadas míticas de Interviú, donde aparecieron los primeros desnudos femeninos tras la larga noche del franquismo, ¿eran liberadoras o degradantes? La pregunta sigue sin respuesta. No por falta de argumentos, sino porque admitir la ambivalencia resulta inaceptable para una doctrina que necesita categorías cerradas. O víctima o empoderada. O sometida o consciente. Bardot, como aquellas mujeres, fue todo a la vez. Y eso es precisamente lo que no se le perdona.

Cuando alguien alcanza la condición de icono sexual absoluto, resulta imposible trazar una línea clara entre libertad y cosificación. Pero tal vez el error esté en exigir esa línea. El sexo —conviene decirlo sin eufemismos— es poder. Poder que circula. Poder que se ofrece y se reclama. Hay quien lo desea porque hay quien lo encarna. A veces ese poder se ejerce bajo coacción; otras veces mediante incentivos; otras, desde el goce más elemental. El deseo puede ser depredador, sí. Pero también puede ser moneda de intercambio, capital simbólico, herramienta de negociación. Criminalizarlo no lo hace desaparecer; solo lo vuelve hipócrita.

Brigitte Bardot fue, al mismo tiempo, objeto y sujeto del deseo. Fue explotada por una industria voraz, pero también supo utilizar esa explotación para vivir como quiso durante un tiempo que hoy nos parecería inconcebible. No fue ingenua. Fue consciente. Y fue, en ese sentido, peligrosamente libre. Peligrosamente, porque la libertad real nunca es cómoda ni ejemplar.

Yo me quedo siempre con una idea tan simple que hoy parece subversiva: que la gente haga lo que le dé la gana, con el único límite de no perjudicar a los demás. Bardot fue esclava de su belleza y dueña de ella al mismo tiempo. Toda forma de poder implica un precio. Pero la impresión que deja su vida —con todas sus sombras— es que fue mucho más libre que la mayoría. Más libre que muchas mujeres actuales atrapadas en un discurso que les dice qué desear, cómo mostrarse y cuándo callar.

Fue, sin duda, un icono de una época en la que estimular el deseo masculino parecía el punto culminante del poder femenino, eclipsando otros tipos de influencia. A eso se refería Simone de Beauvoir cuando, mientras elogiaba su audacia y su hedonismo, recordaba que todo eso se producía dentro de las reglas de la deseabilidad heteropatriarcal. Beauvoir tenía razón. Pero la razón no agota la realidad. Porque esas reglas no se evaporan por denunciarlas, ni se disuelven bajo consignas.

El deseo es una de las fuerzas más desiguales y menos redistribuibles que existen. No es justo, no es simétrico, no es democrático. Y no pierde intensidad porque se le declare culpable. No existe una sociedad donde el deseo —masculino, femenino, no binario, da igual— pueda ser sometido a la corrección política sin consecuencias autoritarias. Si alguna vez se logra, no será una utopía: será una distopía con lenguaje inclusivo.

Por eso resulta legítimo —aunque escandalice— señalar las similitudes entre la Sección Femenina del franquismo y ciertos ministerios contemporáneos de Igualdad. Ambas estructuras comparten una pulsión normativa: decirle a la mujer cómo debe ser, cómo debe comportarse, qué debe desear y qué debe rechazar. Ambas desconfían profundamente de la mujer que decide por sí misma sin ajustarse al catecismo del momento. Bardot fue exactamente eso: una mujer que quiso gustar, que disfrutó gustando y que no pidió perdón por ello.

No fue un modelo moral. No fue una heroína política. No fue una santa. Y pretender convertirla en cualquiera de esas cosas es traicionarla. Pero demonizarla también lo es. Porque Bardot representó algo que hoy se intenta borrar: la posibilidad de una libertad femenina imperfecta, contradictoria y carnal. Una libertad que no necesita ser pedagógica ni ejemplar para ser real.

Que su muerte se haya conocido en el Día de los Inocentes subraya una ironía amarga: ya no somos inocentes frente a lo que Bardot encarnó. Hemos aprendido a desconfiar del deseo, a moralizar el cuerpo, a vigilar la libertad ajena con un celo que antes reservábamos a la religión. Bardot no encaja en ese mundo. Por eso resulta más fácil enterrarla simbólicamente que pensarla.

Pero ha muerto de verdad. Y con su muerte se cierra definitivamente una época en la que una mujer podía aspirar, sencillamente, a hacer lo que le daba la gana. Sin comités. Sin ministerios. Sin manuales de conducta. Soñar con eso —con ser inocente y libre— sigue siendo, hoy más que nunca, un acto profundamente subversivo.

alejandra maller

Alejandra Maller

Periodista en Revista Rambla | Web |  Otros artículos del autor

Periodista y catalana.

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