En la historia del deporte moderno hay trayectorias que trascienden la competición. No por la magnitud de los títulos, sino por la brutalidad con la que fueron anuladas. La de Alfred y Gustav Flatow es una de ellas. Campeones olímpicos, arquitectos del desarrollo de la gimnasia alemana y referentes institucionales durante décadas, terminaron sus días como prisioneros del Tercer Reich. Eran judíos. Y eso bastó para que su legado fuese silenciado durante generaciones.
DOS PRIMOS, UNA MISMA PASIÓN
Alfred Flatow nació en 1869 en Danzig, entonces parte de la Antigua Prusia y hoy conocida como Gdansk, en Polonia. Seis años más tarde, en 1875, lo hacía su primo Gustav Felix Flatow en Berent, la actual Koscierzyna. Ambos crecieron en un contexto marcado por la consolidación del Imperio alemán y por el auge de la gimnasia como disciplina identitaria, profundamente vinculada al nacionalismo germano desde el siglo XIX.
Desde niños, Alfred y Gustav mostraron una inclinación poco común por la gimnasia. No era solo talento: era obsesión, constancia, disciplina. Pasaban horas entrenando en aparatos que, por entonces, estaban lejos de los estándares técnicos actuales. Aun así, destacaron pronto en competiciones regionales y nacionales, hasta convertirse en los mejores gimnastas de Alemania en la última década del siglo.
Cuando comenzó a tomar forma un proyecto tan ambicioso como inédito —la recuperación de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad adaptados a la era moderna—, los Flatow ya eran nombres imprescindibles para la federación alemana. Atenas 1896 estaba llamada a ser un acontecimiento fundacional. Alemania no podía prescindir de sus mejores exponentes.
ATENAS 1896: EL NACIMIENTO DE LOS HÉROES
Los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna reunieron a 239 deportistas de 14 países. El evento aún carecía de muchas de las estructuras actuales, pero ya se respiraba un aire de trascendencia histórica. En ese escenario primitivo, Alfred y Gustav Flatow brillaron con una intensidad inesperada incluso para los más optimistas.
Alfred Flatow se convirtió en una de las grandes figuras de los Juegos. Ganó el oro en barras paralelas en la categoría individual y la plata en barra fija individual. Además, fue parte fundamental de dos oros por equipos: barras paralelas y barra fija. Gustav, aunque con menor protagonismo individual, fue clave en esos triunfos colectivos.
Entre ambos sumaron cinco medallas de oro y una de plata, una contribución decisiva para que Alemania terminara el medallero con 13 preseas (6 oros, 5 platas y 2 bronces). Casi la mitad del botín alemán llevaba el apellido Flatow.
El regreso a casa fue triunfal. Los primos fueron recibidos como héroes nacionales, homenajeados en actos públicos y celebrados por la prensa. Representaban el ideal del deportista alemán: fuerte, disciplinado, exitoso. En un país necesitado de símbolos de grandeza, los Flatow eran el ejemplo perfecto.
MÁS ALLÁ DE LA COMPETICIÓN
Gustav Flatow aún tendría una segunda experiencia olímpica en París 1900, aunque sin medallas. Para entonces, ambos entendían que su papel en el deporte alemán iba más allá de la competición. Se dedicaron a entrenar, dirigir y formar nuevas generaciones de gimnastas.
Su influencia fue profunda. Contribuyeron decisivamente a que Alemania se consolidara como una potencia mundial en gimnasia artística durante las primeras décadas del siglo XX. Ocupaban cargos de responsabilidad, participaban en la estructura organizativa del deporte y llegaron incluso al Comité Olímpico Alemán.
Paralelamente, desarrollaron negocios exitosos en Berlín, especialmente en el sector textil. Eran hombres integrados, respetados, económicamente estables. Su condición judía, aunque conocida, no parecía un obstáculo en la Alemania imperial y posteriormente republicana.
La Primera Guerra Mundial supuso una interrupción forzosa. Gustav sirvió como reservista en el Ejército alemán (Landsturm), cumpliendo con su deber militar como tantos otros ciudadanos. Nada hacía presagiar entonces el destino que les aguardaba.
1933: EL FIN DE UNA VIDA PÚBLICA
Todo cambió con la llegada del Partido Nazi al poder en 1933. El antisemitismo dejó de ser un prejuicio latente para convertirse en política de Estado. Los Flatow fueron expulsados de todas las actividades deportivas y apartados del Comité Olímpico. Sus nombres comenzaron a desaparecer de los registros oficiales.
Gustav, consciente del peligro, decidió huir a los Países Bajos. Alfred, en cambio, optó por quedarse. Confiaba en que su historia, su edad y su condición de héroe nacional lo protegieran. Era una ilusión compartida por muchos judíos alemanes asimilados, convencidos de que el régimen distinguiría entre “ellos” y los demás.
La realidad fue implacable. En 1938, tras los Juegos Olímpicos de Berlín —convertidos en una gigantesca operación propagandística del nazismo—, Alfred se vio obligado a abandonar Alemania y reunirse con su primo en el exilio.
EL EXILIO QUE NO FUE SALVACIÓN
La ocupación alemana de los Países Bajos en 1940 cerró la última vía de escape. Pronto comenzaron las deportaciones de judíos holandeses. Gustav recibió una exención para portar la estrella amarilla, un gesto simbólico en reconocimiento a sus logros olímpicos. Pero aquel privilegio no implicaba seguridad real.
En octubre de 1942, Alfred Flatow fue arrestado y deportado al gueto de Theresienstadt (Terezín). Tenía 73 años. Dos meses después, murió de inanición, como otros 35.000 judíos que perecieron en ese lugar, utilizado por los nazis como campo de tránsito y escaparate propagandístico.
Gustav fue arrestado a finales de 1943. Su detención generó protestas desde distintos ámbitos deportivos, tanto en Alemania como en los Países Bajos. Incluso Kurt Doerry, compañero suyo en el equipo olímpico de 1896, intercedió por él. Todas las gestiones fueron ignoradas.
En febrero de 1944, Gustav Flatow fue deportado a Theresienstadt. Murió allí en enero de 1945, a los 70 años, pocas semanas antes de la liberación del campo.
LA MEMORIA NEGADA
La historia de Alfred y Gustav Flatow es una prueba descarnada de la fragilidad del reconocimiento cuando se enfrenta al fanatismo. Fueron campeones olímpicos, formadores de generaciones, símbolos nacionales y servidores del Estado. Nada de eso importó cuando el régimen decidió que su origen anulaba cualquier mérito.
Durante décadas, sus nombres permanecieron ausentes de la memoria oficial del deporte alemán. No fue hasta finales del siglo XX cuando comenzaron los esfuerzos por recuperar su legado, colocar placas conmemorativas y devolverlos al lugar que les corresponde en la historia.
Su historia no es solo la de dos deportistas asesinados por el nazismo. Es también la de una sociedad que aplaudió, utilizó y luego abandonó a sus héroes. Un recordatorio incómodo de hasta qué punto el olvido puede ser una forma más de violencia.
Alfred y Gustav Flatow no murieron por falta de méritos. Murieron porque, desde el principio, estaban marcados. Y porque el régimen que un día los celebró decidió, sin titubeos, que ya no merecían existir.
Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.






