Elecciones, la tentación del abismo

Autor: Jean-Pierre Palacio

Ilustración: Ricardo Jurado

los socialistasSegún el tópico manido, las elecciones son “la fiesta de la democracia”. Será por eso y por querer mostrarse tan dicharacheros que los políticos españoles con aspiraciones de mando han vuelto a convocar elecciones generales, las cuartas en cuatro años. Ellos proclaman hacerlo a su pesar, ya que siempre obran “por el interés general”, sea cual sea su orientación ideológica. También es cierto que el fin del bipartidismo imposibilita las mayorías holgadas y que la poca costumbre de dialogar dificulta consensuar acuerdos. Ahora bien, se supone que las personas destinadas a dirigir el destino de un país en una época tan compleja como la actual (todas lo son) deberían guiarse por la racionalidad antes que por la satisfacción de sus egos desmedidos. Pero no es así, y su incapacidad de pactar un nuevo gobierno nos condena a volver a las urnas, las cuales conformaran un escenario político muy semejante al que nació el pasado 28 de abril. Entonces, ¿a qué viene ese teatro de simulacros que nos han ofrecido los líderes de PSOE y Podemos? Más que políticos avezados parecen alumnos poco aplicados de un cursillo de psicología patológica. En ocasiones, algunas personas víctimas de neurosis obsesiva sucumben a la tentación de precipitarse al vacío. Las pulsiones autodestructivas se potencian cuando se suman al vértigo de las alturas y la embriaguez de acabar de una vez por todas con los problemas, o de volver a empezar, impulsa el acto que no admite vuelta atrás. El salto hacia lo desconocido. Estas tendencias a autolesionarse, cuando no suicidas, pueden apoderarse de colectividades enteras y de organizaciones políticas o sociales, las cuales, en negación de cualquier lógica, se dejan llevar por una sucesión de decisiones, en apariencia meditadas, que las llevarán, en última instancia, a una situación diametralmente opuesta a la que pretendían alcanzar. La fracasada investidura de Pedro Sánchez, consecuencia del bloqueo de los contactos entre el PSOE y Unidas Podemos (UP), podría ser un buen ejemplo de esa tentación del abismo que merodea a veces alrededor de los partidos políticos. Una tentación adornada siempre con las mejores intenciones del mundo a modo de propaganda. La moción de censura del 31 de mayo de 2018 había permitido a Pedro Sánchez encabezar un gobierno socialista sin mayoría parlamentaria que duró 10 meses. Durante ese tiempo, la colaboración entre PSOE y Unidas Podemos había permitido, gracias al apoyo puntual de los nacionalistas vascos y catalanes, la aprobación de diversas medidas sociales después de enviar a la oposición a un Partido Popular carcomido por la corrupción. No sin dificultades, los dos partidos habían acordado un presupuesto, cuyo rechazo por la derecha y los independentistas catalanes había provocado la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones anticipadas. Los comicios del pasado 28 de abril dieron mayoría absoluta socialista en el Senado y una victoria relativa de la izquierda en el Congreso de los Diputados (123 escaños para los socialistas; 42 para Unidas Podemos; ERC, vencedora en Cataluña con 15 diputados, completaba el giro a la izquierda del conjunto de España con los cuatro electos de EH Bildu en el País Vasco). Estos resultados hacían prever que se lograría formar un gobierno de coalición, integrado por PSOE y UP, con el apoyo del PNV vasco y la abstención crítica de ERC. Pero los dirigentes de la supuesta coalición albergaban otras intenciones.

Deseada por los socialistas y considerada insuficiente por las confluencias de Podemos, la solución de un gobierno “a la portuguesa” (ejecutivo monocolor con apoyo parlamentario de fuerzas de izquierda) nunca se intentó llevar realmente a cabo. Como si se tratase de dos interlocutores sin posibilidad de verse las caras y entablar una comunicación auténtica, los contactos entre PSOE y UP se limitaron a formular a la prensa descalificaciones mutuas y a la filtración de documentos —a veces manipulados—a los medios de comunicación. La pretendida negociación se limitó a interpretar un diálogo de sordos. Mientras los socialistas menospreciaban a sus eventuales socios, acusándoles de no querer discutir de programas y de buscar tan sólo sillones ministeriales para armar un gobierno paralelo en el seno del ejecutivo, el grupo de Pablo Iglesias acusaba a Pedro Sánchez de tratarlos como si fueran títeres, recalcando que el rechazo de la coalición prefiguraba el incumplimiento, como tantas otras veces, de las medidas sociales prometidas. Unos y otros, en resumen, se comportaban como adversarios irreconciliables en un ambiente de crisis permanente que lastraba cualquier proyecto de legislatura. Tras la fracasada investidura de un nuevo gobierno en las esperpénticas sesiones parlamentarias de la última semana de julio, la amenaza de una repetición de las elecciones en el mes de noviembre se fue afianzando cada día más, por mucho que todas las formaciones implicadas lo negaran, mientras maniobraban —con la salvedad de PNV y ERC— para hacerlas inevitables.

Espoleado por los sondeos que vaticinan una subida de los socialistas y un retroceso de UP, coalición a la que la opinión pública responsabilizaría del fracaso de las negociaciones, el equipo de Sánchez cree que repetir elecciones le será muy favorable. Por su parte, y a pesar de sus divisiones internas, Podemos mantuvo hasta el último momento unas exigencias mínimas, como la de acceder a ministerios sociales dotados de presupuesto, convencido —al menos públicamente— de que los socialistas preferirían llegar a un acuerdo antes que someterse a la incertidumbre de las urnas. Y a pesar del paso atrás de Iglesias, que aceptó el veto socialista a su persona, la situación no se desencalló y la fecha límite del 23 de setiembre se hace cada día más apremiante.

A mediados de agosto, los socialistas confirmaron su rechazo definitivo al gobierno de coalición y, con actitud displicente, solo aceptaron reunirse con sus posibles socios a finales de mes. Para guardar las apariencias anunciaron la presentación, el 3 de setiembre, de un programa de gobierno susceptible de seducir, según ellos, a todos los progresistas, ¡a tres semanas de la disolución de las Cortes y después de haber dejado pasar cuatro meses! Previsible desde el primer cruce de reproches entre Sánchez e Iglesias, el salto al abismo se iba confirmando.

Ahora, frustrado ya el proceso de investidura de Sánchez, socialistas y podemitas se enfrentan a dos serios riesgos: uno es la abstención, que podría ser muy elevada debido al hartazgo de la población (en especial del electorado de izquierdas), y el otro la formación de una coalición de las tres derechas, posible sobre todo en el Senado. Pero ¿qué más da? Henchidos de testosterona, los dirigentes de ambas formaciones de izquierda, aunque digan que pretenden trabajar juntos, continúan entreteniendo al personal con su partida de póker. En los últimos tiempos, muchos políticos de la piel de toro parecen haberse aficionado a este juego de cartas. Resulta desolador.

Parece casi evidente que el PSOE no ha querido nunca formar un gobierno de coalición con un partido situado a su izquierda. Como tampoco lo acepta la Europa neoliberal defendida por el poder financiero y la élite tecnocrática de Bruselas. A las fuerzas de izquierda que quieran transformar las reglas de juego no se les puede dar ninguna oportunidad, como quedó patente en 2015 con el castigo ejemplar infligido a Grecia, cuando el gobierno de Syriza intentó oponerse a la asfixia económica que le exigía la Comisión Europea. En las próximas semanas, después de la caída definitiva de UP en la trampa tendida por el PSOE, asistiremos a una exaltación de los valores democráticos para hacer digerible la repetición de las elecciones. Una exaltación que no impedirá la acumulación de todas las triquiñuelas posibles con tal de no alterar el orden de quienes justifican el drama de los refugiados y los beneficios de la precariedad para todos. Un orden siempre al borde del abismo.

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