8 marzo, 2021

Elecciones catalanas 2021: El independentismo triste

Sabedor de mi naturaleza desordenada, cumplo con obediencia monacal dos rutinas de mínimos. Una de ellas es curiosear la librería de confianza cada mañana. La segunda, tomar el café en el mismo rincón del bar de Joan, un taiwanés que ya ni se esfuerza en sonreír desde la eclosión de la pandemia. Cuando todo va mal, el humo y la mentira son la pirotecnia más alabada en la oscuridad, y celebro que Joan no quiera falsearme nada.

El precio de mi peregrinaje matinal es la caminata. La filosofía del paseo, que decía el estadounidense Henry Thoreau. Una vía simple de acceso a los frutos del entorno. Solo hay que levantar la mirada y observar como todo aquello que creíamos entender se nos ha hecho escombro. Un ocaso funesto, silente, de persianas bajadas y de hombres y mujeres con la mirada interrogativa. Bien, dejemos que los opinadores a sueldo resuelvan el intríngulis de esta abulia colectiva.

Uno pasea y las calles parecen el día después de una gran fiesta. El tinte amarilleado de los lazos se ha desdibujado, como la estelada requemada del balcón, que ha perdido el brillo de antaño de tanto esperar. Las cazuelas que en otros tiempos repicaban enardecidas, restan tranquilas en los armarios bajos de las cocinas, hirviendo un poco de brócoli cuando procede. Mientras tanto, los Jordis siguen en prisión, los políticos en el exilio o encarcelados y los partidos que representan la causa se pelean por las migajas de esta desidia, empecinados en convencer al espectador que su partido es menos culpable que el otro por vetetúasaberqué.

Cada día, como una letanía que ha olvidado que los movimientos emancipadores son fuertes en la proposición, el eje del relato soberanista se desplaza hacia un ajuste de cuentas entre teóricos compañeros de trinchera. Un discurso de esencia partidista que rema en dirección contraria a los postulados que han dado mejores resultados al independentismo.

No se puede obligar a comer a quien ha perdido el hambre, y no por carencia de convicciones. Si bien es cierto que el independentismo fluctúa a la baja, la gran mayoría del independentismo sigue fiel a sus convicciones. Sin embargo, ¿cuánto hace que el independentismo no habla de independencia?

Si os habéis fijado, el epicentro del discurso es de raíz reparadora. Reparar los agravios del Estado hacia los catalanes, volver las cosas a su lugar, retomar el mandato del 1-O, volver a ser jóvenes y fuertes ahora que el espejo refleja los embates de la vejez. Puede resultar muy problemático anclarse en la añoranza; Sobre todo, manteniendo los mismos interlocutores como factótums inamovibles a la vez que se hace laberíntica e indescifrable la hoja de ruta hacia la independencia.

No se entrevé fuego nuevo ni la ilusión intrínseca que lo acompaña. La cruenta realidad de los independentistas de cara a las próximas elecciones del 14-F es que tienen que votar a los suyos sin esperar nada. Votar a los suyos para no regalar nada a los otros. Un retrato mustio de un movimiento que ha perdido el ánimo para creer en algo tangible y posible.

Seguiré atento, hasta que mi estimado Joan vuelva a sonreír y podamos hablar del Taiwán.

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