Se suele usar el concepto de nacionalismo para referirse a dos fenómenos bien distintos. Uno, la actitud que caracteriza a los miembros de una nación cuando se esfuerzan por cultivar y desarrollar su identidad colectiva, y, por otro lado, también puede referirse este concepto a las acciones de los integrantes de una nación por tratar de lograr su capacidad de autodeterminación.

En julio de 2016 en una encuesta realizada en nuestro país por el CIS a más de seis mil personas, sólo el 7% de los ciudadanos se declaraba al mismo tiempo muy orgulloso de ser español, más que español de su comunidad autónoma y defensor de un estado centralizado. Un 42% de las personas estaban orgullosas de ser español. Pero el grupo se reduce rápidamente si añadimos condiciones para ser “nacionalista español”. Solo un 14% se sentía, además, solo español o más español que valenciano, extremeño o de la que sea su Comunidad Autónoma, y solo un 0,6% de los encuestados cumplía todas estas condiciones: estar muy orgulloso de ser español, sentirse solo español o más español que otra cosa, preferiría un estado centralizado, se declaraba muy de derechas y creía que (en distintos grados) los inmigrantes son más un peligro que algo positivo. Es una cifra pequeña en términos absolutos, pero que no se debe despreciar por ello, ya que en este perfil extremo estarían unas cuantas decenas de miles de personas.

En junio de 2021 el Sociómetro, por ejemplo, refería que la desaprobación de la causa separatista en la comunidad autónoma vasca ha aumentado hasta el 41%, el porcentaje más alto desde 1998, cuando comenzó a realizarse esta serie estadística. El apoyo de la independencia cae a mínimos históricos y se sitúa en el 21% tras una paulatina caída desde 2017. El valor más alto se registró en 2014, cuando el 30% de los vascos se declararon a favor de la creación de un estado vasco. El estudio refleja un aumento de siete puntos en el número de vascos que afirman estar en contra de la independencia de Euskadi, al pasar del 34% del anterior estudio del Sociómetro de 2019 al 41%.

¿Bien, estadísticas apartes, en definitiva, datos emocionalmente fríos, que hay como sustrato basal de los nacionalismos en general? Para autores clásicos como Anderson, el nacionalismo surge de la transición de la sociedad tradicional con base económica preferentemente agraria a la moderna, con un factor clave en esta, como fue el fenómeno de la industrialización, con el desarrollo socio-político-económico-cultural a partir de este fenómeno. Esta teoría modernista, para algunos autores se ha impuesto a aquellas que lo consideran un valor genuinamente histórico, cultural, reciente e irreductible a otros vínculos psicosociales. Parece evidente que esto es una visión miope de esa realidad, y por ello se deben tener en cuenta otros enfoques que profundicen más en el estudio de este tema. Según Geertz la identidad de nación debe ser tomada como un todo, donde se dan apegos más o menos racionales como son, los lazos de sangre, la raza, el lenguaje o la religión entre otros. La identidad étnica estaría profundamente arraigada en la experiencia histórica de ese grupo social, con creencias comunes, criterios étnicos e incluso criterios estéticos.

La inmediatez de acceso a su mundo cultural, es un factor determinante para comprender el fenómeno nacionalista, y esto apunta a una esencia colectiva, de carácter perenne formado por estructuras y mecanismos cognitivos y emocionales, en si misma capaz para unir y motivar a una población con un patrón común de intenciones políticas, religiosas o económicas al servicio de las élites que están en el poder, y que son las que marcan los fines de actuación, tales como, demandas de autonomía, de respeto a la identidad cultural y de grupo, y autogobierno, además de que se respeten los derechos de los grupos minoritarios.

Así, en nuestra historia reciente, en el Régimen anterior, en las reivindicaciones independistas vascas o catalanas, las élites políticas promovieron mediante recursos económicos, educativos y simbólicos los mecanismos parar incrementar su poder y mover a las masas en sus reivindicaciones.

El nacionalismo moderno tiene un componente emocional indudable, que lleva a movimientos sociales de primera magnitud, que consiguen en pro de una causa, general desestabilización y conflicto. Aparecen también emociones como la indignación, los agravios comparativos con otras comunidades, el rechazo del otro, a veces con un marcado carácter xenófobo; todo ello con más o menos violencia tanto verbal como física por el grupo movilizado y dirigido por las élites políticas, que no siempre son las que aparecen en la primera línea de poder. Esto puede acabar en última instancia en un terrorismo de baja o de alta intensidad con una base política, y llegar al empleo de la violencia o de la amenaza por parte de un individuo o de un colectivo con la finalidad de ejercer un control sobre otras personas a través del terror y, de este modo, imponer un determinado posicionamiento ideológico dentro de un contexto político (ver mi artículo Psicología política (XIV): En torno al terrorismo político).

Parafraseando a nuestro admirado Luis Buñuel, el nacionalismo se ha convertido en un oscuro objeto de deseo para sus defensores, hasta el punto, a veces, de reescribir la narrativa histórica de ese grupo social, reescritura en la que predomina la emoción en la nueva narrativa sobre el rigor histórico.

Desde la Psicología positiva hemos pasado, para bien, de las dos Españas de Machado, una la unitaria e intransigente y otra, la plural y democrática, a las diecisiete autonomías, plurales y democráticas.

Por último, compartir el poema de Machado:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Mi deseo personal, que nunca más seamos menos de diecisiete Españas autonómicas, para que nunca más se repita lo que Angel González, de la generación poética del 50 escribió:

Nada es lo mismo, nada
Permanece
Menos
La Historia y la morcilla de mi tierra:
Se hacen las dos con sangre y se repiten

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Psiquiatra y Ex-​Coordinador Facultativo del Área Salud Mental en el Hospital San Juan de Dios de Ciempozuelos. Ha trabajado como profesor Asociado de Psiquiatría en la Universidad Complutense de Madrid