El poder oculto de las mujeres de la Casa de Austria

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Autor: Patricia Crespo

MUJERES CASA AUSTRIA
Detalle de la obra Juana de Austria, de Alonso Sánchez Coello, que forma parte de la exposición “La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de la Descalzas y la Encarnación”.

Dos monasterios Reales, las Descalzas y la Encarnación, atesoran dentro de sus muros una rica y extensa colección con miles de obras y objetos de toda clase, pero también la historia de las mujeres de la Casa de Austria.

Estas mujeres, las “águilas reales” como un día fueron denominadas algunas de ellas, desempeñaron, desde el inicio del siglo XVI, un innovador papel en la defensa de la religión, los intereses políticos, diplomáticos y dinásticos y el coleccionismo artístico.

El Palacio Real acoge ahora y hasta el próximo mes de marzo la exposición “La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de las Descalzas y la Encarnación”, una muestra de algunas de las numerosísimas obras de arte conservadas en ambos cenobios, obra de creadores como Gaspar Becerrra, Pieter Paul Rubens, Gregorio Fernández o Pedro de Mena.

Pero más allá de su innegable valor artístico, la exposición permite conocer mejor a las figuras femeninas de la Casa de Austria que habitaron estos espacios, convirtiéndolos en auténticas cortes, de gobierno e influencia, que muy a menudo entraban en relación más o menos conflictiva con la corte palaciega del vecino Real Alcázar de Madrid.

Juana de Austria, princesa de Portugal

En cada escalón de la solemne escalera principal, en cada rincón de los espacios laberínticos y de “máxima elocuencia simbólica” del Monasterio de las Descalzas Reales está de alguna manera impregnada la impronta de Juana de Austria, su fundadora.

Según se relata en el catálogo de la exposición, que completa la muestra, la hija menor del emperador Carlos e Isabel de Portugal, fue educada como el resto de las mujeres de la familia para desempeñar la función política que le correspondiera en función de su linaje.

Nacida en 1535, su matrimonio se pactó cuando tenía siete años, con el príncipe Juan de Portugal, con quien se casó en 1552. El tiempo que pasó en Portugal, con su esposo, el heredero, no debió ser muy agradable porque no logró adaptarse a la corte gobernada por su tía y su suegra. Su suerte fue a peor porque dos años después de su matrimonio y embarazada de su hijo, falleció su marido.

Fue reclamada entonces por el emperador para gobernar España en ausencia de su hermano, ordenando su regreso a Castilla. Instalada ya en Valladolid, Juana tuvo que desempeñar una dura labor de gobierno, según cuenta María Ángeles Toajas, de la Universidad Complutense, en el citado catálogo.

Fruto de su gran interés artístico, realizó compras y encargos desde muy joven, pero su colección se enriqueció también de herencias. Las piezas hoy conservadas, principalmente retratos, pinturas religiosas y relicarios, son los únicos vestigios de una de las colecciones femeninas más importantes de la Europa de la segunda mitad del siglo XVI.

Juana de Austria, que solía pasar temporadas en las Descalzas, falleció en El Escorial en 1573, pero fue enterrada en su monasterio “con grande majestad”. Allí se puede visitar, entre otras muchas piezas, su retrato, obra de Alonso Sánchez Coello y su cenotafio en mármol de Carrara, de Pompeo Leoni.

La emperatriz María de Austria

Como hija, esposa y madre de sucesivos emperadores, la emperatriz María de Austria (1528-1603) desempeñó un rol clave dentro de la geopolítica matrimonial estructurada por los descendientes de la Casa de Austria. Casada con Maximiliano II para asegurar la presencia hispana en centroeuropea, creció en una corte itinerante que le sirvió para ejercer su papel dentro de la trayectoria dinástica, protegiendo y difundiendo la fe católica junto con los intereses de sus allegados más cercanos.

La hermana mayor de Felipe II ejerció como “constante mediadora entre los intereses del Rey Prudente y del emperador”, con un numeroso grupo de cortesanos, diplomáticos y agentes que se estructuró en torno a su figura, cuenta Victoria Bosch, de la Universitat Jaume I.

Su papel en un territorio abiertamente hostil al cristianismo adquirió una importancia fundamental y su posición como mediadora cultural entre dos realidades geográficas, distantes pero gobernadas por una misma casa dinástica, fue indiscutible.

Tras la muerte del emperador Maximiliano II en 1576, María de Austria retornó a su tierra natal, para instalarse en el Cuarto Real habilitado por su hermana Juana de Austria en el Monasterio de las Descalzas. Su salida de la corte imperial no supuso su salida de la vida política, sino una continuación en un entorno distinto, rodeada de su elevado séquito, que servía a la emperatriz para el devenir de las tramas políticas y diplomáticas de la corte madrileña.

La importancia que el Monasterio de las Descalzas tuvo para ella, del mismo modo que para su hermana Juana o su hija sor Margarita, quedó patente, entre otros aspectos, en una firme voluntad por ser enterrada entre sus muros.

Sor Margarita de la Cruz

A Margarita de la Cruz (1576-1633) le regalaron con nueve años una muñeca vestida del hábito de la concepción franciscana. Así jugó a ser monja desde niña. La archiduquesa ha sido retratada por la historia como una mujer estoica que se resistió a vivir una vida ligada a los privilegios que la acompañaban, como hija del matrimonio imperial formado por María de Austria y Maximilano II.

Más allá de la imagen modélica de sor Margarita, mitificada por el mismísimo Francisco de Quevedo, su epistolario da cuenta del contacto mantenido por la archiduquesa con distintas regiones de los territorios de los Habsburgo. Su alcance e influencia política se ve reflejada también en la colección pictórica en el monasterio en el que vivió, las Descalzas Reales, explica Victoria Bosch Moreno, en esta publicación.

Allí se encuentra el retrato que le hizo en 1628 Pieter Paul Rubens, donde se ve a la monja sentada con un rosario entrelazado entre los dedos de una de sus manos, con el semblante serio de la mujer culta, piadosa y poderosa que fue y que franqueó los muros de la clausura tras rechazar fuertemente la oferta matrimonial de su tío el rey Felipe II.

Sor Ana Dorotea de Austria

Sor Ana Dorotea ( 1611-1694) fue hija natural del emperador Rodolfo II y, probablemente, de su amante, Catalina Strada, la hija del anticuario Jacobo Strada.

Miguel Morán Turina, de la Universidad Complutense de Madrid, explica cómo tras recibir el título de marquesa de Austria y la muerte de su padre, queda al cuidado de sus tíos, el emperador Matías y su mujer, Ana del Tirol. Siendo aún muy niña sus tutores también fallecen y su tía, sor Margarita de la Cruz, pide que la pequeña sea educada junto a ella en el Monasterio de las Descalzas.

La razón para reclamarla era más de orden dinástico que por un sentimiento de compasión ante la huérfana, cuya presencia en el monasterio reforzaba la presencia de mujeres de su familia en el mismo y, por ende, su control y condición de fundación hasbúrgica que había tenido desde sus orígenes.

En las Descalzas se conserva el retrato que le hizo también a ella Rubens, en 1628, coincidiendo en el tiempo con la llegada al convento de los paños de la serie de El triunfo de la Eucaristía, una espléndida colección de tapices, del mismo genial autor, que se pueden ver en la exposición.

Volviendo a sor Ana Dorotea, esta se convertiría en “una monja perfecta y en una perfecta Habsburgo”, según recuerda Miguel Morán. Durante su larga vida en Las Descalzas sus contactos y su influencia fueron creciendo hasta llegar a, prácticamente, todos los círculos de poder.

“Se carteaba en Roma con Francesco Barberini, Alejandro VII, Clemente X e Inocencio XI, y en Madrid con don Luis Méndez de Haro, el valido de Felipe IV y también con el propio rey, con el que además tenía la ocasión de conversar en privado en las frecuentes visitas que hacía al monasterio”, señala Morán.

Margarita de Austria

Nieta del emperador Fernando I y séptima de las hijas del archiduque Carlos II y María Ana de Baviera, Margarita de Austria llegó a España para casarse con Felipe III. Su mala relación con el duque de Lerma, quien la intentó aislar temiendo la influencia que la archiduquesa pudiera tener sobre su marido, se extendió también a su madre, la emperatriz María, quien encontró en sor Margarita de la Cruz a una aliada y a quien visitaba a diario en el monasterio de las Descalzas.

Así se formó en el monasterio un núcleo de oposición al valido del rey, quien convenció a Felipe III a finales de 1600 para que limitara la frecuencia de las visitas que la reina y sus damas hacían al convento, según recuerda Miguel Morán.

El traslado de la corte a Valladolid en 1601, hace que Margarita de Austria entre en contacto con sor Mariana de San José, una religiosa también enemiga acérrima del duque. A su regreso a Madrid, la monja recibe el encargo de Margarita para fundar un convento de agustinas recoletas en terrenos colindantes con los del Alcázar y al que pudiera acceder con mayor facilidad. Constituía una reacción en toda regla ante la toma de control de Lerma sobre las Descalzas a través de varias mujeres de su entorno o de su propia familia.

La muerte de Margarita de Austria, en octubre de 1611, impidió que viera culminada la obra para la que ya estaba librando fondos y ornato.

Mariana de San José

La fundadora, priora y mecenas del Real Monasterio de la Encarnación, Mariana de San José, estableció una de las corrientes reformistas de las órdenes religiosas de la segunda mitad del siglo XVI y de la primera mitad del XVII.

Seguía los pasos de santa Teresa de Jesús y destacó su relación con los estamentos más relevantes tanto de la orden como de la vida pública para conseguir patrocinadores y mecenas de nuevos monasterios. Pero además, destaca su labor como escritora. Muchas de sus obras se conservan en el Real Monasterio de la Encarnación, que también alberga retratos en los que se puede descubrir algo más de su personalidad y sus experiencias místicas.

Destacó además como una excepcional mecenas de las artes, y así lo atestiguan las obras de escultores como Gregorio Fernández, entre las que destaca el Cristo yacente y el Cristo atado a la columna, que aún custodian los muros de este cenobio.

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