5 diciembre, 2021

Revista Rambla Barcelona

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El curso que empieza, ¿será nuevo o viejo?

ADVERTENCIA

Se prohíbe pisar la palabra mañana,

escupir en las metas que aún no es se han cumplido

y también contra el cielo que nos han regalado,

Dejar a la intemperie

el corazón, manchado por la ira,

vomitar la saliva del beso que nos dieron anteayer

y cruzar los museos sin preguntar qué muertos

forjaron nuestra historia.

Katty Parra (1964, Murcia)

 

En junio terminamos un curso difícil y complicado; y acabó bien, con buenas valoraciones. Los esfuerzos de los claustros, de las familias y, sobre todo, del alumnado han servido para superar las dificultades de la pandemia y de algunas decisiones contradictorias de las administraciones. Han acabado unas vacaciones merecidas con creces. Pero tras el verano comienza el que llamamos un curso nuevo; en nuestra comunidad con el gobierno catalán casi recién estrenado. ¿Qué podemos esperar?

Unas cuestiones previas

¿Qué o quién decide el llamado éxito escolar, que no siempre se corresponde con el éxito en la vida? Factores que realmente deciden son, entre otros, tiempo que las familias pueden dedicar a ayudar a sus criaturas, la clase social, el nivel de formación del núcleo familiar, la etnia o el lugar de nacimiento, el sexo… Cada día que pasa se aprende más fuera de la escuela. Casi siempre ha sido así. Para frenar el analfabetismo a inicios del siglo XX fueron más decisivos los ateneos populares que las escuelas.

El sistema de enseñanza que rige en la mayoría de países está pensado para mantener la reproducción social, por eso la escuela ya no sirve de ascensor social. Lo había sido cuando hacía falta mano de obra más preparada para el trabajo. Hoy ya no es necesario. Todas las leyes, incluidas las de enseñanza, se redactan de acuerdo con la situación económica del momento y las necesidades de los diversos mercados de trabajo.

¿Qué mejora los aprendizajes y evita las desigualdades? El alumnado en riesgo de exclusión repite sistemáticamente. Se calcula que sólo el 10% está en el curso que le pertenece por edad [1]. ¿Qué pasará con el alumnado gitano y no gitano que ha asistido pocos días a la escuela este curso que terminó en junio? Las segregaciones escolares frenan las posibilidades de éxito. En los centros guetizados se hace difícil ayudar a los chicos y chicas allí escolarizadas. El alumnado que vive en un núcleo familiar sin problemas sociales o económicos estudia con una tranquilidad que no tiene ese otro que vive en un entorno donde se hace difícil llegar a fin de mes, pagar la calefacción o tener conexión a las redes telemáticas. ¡Y todavía hay políticos y algún profesional de la enseñanza que hablan de la cultura del esfuerzo! Como si fuera determinante en los resultados. No todo aquel que quiere puede. Incluso para encontrar trabajo hay muchos factores: etnia, edad, sexo, nacionalidad, capacidades relacionales, energías vitales, contactos, conocimientos del mundo del trabajo… que determinan más que la formación académica. El llamado capital cultural no depende sólo del nivel de instrucción o formación de cada persona.

¿Las catalogaciones de escuelas de diferentes grados de complejidad—motivo de polémicas recientes en Catalunya— ayudan a los aprendizajes? ¿Estigmatizan al alumnado que se escolariza en ellas? ¿Favorecen la lucha contra las segregaciones? Quizás habría que intentar que todos los centros escolares tuvieran los recursos humanos y materiales necesarios para su tarea y que todos ofrecieran el mismo nivel de calidad y las familias pudieran elegir el centro más cercano a su domicilio.

Y unas propuestas para avanzar

Ante estas realidades que se mantienen a pesar de los proyectos y planes institucionales, ¿no podemos hacer nada más? Si no podemos confiar mucho o nada en los gobiernos, tendremos que confiar en nosotros mismos. Tendremos que intentar, con las luchas, evitar que los objetivos pretendidos por el poder se consigan. Y ésta es una tarea importante de las personas que se dedican a educar, dentro y fuera de las escuelas. Tenemos la responsabilidad de hacer frente al poder, de ayudar a las nuevas generaciones a transformar los sistemas escolares y/o educativos para ayudarnos a tomar en nuestras manos las decisiones de futuro. La tarea que hacemos cuando queremos ayudar a la educación implica todo aquello que pensamos y sentimos, implica y expresa a la vez como somos y qué actitud tomamos ante lo que ocurre en la sociedad y en el planeta mundo: qué hacemos, cómo actuamos ante el gran dilema del cambio climático que pone en cuestión el futuro de la humanidad.

La escuela no puede ser neutral, estará a favor o en contra del modelo social y económico dominante, ayudará o no a su alumnado a tomar conciencia de la realidad, dará o no herramientas que le ayuden y le animen a transformarla. Una gran herramienta es la empatía hacia las personas de nuestro alrededor, una empatía que nos hará ser colaboradores, no competitivos, y nos animará a luchar. Para ser consecuentes, enseñando y educando hemos de tener en cuenta la persona en toda su complejidad. No somos divisibles y nos hemos de educar abarcando todos los aspectos de la humanidad, biológicos, emocionales, relacionales… Sin olvidar que todo aquello que renovemos, que hagamos, que mejoremos deberá ser para todos y todas, no sólo para unas élites que tengan acceso a las mejoras o cambios. Existen innovaciones que no lo tienen en cuenta y sin querer (o a propósito) limitan el acceso a ciertos sectores sociales. Debemos criticar y evitar las privatizaciones de los servicios públicos, empezando por los sanitarios y los de enseñanza, hay que luchar y hacer frente al neoliberalismo que nos oprime. Todos sufrimos las consecuencias de los malos gobiernos, de las desigualdades, del dominio de los poderosos, pero aquellos y aquellas que viven en los márgenes de la sociedad, en el umbral de la exclusión social, que son marginados por su etnia o su situación económica, lo sufren mucho más, a un nivel exponencial.

No podemos desfallecer pese a no ver un mañana en que se pueda llegar a la meta. No dejemos de luchar, sigamos el ejemplo de los movimientos sociales críticos, de la PAH, de las diversas mareas… No podemos abandonar a compañeros y compañeras que luchan, no podemos olvidar y desaprovechar a quien luchó antes que nosotros.

Somos hijos e hijas de la historia con todo lo bueno y no tan bueno que representa la filiación. Las generaciones jóvenes nos necesitan. Intentemos no defraudarlas. Intentemos que el nuevo curso no sea viejo apenas empezarlo.

Nos toca asumir responsabilidades, escuchar, animar el pensamiento crítico, facilitar la capacidad de tomar decisiones, de transformar la relación con el mundo y con los demás. Y vivir mejor.

Nota:

[1] Sólo uno de cada diez jóvenes en riesgo de exclusión está en el curso que le corresponde a los 16 años, frente al 69,5% de los estudiantes en general, según el informe “La carrera de la desigualdad” de la ONG Jóvenes e Inclusión que alerta de que un 92,4% han repetido curso y un 16,2% no ha terminado Primaria.

*Joan M. Girona es maestro y psicopedagogo

mientrastanto.org