25 octubre, 2020

Demoliendo estatuas

Demoliendo estatuas
Estatua de Cristóbal Colón decapitada en Boston.
ANTONIO LORCA SIERO

Los ingenuos creen que demoliendo estatuas y eliminando nombres de personajes ilustres del pasado es posible borrar la historia o, al menos, reescribirla, pero en términos de historia todo esto resulta intrascendente. Tratar de ocultar los hechos históricos o reconvertir otros a la medida de determinados intereses del momento es una corriente que se ha impuesto como dominante por los artífices de la nueva realidad prefabricada, movida por grupos que aspiran a tomar el control de la situación ideológica mostrando apariencia progresista, aunque no aporten nada nuevo. Subvencionados por alguien que espera obtener beneficios personales de la situación, algunos desocupados les siguen, simplemente afectados por el influjo masa. No obstante los aires de libertad, que se manifiestan hoy en día con ocurrencias diversas al compás de lo mediático, hay que mirar el tema desde la dirección de los intereses del gran patrón. Está claro que, al margen de cualquier punto de vista razonable, si el asunto en cuestión toma cierto vuelo es porque hay negocio a la vista para alguien con poder, ya que no es extraño que la razón acabe por sucumbir bajo el peso del interés.

El progreso, patrocinado por el poder dominante, ha pasado a ser mercancía distribuida por grupos de influencia, nutridos de individuos que tratan de ofertarla al menudeo aprovechando el peso que siguen ejerciendo las ideologías en una sociedad intelectualmente errática. Para quienes se dedican a la profesión de contestatario, puede servir como mercancía cualquier cosa debidamente bendecida por el gremio, y a la sazón esto sucede con lo de destruir estatuas. Los vendedores de la mercancía, a la que han puesto las etiquetas de libertad, justicia u otras lindezas para la ocasión, se muestran satisfechos ante la expectativa de que la causa o cualquier otra de sus causas les permita hacerse notar y destacar en el mar de masas. Los compradores, seducidos por la idea, sienten como que se hace justicia y se reconfortan asidos a una creencia para sentirse vivos. Los ideólogos quieren hacerse sonados y cortar el bacalao. Mientras el mercado se frota las manos ante una nueva oportunidad para incrementar ventas. Vendido el producto final, todo seguirá igual.

Estas barbaridades de moda y dispuestas para la exportación, como es el caso del derribo de estatuas para manifestar el descontento por pasadas injusticias sociales, suelen estar asociadas a nobles ideas, pero una vez deslegitimadas por las maneras empleadas, pasan a ser solo imágenes para el espectador, simple objeto de explotación comercial de la sociedad consumista del momento, que se ha entregado a lo virtual porque contribuye a aliviar el problema del ocio generalizado. Antes han sido otras pretensiones debidamente acaudilladas, ahora el objetivo de tales personajes, arropados por el gentío, es la fútil pretensión de borrar la historia que no les gusta a los dirigentes ocasionales de la muchedumbre, aprovechando su propensión al jolgorio y a retratarse en los medios, esgrimiendo un espíritu de rebeldía claramente domesticado, que solo sale a luz al amparo de la masa o aprovechando los momentos de tinieblas. Al igual que en los tiempos de represión, la consigna ahora es demoler estatuas y borrar nombres de lo que algunos entienden símbolos que desafían a una visión de la justicia dominante, para así imponer esta sin contemplaciones. Olvidan que, lejos de caminar hacia el progreso, en los momentos en que se ha tratado de borrar la historia, se ha retornado al pasado. Igualmente pasan por alto que la valentía de hoy contrasta con la sumisión del pasado, porque es en esta última donde reside el origen de los abusos.

Cuando se destrozan estatuas también se pretende borrar nombres que venían sonando y sustituirlos por otros que aspiran a hacerse sonar. El identificado con la nueva ocupación, entendiéndose afectado por la marginación ancestral de otros, se siente aliviado porque lo que trata no es de reparar injusticias sino pasar a ser centro de poder y distinción, entendida en términos de vanidad. Para el ciudadano común obligadamente se trata de una cuestión de culto, al que se encuentra habituado, basta con dejar de reverenciar a unos para que otros tomen su lugar. La historia ni se mueve, le es indiferente porque no tiene color y es ajena al producto que ofertan los vendedores del momento. En realidad, visto el fondo de la cuestión, se trata nada más que de mantener vigente el elitismo, porque se viene a poner de actualidad la creencia en una historia de elites, en la que unas son sustituidas por otras, en un panorama en el que las masas siguen siendo la comparsa.

Convendría dejar claro, más allá de las modas para cada ocasión como forma de tiranía, que la historia está por encima de ideologías, doctrinas y genialidades del momento. Muchos son los que ignoran que, pese a los intentos ocasionales por borrarla y sustituirla por otra, en lo que se refiere a personajes, la historia tiene memoria para todos, y no solo para algunos. No se trata de esa historia de bajo coste que pretenden hacer suya los oportunistas de la bandera del falso progreso para redactarla a su manera y sacar tajada, simplemente porque la historia no es de nadie. De otro lado, esta careta de falsa rebelión tampoco es nada nuevo, porque igualmente hicieron los que en otro momento disponían del poder para ponerla del lado de sus intereses, aprovechando que la historia se suele contar acogiéndose a la versión de los hechos de quien en ese momento tiene la razón del poder. La historia está ahí, más allá de ser escrita, representada, enterrada o aireada. Es inútil ocultar sus representaciones, quemar libros, borrar lápidas, demoler estatuas o desmontar monumentos, como ejemplos más llamativos para mantener vivos los recuerdos personales de las viejas elites comprometidas con la causa del poder. Lo que se ha llamado bueno, se queda, y lo malo, no se puede borrar, aunque se trate de no recordar. Por eso, se podría dejar el tema de ahora en una simple cuestión de disidencia estética manifestada de forma violenta.

Prescindiendo de los fallidos intentos de desmontar la historia por parte de los resentidos y del negocio de los comerciantes, lo de demoler estatuas y borrar ciertos nombres del pasado no dejaría de ser de un infantilismo preocupante, que solo se puede entender como válvula de escape para los amantes de las algarabías o del simple jolgorio, hábilmente dirigidos por una intelectualidad de pacotilla. Podría pensarse, al margen del espectáculo que, en el caso de las sociedades avanzadas, la civilización trata con estas veleidades de dar marcha atrás y destruir la propia humanidad siempre en construcción, pero probablemente lo de demoler estatuas y tratar de cambiar los nombres de la historia y de las calles solo sea un pasatiempo momentáneo propio de cuatro descerebrados y otros tantos animadores movidos por el rencor y el sentimiento de venganza.

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