Nada nos parece más natural que el espacio público. Siempre que hemos salido del portal de nuestra casa nos hemos encontrado con una calle o una plaza que compartíamos con nuestros vecinos.

Las calles y plazas de antes no estaban diseñadas, pero las hacíamos nuestras al sacar una silla, la comba o el balón. Solo estaban específicamente diseñadas algunas del centro del pueblo o la ciudad (tenían incluso bancos). Las de los barrios, o no estaban urbanizadas o exclusivamente contaban con acera y calzada. Peatones y niños andaban por ellas libremente aunque, eso sí, quienes tenían problemas para andar dependían de la ayuda de sus vecinos.

Así era cuando la ciudad se reducía al barrio. Había pocos autobuses y el metro, cuando lo había, era caro. La calle era un espacio doméstico, se salía a tomar el fresco, a hablar con las vecinas, a jugar al fútbol.

Hasta que un día empezaron a aparecer los coches. Primero fueron una novedad que solamente obligaba a mover la silla o el lugar del juego, pero poco a poco, nos fueron sacando de la calle –aunque es cierto que a muchos no les importó porque la televisión llegó a nuestras casas–.

Ya no vivimos en las calles de nuestros barrios. El transporte al centro es barato y allí encontramos lo que antes teníamos próximo. Tenemos coches que depositamos en las calles, sin que nos sintamos culpables porque niños y abuelos no puedan usar el espacio que ocupamos como aparcamiento.

La aldea global nos provee, a través de los móviles y los ordenadores, de más contactos de los que nunca habíamos soñado tener. La calle va quedando para los coches y para los que tienen menos o viven en peores casas.

Las calles de hoy no son como las de antes

No todos los vecinos bajan o se sienten cómodos en las calles, ocupadas hoy por coches y por vecinos más pobres y ruidosos que los que se quedan en casa. Hace ya algunos años que nos dimos cuenta de que había que cambiar y mejorar la calle y nuestros ayuntamientos se pusieron a la tarea.

En los primeros años, el motivo era estético, la ciudad se había vuelto más fea y era necesario atraer al turismo. Más recientemente, se determinó que había que actuar por motivos ambientales, para evitar la multa de la Unión Europea. Tenemos que reducir la contaminación del aire y la única forma de conseguirlo es reduciendo el número de coches y que no circulen por unas calles atascadas.

¿Cómo afrontaron las ciudades el reto? Abrumadas por la tarea, simplificaron el problema. Actuaron primero en el centro y en las zonas de más calidad, olvidando los barrios ya olvidados. El fin era que la inversión fuese reconocida por su calidad y diseño, y se decidió que lo mejor sería hacer concursos. Los premiados fueron los más espectaculares, pero pocas veces consultaron a los vecinos.

Los que vivían en el centro quedaron reducidos a un papel secundario. Sorprendidos por obras y mobiliarios vanguardistas solo vieron paliada una pequeña parte de sus necesidades. Al ser proyectos para mejorar la imagen externa de la ciudad, las actividades más domésticas como jugar o sentarse a hablar no se consideraban. Nos acostumbramos a que tras las obras hubiese que corregir bordillos, bolardos y escalones, al no ser adecuados para quienes tenían problemas de movilidad.

Mientras tanto, en los barrios las obras se limitaban a las reparaciones. Echando una nueva capa sobre el asfalto agrietado o sustituyendo los bordillos de granito por otros de hormigón. Solamente la lucha de las familias conseguía mejorar la acera en la entrada de un colegio. O un grupo de aguerridos vecinos recuperaba un solar como huerto o señalaba la necesidad de un semáforo.

Las calles no se adaptan a las necesidades

Nos encontramos ahora con unas calles urbanizadas que no se adaptan a las necesidades de los vecinos, que se convierten en fuente de conflictos. Vecinos que protestan por las terrazas que se instalan bajo sus ventanas, que se quejan de que un jardín abandonado lo usan únicamente pobres o marginados. Que tienen dificultad para moverse en un espacio diseñado para la movilidad motorizada y el consumo.

El Objetivo 11 de la Agenda 2030 nos impulsa a “aumentar la urbanización inclusiva y sostenible y la capacidad para la planificación y la gestión participativas, integradas y sostenibles”. Necesitamos reconciliar la belleza del espacio público con su funcionalidad, ecología y utilidad social, haciendo partícipes a los vecinos del proyecto.

Debemos reconstruir la noción de utilidad desde la vista de la cohesión social, hacer espacios donde todos puedan estar y todos se sientan a gusto. No se trata de un proceso sencillo en una sociedad que ha perdido el sentido de comunidad local. Estas necesidades no se pueden resolver sin un proyecto integral. Es necesario que los ayuntamientos abandonen la práctica de intervenir mediante concursos de proyecto y obra que se adjudican a la solución más barata.

¿Pueden las intervenciones sobre el espacio público dar respuesta al mandato de la Agenda 2030? Sí, si modificamos el procedimiento de diseño y ejecución. Tenemos que garantizar la mayor belleza y calidad del espacio, integrando la utilidad social y el reto de la sostenibilidad.

Las vecinas y vecinos tienen que participar tanto en el proyecto como en la gestión de su uso. Hay que prever una fase posterior de ajustes y mediación en los posibles conflictos. El espacio público es el espacio más democrático en el que se desenvuelven nuestras vidas, necesitamos, por tanto, reconocer al otro y sus necesidades en un espacio diseñado para ellos.

Articulista en The Conversation | Web | Otros artículos del autor

Catedrático de Urbanística y Ordenación del Territorio, Universidad Politécnica de Madrid (UPM).

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