Hace un par de semanas denunciábamos que Laura Borràs había contratado a Emilio Hellín, asesino condenado por matar a tiros a la líder estudiantil, Yolanda González, en los años 80. Hoy, en una entrevista a TV3, ha dicho que le resulta «terriblemente doloroso e incómodo» que Hellín sea uno de los peritos contratado por sus abogados. No obstante, el asesino ultraderechista continuará realizando su trabajo para Borràs.

La hipocresía de Borràs no es nada nuevo. De hecho, se ha excusado en que sus dos abogados, Gonzalo Boye y la pareja de este, Isabel Elbal, son los que han decidido reclamar los servicios de Hellín. Si bien es cierto que Boye tuvo conexiones con la izquierda revolucionaria chilena, su país natal, su carrera como letrado ha ido dando algún que otro bandazo.

La prensa de derechas le recuerda continuamente a Gonzalo Boye que fue condenado en dos ocasiones en los noventa por colaborar con ETA, una condena que el chileno siempre ha tildado de injusta por considerar falsos los hechos que le imputaron.

Dejando ETA aparte, Gonzalo Boye proviene de una buena familia chilena. Hijo de madre catalana (también abogada) y padre alemán (en este punto habría que preguntarse qué alemanes acabaron en Chile en la segunda mitad del siglo XX), cursó sus estudios en un colegio británico de élite en Valparaíso. Aterrizó en España a mediados de los ochenta, tras haber estudiado ciencias políticas en Alemania. Fue en su segunda etapa en prisión cuando decidió estudiar derecho, consiguiendo la licenciatura por la UNED.

Como penalista ha sido defensor de varios presos vascos, del cantante de Def con Dos, César Strawberry, del rapero Valtonyc, del antifascista condenado por homicidio, Rodrigo Lanza, del ingeniero estadounidense y exmiembro de la NSA, Edward Snowden, y hasta de Sito Miñanco, uno de los emblemas del narcotráfico en Galicia. Últimamente, por su despacho (sito en el barrio de Salamanca de Madrid) desfilan las primeras figuras del independentismo cuqui-liberal catalán, como Toni Comín, Quim Torra, Laura Borràs y la insignia posconvergente, Carles Puigdemont.

Paralelamente a su actividad jurídica, sus inquietudes profesionales también lo han vinculado a medios de la izquierda homogénea española como la revista Mongolia o eldiario.es. Es muy activo en Twitter, defendiendo causas como las del periodista Pablo González y atizando a cuentas de derechas como las de Javier Negre.

Lamentablemente, si cogemos toda esta información y la metemos en una batidora, no parece que vaya a salir nada claro.

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