1 diciembre, 2021

Revista Rambla Barcelona

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Barcelona bajo las bombas: la ciudad de los refugios

El Ayuntamiento de Barcelona ha presentado La ciudad de los refugios. Catálogo de refugios antiaéreos de Barcelona, la página web en la que se pueden consultar cuáles son los 1.322 refugios que se construyeron en la capital catalana durante la Guerra Civil, para que los barceloneses se protegiesen de los bombardeos de las tropas franquistas.

Interior de un refugio en Barcelona. Fons Ramon Perera. Arxiu Abadia de Montserrat

La nueva plataforma on-line se puede visitar en barcelona.cat/refugismemoria y es un proyecto de la concejalía de Memoria Democrática. Cuenta con la explicación histórica de cada una de las instalaciones y un mapa interactivo en el que aparecen todos los refugios documentados –de algunos hay incluso galerías de imágenes y reconstrucciones en 3D– y las zonas más afectadas por las bombas.

Barcelona bajo las bombas

La II República tuvo una vida breve: el 18 de Julio de 1936 Franco dió un golpe de estado y el 19 de abril el general Manuel Goded Llopis intentó, sin éxito, la inserrucción en Barcelona. En los meses siguientes, en la capital catalana, el ambiente revolucionario se fue infiltrando por todas partes. Los conventos y casas de la alta burguesía fueron colectivizados para convertirse en comedores populares, bibliotecas, hospitales y edificios sindicales.

Las calles se llenaron de propaganda que animaba a luchar contra el fascismo, pero la vida se fue complicando para los habitantes de la capital catalana: delante de comercios las colas eran cada vez más largas y escaseaban los huevos, la carme y las legumbres. Hubo episodios de represión y muchas fábricas también fueron colectivizadas. Ese julio de 1936 empezó una guerra civil donde el objetivo de Franco era doblar la población enemiga, republicana mediante el terror. Fue una experiencia pionera en Europa donde el general golpista fue asesorado por expertos italianos y alemanes.

La documentación de los italianos deja claro que el objetivo de las bombas, que vinieron por mar y por aire, era causar pánico y terror, desmovilizar a la población, y eso se conseguía matando. Las calles de Barcelona fueron bombardeadas desde el 13 de febrero de 1937 —aquel día el crucero italiano Eugenio di Savoia lanzó sus obuses contra la fábrica Elizalde— hasta el 23 y el 24 de enero de 1939.

«Sobre la fe en mi probidad y en la serenidad de mi juicio, asegurad a todo el mundo que por ingenuidad o por pasión dudase de ello, que lo que estos días ha pasado en Barcelona es el crimen más refinado, más calculado, más inútil y en fin más estúpido que el propio diablo pudiera imaginar. ¡Dios os guarde de estos horrores!», escribía el escritor catalán Carles Riba el 21 de marzo de 1938. Y es que aquel marzo fue el más mortífero: los días 16, 17 y 18 de marzo hubo 14 incursiones aéreas y 12 ataques navales, que lanzaron 192 bombas. Era lo que los italianos denominaron bombardeo de saturación. Cada tres horas, los ciudadanos de Barcelona oían el ruido grave y repetitivo de los Savoia-Marchetti 81, después los silbidos y finalmente las explosiones y el silencio.

Cuando las tropas de Franco ya estaban a las puertas de la ciudad, los aviones seguían bajando en vuelo rasante y disparaban sobre todo el mundo en el paseo de Sant Joan. Murieron muchos ancianos y niños. El 26 de enero de 1939 los soldados rebeldes entraron en Barcelona. No encontraron resistencia, solo una ciudad exhausta. Los persistentes bombardeos de la aviación italiana y alemana habían allanado el camino. Al final de la guerra, en Barcelona se habían destruido 1.500 inmuebles. El registro del Ayuntamiento anotó 1.816 muertos y 2.719 heridos, pero otros documentos cifran los muertos en 2.750 y aumentan el número de heridos hasta 7.000. Saber el número exacto de víctimas es aún hoy imposible.

Los responsables políticos tenían que actuar rápido para poder afrontar la defensa de la ciudad de un peligro tan inminente como nuevo, porque la retaguardia había dejado de ser un lugar seguro. No era nada fácil: había escasez de recursos, cerca de un millón de refugiados en la ciudad de Barcelona, y se desconocía el armamento enemigo. Desde la Generalitat y los ayuntamientos se trabajó tanto en la defensa activa como en la pasiva.

El 9 de junio de 1937 se creó la Junta de Defensa Pasiva de Cataluña (JDPC) y el 11 de agosto de aquel mismo año, por decreto del Gobierno catalán, se crearon las Juntas de Defensa Locales y de Veguería, que serían las responsables de los refugios, ideados como auténticos espacios de supervivencia. «Los diez meses de experiencia vividos en Cataluña aconsejan unificar todos los esfuerzos que diferentes organismos oficiales y particulares han desarrollado en la meritoria y altruista causa de rescatar vidas a la metralla fascista. Por eso, hay que crear un solo organismo que en Cataluña tenga toda la dirección de los servicios de defensa pasiva de la población civil», aseguraba el presidente Lluís Companys el 9 de junio de 1937.

La JDPC tenía que proteger y educar a la población contra el ataque aéreo y naval. Se desarrollaron mecanismos de aviso, como los toques de alerta que se hacían con sirenas o la información por radio que advertía del peligro del bombardeo o anunciaba que el peligro ya había pasado. «Ciudadanos de Cataluña, hay peligro de bombardeo; id, con calma y serenidad, a vuestros refugios. La Generalitat vela por vosotros» fue un mensaje que, desafortunadamente, la ciudadanía oía día sí y día también.

Se idearon medidas preventivas en los edificios, como colocar tiras de papel engomado en los cristales para evitar que se rompieran —algunos comercios llegaron a hacer filigranas de lo más artísticas— o sellar las grietas de puertas y ventanas. La labor llevada a cabo por los ayuntamientos tuvo una importancia capital: ensayos de avisos a la población de bombardeo, difusión escrita en forma de libros y opúsculos; información oral, con conferencias, charlas y discursos radiofónicos; octavillas y carteles informativos en la calle…

Construcción de un refugio en galería en Barcelona. Fons Ramon Perera. AAM.

En agosto de 1937 el consistorio barcelonés publicó el opúsculo Defensa pasiva antiaérea. Tenía 72 páginas y se hicieron 10.000 copias (5.000 en catalán y 5.000 en castellano). El opúsculo daba pautas para la construcción de refugios a la ciudadanía, que se había lanzado a construir sin una formación adecuada. Se adscribieron al servicio de la Junta de Defensa Pasiva Local la totalidad de los arquitectos, ingenieros, auxiliares y técnicos del Ayuntamiento, además de algunos aparejadores y personal extramunicipal.

Se habilitaron los túneles ya existentes: los del Gran Metro, el del Metro Transversal y los del ferrocarril de Sarrià. Se hicieron accesos nuevos y farolas en los túneles de los Caminos de Hierro del Norte (a lo largo de la Meridiana) y también se acondicionó el acueducto de Montcada. En total eran 20 kilómetros de túneles con una anchura de cinco metros que podían proteger entre doscientas mil y trescientas mil personas. También se tuvo en cuenta el aprovechamiento de plantas bajas y subterráneas, ya que todo el mundo deseaba tener el refugio en casa. En estos casos, el consistorio barcelonés ayudaba a habilitarlos con el asesoramiento de los técnicos municipales y colaboraba económicamente, sobre todo aportando materiales.

Las inspecciones que realizó el consistorio indican que solo un 40 % de los seis mil sótanos o semisótanos eran aptos para salvaguardarse de las bombas. Otro tema que se intentó solucionar rápidamente fue el de los niños: se repartieron sacos de tierra llenos para que se pudieran aprovechar los sótanos de las escuelas. Había una guerra y mucha hambre, pero se llegaron a registrar un total de 1.274 refugios, de los cuales 140 eran de nueva construcción, según documenta la Carta Arqueológica de Barcelona.

La defensa activa de la ciudad de Barcelona, como toda la Guerra Civil, fue también una lucha desigual. Franco tenía al lado la potente aviación y artillería de Hitler y Mussolini; los republicanos, en cambio, contaban con muy pocos recursos. Barcelona, como todas las grandes ciudades, era muy difícil de defender con las armas antiaéreas de la época. Se requería una cantidad inalcanzable de cañones si se quería cercar todo el perímetro de la capital catalana.

El gobierno republicano creó la Defensa Especial Contra Aeronaves (DECA), que dependía de los mandos militares y tenía como misión localizar y neutralizar los bombardeos enemigos. Se colocaron centros de observación y de radioescucha, con aparatos fonolocalizadores, proyectores y reflectores de iluminación, en diferentes puntos de la ciudad. Había cañones antiaéreos en la fachada marítima y baterías antiaéreas en Montjuïc, en el Poblenou y en el Turó de la Rovira. En algunos momentos también se consiguieron baterías del frente y había ametralladoras en diversos edificios de la ciudad. En alguna azotea también se instalaron un cañón antiaéreo de pequeño calibre que pudiera ser soportable para el edificio y que prácticamente no hiciera retumbar el vecindario: uno de los más céntricos estaba en las torres de la universidad. A lo largo de la guerra se desplegaron cazas soviéticos en el cielo de la ciudad, sobre todo después de los bombardeos de marzo de 1938, pilotados por soviéticos y españoles que volaban desde los campos de Sabadell y del Prat. Sin embargo, pese a que los disparos hacia el cielo de los cañones republicanos forzaban a la aviación fascista a ganar altitud y perder precisión a la hora de disparar, pronto la aviación italiana ganó el pulso de la batalla aérea.

La vida en los refugios

Muchos refugios fueron arañados en el suelo con pico y pala por los vecinos, y esta actividad entusiasta evidenciaba la capacidad organizativa de la ciudadanía. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona no quedó al margen de ello, ya que asesoraba, repartía material, subvencionaba y organizaba cursillos. Los refugios de nueva construcción, no obstante, no se concentraban en las zonas más castigadas: el litoral, la Barceloneta, el puerto, Ciutat Vella y el Poblenou. La Barceloneta fue evacuada a mediados de 1937 por la imposibilidad de proteger a la población y en el Poblenou muchas de las fábricas tenían refugio propio. En Ciutat Vella, una zona densamente poblada, algunos se refugiaban en las plantas bajas y porterías, porque las calles eran tan estrechas que las posibilidades de hundimiento eran menores, pero no había suficientes refugios y muchos vecinos se marcharon a las casas de familiares y vecinos. El Eixample tampoco tenía una gran cantidad de refugios colectivos, porque la mayoría de las viviendas eran altas, construidas con buen material, y se podían aprovechar sótanos y trastiendas. El Poble-sec, en cambio, sí que contaba con una red de refugios de nueva construcción bastante importante.

Los refugios se construyeron, sobre todo, entre la plaza de las Glòries y prácticamente la ribera del Besòs: había muchos en el Clot y en Sant Andreu, unos barrios a los que habían llegado muchos refugiados de todo el Estado español. La otra zona más salpicada de refugios estaba entre el Moll de Barcelona, el Paral·lel, el Poble-sec y Sants. Gràcia también estaba bien equipada; había uno debajo de cada plaza.

Cuando se construyó toda esta arquitectura subterránea, la intención era aprovechar el espacio en el futuro y que los refugios, en forma de galerías de mina, tuvieran una segunda vida y formasen parte del alcantarillado o se transformasen en baños públicos, bibliotecas, parkings… Fueron ideados para resistir a las bombas explosivas e incendiarias y para proteger a la ciudadanía contra la entrada de agentes químicos agresivos. El reto era que aguantasen bombas de hasta 100 kilos, y protegiesen de la metralla, de los materiales proyectados o de los hundimientos. Por eso se protegían con 1,45 metros de hormigón armado, 6 metros de hormigón o 15 o 20 metros de tierra. Las galerías tenían entre 1,80 y 2,20 metros de altura, unos 1,40 y 1,60 de anchura, y una profundidad de entre 8 y 10 metros. Como mínimo había dos o tres entradas en forma de zigzag para reducir la onda expansiva de las bombas y las paredes se revestían con cemento, ladrillos planos o encofrado. Se utilizaba arena de mar, grava de la cantera de Can Baró o grava arenosa de Montjuïc.

A menudo también se aprovechaban los escombros de los derribos. Había refugios en solares independientes, que podían ser desde simples trincheras constituidas por rasas sin cubrir hasta verdaderos refugios independientes de gran capacidad. Asimismo, se hicieron refugios colectivos en plazas y calles anchas o en grandes patios. Los más frecuentes eran las galerías de mina, sobre todo porque eran los más económicos y porque se podían utilizar aunque no estuvieran totalmente acabados. Todos debían tener dispensario y botiquín. Uno de los grandes problemas era el alumbrado. La primera intención era que fuese eléctrico y que se alimentara con las redes de distribución urbana, pero a menudo faltaba de corriente eléctrica. Al final, en la mayoría se optó por lámparas de aceite o petróleo, y en los más grandes, por baterías o grupos de electrógenos con motor de gasolina o aceites pesados.

Mujeres trabajando en una industria de guerra. Biblioteca Nacional de España.

Las arcas del Ayuntamiento de Barcelona estaban exhaustas, pero en la ciudad se llegaron a construir más de un millar de refugios. En gran parte fue gracias a la solidaridad vecinal. Cada refugio tenía una junta responsable que elegían los propios vecinos y la documentación que se ha conservado constata la importancia del trabajo voluntario. En un panfleto de la Junta del Refugio de la plaza Revolució de abril de 1937 se hacía una llamada para mejorar el refugio: «Contando con vuestra ayuda, haremos una serie de departamentos parecidos a los ya hechos para el departamento de curas, botiquines, váteres, … para destinarlos en los casos de alarma a los enfermos, ancianos, imposibilitados, madres que crían, niños que en estos momentos se encuentran separados de sus familias, a la vez que procuráremos contar con el personal adecuado para atender dichas necesidades sanitarias».

Las juntas de vecinos eran las responsables de redactar los reglamentos especiales de construcción y utilización de los refugios que tenían que ser aprobados por la Junta Local de Defensa Pasiva de Barcelona. Asumían muchas tareas: debían tener un responsable de vigilancia u orden, que se encargaba de las llaves y de controlar que no hubiera problemas ni dentro de los refugios ni en los accesos y de poner fin a la alarma. Había también un responsable de la higiene y del agua, otro que tenía que hacerse cargo de todo el tema sanitario y de botiquín, uno del alumbrado, uno de la construcción y uno de la economía.

Este último tenía que preocuparse de recaudar el dinero entre los vecinos. No era tarea fácil, porque a menudo había que perseguir a los ciudadanos para recordarles su obligación, ya que algunos se escabullían. Al final se optó por hacer un censo, que a la vez servía para controlar a los asistentes, ya que a cada vecino se le asignaba un asiento en el refugio. En muchos casos, los vecinos acabaron teniendo una tarjeta con su nombre en la que constaba el acceso por el que podían entrar y el número de asiento que les correspondía. Si aún así había quien seguía intentando colarse sin pagar, al salir del refugio se le obligaba a satisfacer el importe si tenía recursos para hacerlo. Sin embargo, la escasez de dinero era evidente y la lucha para imponer impuestos especiales destinados a cubrir las necesidades de los refugios era persistente. Parte de los beneficios de las empresas colectivizadas se destinaban a la construcción y mantenimiento de refugios, pero fracasaron otros intentos recaudatorios, como por ejemplo un impuesto especial al precio de las entradas en lugares lúdicos.

Convivir en un espacio tan reducido y húmedo, que algunos describen como claustrofóbico, y con unos olores que, a veces, eran verdaderos latigazos en el estómago no debía de ser fácil, sobre todo si a todo ello se añadían el pánico o la histeria. Algunos, después de meses y meses de bombardeos, optaban por no bajar y se quedaban en casa, donde esperaban, a menudo apiñados y protegidos por colchones, que dejasen de caer bombas. Otros, en cambio, pasaban en los túneles o en los refugios tantas horas como podían. Los que bajaban muchas veces repasaban mentalmente los familiares que tenían en la ciudad, algunos lloraban nerviosamente y otros intentaban descansar, bastante debilitados, porque quizás hacía muchas horas que no comían. Había niños que se reencontraban con amigos y jugaban o dormían en la falda de su madre.

Para facilitar la convivencia en los refugios, se establecieron normativas que detallaban el comportamiento que había que tener mientras las bombas hacían estragos fuera. Por ejemplo, nadie podía tumbarse en los asientos ni ocupar más de uno, estaba prohibido quedarse de pie en las puertas o en medio del paso, y primero tenían que pasar los niños, las mujeres, los ancianos y los enfermos. Dentro de los refugios no se podía fumar ni llevar armas ni objetos o paquetes voluminosos. Tampoco se podía entrar en tiempo «normal», es decir, si no había alguna señal de alarma que avisara de la llegada de aviación enemiga. No se permitía hacer comentarios políticos o religiosos ni hablar en voz alta y, si se podía, se expulsaba a aquellos que no guardaban las buenas maneras.

En los refugios podía haber literas para los más enfermos y siempre tenía que haber botiquín, agua potable, depósitos de arena, herramientas de salvamento… En la entrada tenía que haber un croquis con el número de personas que cabían, así como la ubicación del váter y del botiquín. Cuando el vigilante decretaba el final de la alarma, todo el mundo salía, algunos, quizás, con la mala suerte de tener que buscar entre las ruinas aquella fotografía que pocas horas antes habían dejado en la mesilla de noche.

Los refugios tenían que resistir las bombas, pero no siempre fue así, porque era imposible calcular su peso con precisión, la altura desde la que caerían o sus dimensiones. Carles Pi i Sunyer recordaba en sus memorias como una bomba cayó justo encima de la bóveda del refugio: «Un blanco ciego, pero directo. La fuerza del impacto produjo un agujero, cónico, profundo. Y tan adentro que queda solo un grosor como de un palmo y medio por perforar. Si la bomba hubiera llegado de más arriba o hubiera tenido un poco más de potencia, todos habríamos quedado enterrados entre los escombros del refugio».

Pi i Sunyer tuvo suerte, pero otros no. El 30 de enero de 1938 hubo una auténtica masacre en el oratorio de Sant Felip Neri. El edificio, abandonado por los curas filipenses al inicio de la guerra, acogía sobre todo a niños que huían de las zonas ocupadas por las tropas franquistas. El convento, bajo la tutela de la Generalitat, había sido habilitado como refugio por la Junta de Defensa Pasiva de Barcelona.

Francisco Béjar, el ayudante del portero de la iglesia, dejó escrito en sus memorias que había un total de 146 niños, la mayoría procedentes de la ciudad madrileña de Alcalá de Henares. También había algunos niños barceloneses, porque allí les daban algo para comer. «Son las nueve de la mañana de un domingo, el 30 de enero de 1938. Todos los jóvenes están en el comedor con el desayuno. De repente, suenan las sirenas de alarma y todos bajan al sótano. Yo había subido al segundo piso para lavarme. De repente, se oye un fuerte zumbido creciente. Unos segundos y ya estoy entre dos balcones. Dos grandes explosiones simultáneas en el patio con claraboya. Veo el sótano lleno de polvo. Y pienso: “¡No, no puede ser!”. Bajo corriendo las escaleras y veo a los chicos mayores llenos de polvo, ¡llenos de polvo!, ahogados en el polvo, sin poder respirar», escribió Béjar. Al oír las sirenas, los niños de Sant Felip Neri, junto con vecinos del barrio, corrieron a esconderse en el sótano como habían hecho otras veces. Sin embargo, el subterráneo, que estaba formado por una bóveda de ladrillo en lugar de estar hecha de piedra, no resistió el ataque. Las bajas en el refugio se han contabilizado en 42 personas, de las que una treintena eran niños. Aquel 30 de enero, según un artículo publicado al día siguiente en La Humanitat, hubo 153 muertos, entre los que había 47 niños, y heridos: 63 hombres y 45 mujeres. Aquel día los aviones descargaron sobre todo en los lugares más densamente poblados: en las calles de Els Arcs, Avinyó, Banys Nous, Canuda, Capellans, Casp, Palla, Pi, Sant Felip Neri, Sant Domènec, Gran Via…

El día siguiente

Algunos de los arquitectos que habían formado parte de la Junta de Defensa republicana continuaron trabajando en los refugios durante la etapa franquista. En definitiva, no obstante, era algo quimérico en medio de una posguerra en la que había mucha hambre y miseria. «La herencia recogida por el actual Ayuntamiento en materia de refugios antiaéreos de la ciudad de Barcelona crea uno de los problemas más serios y de mayor envergadura económica de los que se han presentado hasta ahora», destacaba uno de los arquitectos municipales en un informe del 27 de enero de 1941. Había una importante escasez de recursos económicos, pero también de competencias en esta materia.

Según el informe del arquitecto municipal, las obras necesarias para recuperar los 321 refugios que afectaban la vía pública sumaban unos 18 millones de pesetas (108.182 euros). Los arquitectos municipales instaban a actuar con cierta rapidez porque podían hundirse y representaban un peligro para la vía pública. Por otro lado, las autoridades franquistas temían que los refugios sirvieran como escondrijo de personas, armamento o documentación. De hecho, se conservan muchas facturas que acreditan que se contrató un número importante de empresas para que tapasen las entradas. Algunos refugios, sin embargo, sobrevivieron. En 1962 el Ayuntamiento de Barcelona elaboró un plan inventario de 153 refugios que aún existían en aquel momento y en 16 casos se realizó un estudio de conservación completo, túneles y estancias, así como la situación de las entradas y accesos.

La población estaba exhausta por el esfuerzo material y humano que habían significado los treinta meses de conflicto y, sobre todo, por las penurias sufridas en el último año. Pero con el régimen de Franco no llegó la paz, sino la represión. Solo durante 1939 en Cataluña se celebraron 15.094 consejos de guerra y más de mil ejecuciones. Mucha gente fue enviada a las cárceles o a los campos de concentración, o se marchó al exilio. Los que se quedaron intentaron sobrevivir como pudieron. Algunos lo habían perdido todo, incluso la casa, por culpa de las bombas.

Quienes habían simpatizado o simpatizaban con los franquistas lo tuvieron más fácil a la hora de recolocarse, porque había muchos pisos vacios. Un mes después de que cayera Barcelona, se creó la Comisión Revisora, activa hasta los años cincuenta. Tenía una plantilla de más de un centenar de trabajadores y diez delegaciones en unos cuantos lugares de la ciudad. Se elaboró una lista de más de un millar de pisos entre enero y febrero de 1939 con todo tipo de detalles sobre cómo eran las viviendas: número de habitaciones, si tenían muebles, cómo eran los baños, si había ascensor o calefacción, si había jardín y quién tenía las llaves. Muchos de estos pisos fueron ocupados por los vencedores con total impunidad.

Escritores, historiadores, periodistas, plasmaron en el papel sentimientos, luchas, impotencias, tanto en prosa como en verso. Hemos realizado una pequeña recopilación de aquellos escritos que nos han emocionado. Creemos que reflejan un momento histórico crucial de nuestra historia y que subrayan el hecho de que la retaguardia pasó a ser frente, sembrando la muerte y la destrucción.

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Este artículo ha sido redactado y/o verificado por el equipo de redacción de Revista Rambla.