El Presidente Paul von Hindenburg y el Canciller Adolf Hitler en 1933. Wikimedia Commons, CC BY-SA

La constitución no evitó el acoso y derribo del régimen de la República de Weimar. Aun teniendo en cuenta la distancia temporal, la estrategia actual de acoso y derribo a las democracias liberales, a pesar de sus constituciones, e incluso invocando su permanencia, no está tan alejada de aquella experiencia histórica.

La Constitución de la nueva República de Weimar fue aprobada en julio de 1919 y entró en vigor en agosto de ese mismo año. Su primera redacción corrió a cargo de Hugo Preuβ, un jurista de tendencia liberal progresista, y contó con la colaboración del ya entonces eminente sociólogo Max Weber.

Era una buena constitución. En muchos de sus aspectos la encontraríamos similar a las constituciones de las democracias liberales de hoy en día. La primera parte se refería a la organización del Reich y la segunda a los derechos individuales y sociales. Consagraba la separación de poderes. Establecía una estructura federal en la que los estados federales, los Lander, participaban en la labor legislativa a través de una cámara territorial, el Reichsrat.

Entre sus debilidades se encontraba el célebre artículo 48, probablemente inspirado por Max Weber, que reservaba al presidente poderes de emergencia, lo que posteriormente tuvo desastrosas consecuencias para la república.

El nacionalsocialismo llegó al poder sin impugnar la Constitución

Incendio del Reichstag (sede del parlamento de la República de Weimar entre 1919 y el 27 de febrero de 1933). Wikimedia Commons / National Archives and Records Administration, CC BY-SA

La interpretación de la Constitución, como ocurre a menudo, abría un amplio margen de maniobra para las fuerzas políticas y sociales. En los años anteriores al acceso de Hitler al gobierno, el centro de gravedad del poder experimentó un deslizamiento desde el Parlamento a la presidencia, pasando por el poder ejecutivo. Aun así, el Partido Nacional Socialista (NSDAP) no tuvo que impugnar la Constitución para alcanzar el poder. En cambio, sí arrumbó el sistema de partidos.

La exitosa estrategia de acoso y derribo de la República de Weimar que siguió el Partido Nacional Socialista constó de varios elementos:

  • Un aprovechamiento sistemático de todo acontecimiento histórico crítico para responsabilizar de sus consecuencias al gobierno de turno. Así cargó sobre los políticos el pesado lastre del Tratado de Versalles que, según Max Weber, desacreditó la paz en lugar de la guerra. A propósito de este acuerdo de paz, la ultraderecha inauguró la célebre Dolchtoβlegende, la leyenda reaccionaria de la puñalada por la espalda. Según esta, políticos y judíos habrían traicionado a los mandos militares propiciando la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Asimismo, la terrible hiperinflación de 1923, ocasionada en buena parte por los gastos que reportaban las reparaciones de guerra, fue atribuida a los partidos de Gobierno.
  • La propaganda nacional socialista se dedicó a agudizar la polarización social entre los “auténticos alemanes”, los verdaderos patriotas y sus enemigos, entre los que se incluía una amalgama compuesta por los medios de comunicación, el mundo financiero internacional, los partidos de Gobierno, los marxistas y el mundo de los “extraños” al pueblo alemán –inmigrantes y judíos–. Esta amalgama resulta bastante cercana a la que se halla en el momento actual en boca de la derecha iliberal para designar a sus adversarios.
  • La propaganda de acoso a la república puso en el punto de mira el parlamentarismo y el papel que juegan los partidos políticos en las democracias. Supo sacar provecho de la inestabilidad gubernamental (no hay que olvidar que en el tiempo que duró la República de Weimar se sucedieron más de 20 gobiernos) pues la crítica al pluralismo partidista tanto como el elogio de la homogeneidad de la comunidad nacional alemana formaban parte del núcleo de su propaganda. Tuvo en este cometido la inestimable ayuda de intelectuales que se dedicaron insistentemente a desacreditar el sistema de partidos.Las ideas de un notable jurista conservador, Carl Schmitt, fueron paradigmáticas en este sentido. Schmitt se mostró casi siempre partidario de legitimar soluciones autoritarias a la crisis institucional, como la sustitución del régimen parlamentario por una legalidad plebiscitaria.
  • La propaganda, en palabras de Theodor Adorno, se convirtió en la sustancia de la política de la derecha radical. Esta supo hipertrofiar su dimensión emocional y manipular los sentimientos afines al orden y la seguridad. No necesitaba esgrimir programas alternativos. Hitler reconocía que tenía un proyecto de país, pero despreciaba lo que denominaba programas concretos.

En otras palabras, la República de Weimar disponía de una buena constitución, pero las penosas circunstancias históricas por las que atravesó el pueblo alemán, la pérdida de la guerra, la paz de Versalles, la hiperinflación, la gran crisis del 29, la inestabilidad gubernamental y la propaganda y la acción del Partido Nacional Socialista socavaron sus cimientos.

La Constitución no llegó a ser anulada. No fue una garantía de la permanencia de la república. Estemos atentos a la lección que cabe extraer pues, aún disponiendo de una buena constitución, las democracias liberales pueden ser atacadas y debilitadas por otros medios. De hecho, resulta posible sacralizar la constitución y horadar al mismo tiempo el régimen que la sustenta.

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Profesora titular de Sociología, Universidad Carlos III.