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Sociedad Artículos LA GESTIÓN CÍVICA: ¿GIMNASIA REVOLUCIONARIA O MEROS ESTIRAMIENTOS PEQUEÑOBURGUESES?

LA GESTIÓN CÍVICA: ¿GIMNASIA REVOLUCIONARIA O MEROS ESTIRAMIENTOS PEQUEÑOBURGUESES?

 

 

 

Texto:Joan Pere Foto: Francesc Sans

El historiador y profesor de la Universitat Ramon Llull, Xavier Diez (autor, entre otros, del libro “Venjança de classe: causes profundes de la violència revolucionària a Catalunya al 36”), considera que la idea de “gimnasia revolucionaria” se ha visto, con el paso de los años, limitada y desdibujada en unas acciones especificas (tales, por ejemplo, como “hacer talleres de barricadas”  o distribuir mausers entre los obreros de alguna fábrica), perdiendo de este modo gran parte de su fortaleza emancipadora y amplitud histórica. Según Diez, la gimnasia revolucionaria significa que hombres y mujeres son capaces de cooperar, organizarse y trabajar al margen del estado burgués y de sus estructuras de poder, cimentando de ese modo una auténtica praxis alternativa y popular. Una praxis revolucionaria.

 

De entrada, pudiera considerarse que la gestión cívica de equipamientos socioculturales de carácter municipal dista sobremanera, por lo que se refiere a su carga revolucionaria, de la creación de cooperativas de trabajadores autogestionadas. En el presente artículo, no obstante, remaremos en contra de esta consideración, gracias a una interesante conversación con Anna Sellarès, que preside la asociación de segundo orden Turó Acció SocioCultural (TASC), la entidad ciudadana encargada de gestionar el centro cívico de Can Basté.

 

La gestión cívica, tal y como se recoge en la ponencia presentada en el “2n Congrès d'Associacions de Barcelona”, es un modelo de gestión de un espacio de titularidad municipal o de un proyecto de intervención que, en su base, supone un acuerdo entre el Ayuntamiento de Barcelona y una asociación sin ánimo de lucro implicada en el tejido asociativo del territorio (o de una entidad de segundo orden, es decir, una asociación formada a su vez por otras asociaciones) que sería la entidad gestora del espacio y sus actividades. Esto es: la sociedad civil pasaría de jugar un papel consumidor-pasivo, a otro tipo de papel que supondría la participación directa y la gestión de los recursos. En este sentido, es interesante recoger lo que Eva Fernàndez señala en “Moviment veïnal i municipalisme”, artículo publicado en el libro “Construint municipi des dels moviments socials”: se ha sobrentendido a menudo que la sociedad civil eran exclusivamente los sectores empresariales y, hasta cierto punto, las ONGs y los sindicatos, obviando de esa manera los movimientos sociales de base. Así, la gestión cívica entronca directamente con cierta tradición republicana de gobernar los asuntos públicos.  

 

La principal amenaza para el modelo que supone la gestión cívica, pues, ya habrá sido detectada por los lectores más avispados: el rol que desempeña el Ayuntamiento de Barcelona como depositario de un poder, en virtud del cual transfiere o cede la representatividad municipal y gestión de un espacio a una asociación sin ánimo de lucro, aunque también pudiera delegar (y de hecho, así ha ocurrido y ocurre), en una empresa privada que externalizaría la gestión. A esta amenaza, hay que sumar otra estrechamente relacionada a la primera: el control del financiamiento económico. Qui paga, mana, se suele decir como quién habla cargado de razones.Porotra parte, si, tal y como recoge el documento realizado para la III Trobada Alternativa de Nou Barris, se opta por impulsar un mayor desarrollo de la gestión cívica -incluyendo el punto crucial del autofinanciamiento-, nos encontraríamos ante una forma de 'urbanismo autogestionado' que, de modo subyacente, mantendría unos lazos nada anecdóticos con -¡oh, horror!- el movimiento okupa.

 

La gestión cívica y su posterior desarrollo viene posibilitado gracias al artículo 34 de la carta Municipal de Barcelona (aunque, por remitirnos al refranero castellano, ya sabemos que “La justicia de enero es rigurosa, mas la de febrero va siendo otra cosa...”):

 

“Les entitats, les organitzacions i les associacions ciutadanes sense ànim de lucre poden exercir competències municipals o participar en nom de l’Ajuntament, en la gestió de serveis o equipaments la titularitat dels quals correspon a altres administracions públiques. La gestió cívica de competències municipals es pot utilitzar per a les activitats i els serveis susceptibles de gestió indirecta, té sempre caràcter voluntari i no lucratiu i s’adjudica mitjançant concurs públic quan hi hagi diverses entitats o organitzacions amb característiques idèntiques o semblants.”

 

Desde otra perspectiva, la gestión cívica debe hacer frente a una debilidad que puede condenarla, no a galeras, sino a algo peor: no dejar de ser un proyecto más en la bandeja de entrada de los técnicos municipales de Participació Ciutadana y semejantes. Este punto, intrínseco al propio carácter definitorio de la gestión cívica, es el de la participación de asociaciones sin ánimo de lucro, con marcada implicación en el barrio en cuestión, y todo lo que la gestión cívica de un espacio o proyecto significaría: asambleas, consenso, responsabilidad, toma de decisiones, etcétera. Es decir, nada insuperable, aunque la dedicación de las asociaciones sería una cuestión innegociable. Ni tan siquiera debe entenderse esta dedicación como sinónimo de compromiso o voluntad: el principal obstáculo a la dedicación es la distribución demencial del tiempo de trabajo productivo. Carecería de toda razón reivindicar una gestión cívica y profundizar en ella, si detrás no hay un tejido asociativo que responda (aunque es evidente que la demanda de gestión cívica en un barrio presupone por sí misma un tejido asociativo fuerte y organizado). Anna Sellarès, desde su experiencia en el centro cívico de Can Basté, considera que lo importante es fomentar la participación de la ciudadanía, para regenerar el proyecto de la gestión cívica más allá de las asociaciones que impulsaron esta demanda. En la actualidad, observamos que en la ciudad de Barcelona ya se encuentran espacios municipales que obedecen a un modelo de gestión cívica (o, al menos, cogestionados por el Ayuntamiento de Barcelona y una entidad -o entidades- comprometida con  el barrio), como por ejemplo, en la Casa Orlandai, La Farinera del Clot, el Casal de Joves del Casc Antic, el Ateneu Popular de Nou Barris o el Centre Cívic de Can Basté.

 

Con la gestión cívica, según Sellarès, se presenta una oportunidad de recuperar la participación de la sociedad civil, de mostrarse autónoma y solidaria, con iniciativas y propuestas acordes a las demandas locales del territorio. Y como apunta el profesor Diez, no se ha hallado forma mejor de unir a la gente que propiciando lugares de encuentro, donde debatir cara a cara y proponer soluciones.

 

Antaño fueron los ateneos: Ferran Aisa ilustra, en su libro “La cultura anarquista a Catalunya”, todo el abanico de actividades que se desarrollaron en aquellos ateneos pre-guerra civil, que amalgamaban personas de ideologías diversas, pero que ofrecían talleres literarios, excursiones, conferencias, etcétera. Todos aquellos logros fueron prácticamente sepultados por una losa que duró casi cuatro décadas, y que aún hoy se siente sobre los hombros. La gestión cívica quizá no implique per se ganar musculatura revolucionaria, pero puede resultar de gran utilidad para recuperar y transmitir un relato perdido para la gran mayoría de hombres y mujeres, que se resume en el precepto que afirma que cualquier persona o colectivo goza de tantos derechos como es capaz de conquistar.   

 

Para saber más, visitad: http://www.congresassociacionsbcn.cat

          

 

 

 

 

 

 

 

 

  



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