DE TULIPANES Y OTRAS HIERBASSábado, 11 de Junio de 2011
Josep Lluís Nicolás
En sus años de gloria la revista contracultural “Ajoblanco” publicaba al principio de verano un número especial, una guía de viajes. En ella desfilaba desde el mítico Magic Bus, una DKW o similar que unía por carretera París y Katmandú pasando por Kabul y Teherán, a las capitales freaks de Europa (el significado no era el mismo que tiene hoy en día). Ámsterdam era la principal. Por vocación y por voluntad.
Un par de colegas pillaron el especial de junio de 1976 y se fueron para allá con él bajo el brazo. Evidentemente fueron la envidia de la peña durante mucho tiempo. El Ajo del 76 recomendaba no dormir en Vondelpark, acababan de prohibirlo, así que mejor probar en el Youth Christian Hostel o en el sleepin de Rozengracht. Otras recomendaciones eran agenciarse un Use it, una especie de programa sobre lo que se cocía en la ciudad, unas cuantas direcciones de restaurantes baratos y otras de lugares de moda tipo Paradiso o Melkweg, el famoso, entonces, Milky Way.
Ámsterdam representaba, en los rescoldos de la dictadura, en los años setenta, el paraíso. Un referente de libertad. Un faro en la tiniebla. Un supermercado de píldoras. Papel de liar.
Bloemenmarkt es el único mercado flotante de flores en el mundo. Sobre el canal Singel, entre Koningsplein y la Munttoren una quincena de comercios montados sobre barcazas, aunque sea prácticamente imposible apreciarlo desde la calzada, ofrecen el producto nacional por excelencia: el tulipán. Un bulbo procedente del centro de Asia que arribó a Anatolia en el siglo XI y de allí hasta el Al-Ándalus. En el XVII llegó hasta el norte de Europa y en los Países Bajos, el cultivo del bulbo se convirtió en una autentica obsesión. Obtener flores de pétalos refinados y coloraciones únicas se convirtió en enfermedad. La tulipomanía azotó los bolsillos y el sentido común de los holandeses. Bulbos de las variedades más curiosas y raras se llegaron a vender a precios exorbitantes: las Admiral Van der Eyck, Childer, Viceroy o Admiral Liefken, podían costar, en ese orden, entre los 1260 y los 4440 florines. La llamada Semper Augustus, la variedad más cotizada, alcanzó, en Haarlem, los seis mil florines, cuando un sueldo anual medio apenas sumaba los ciento cincuenta. La sinrazón y el exceso de la demanda creó lo que hoy se llamaría un mercado de futuros, es decir, se vendía aire, la perspectiva del comercio de bulbos a un plazo determinado. Con el tiempo el aire se devaluó haciendo estallar una de las primeras burbujas especulativas de las que se tiene noticia. En 1852 el periodista escocés Charles MacKay resumió el periodo en su libro Extraordinary Popular Delusions and the Madeness of Crowds (Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes). Según MacKay hubo quien invirtió fortunas de hasta 100.000 florines en la compra de cuarenta bulbos. Actualmente el bulbo se sigue vendiendo, a precios asequibles, en todo el mundo. Holanda concentra el 87% de la producción mundial. Cuatro mil millones. De ellos poco más de la mitad se dedican al mercado de la flor cortada. En el mercado flotante de Ámsterdam se pueden encontrar bulbos de tulipán de todo tipo, a granel, con etiquetas alusivas a la ciudad, con Rembrandt como protagonista, envueltas en zuecos de porcelana de Delft. No hay más limite que el de la imaginación. Y la frase no es del Ajo. Ver comentarios de facebook sobre este articulo |
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