ATALAYAS GADITANASMiércoles, 04 de Mayo de 2011
Josep LLuís Nicolás
La mejor es, sin duda, la Torre de Poniente de la Catedral Nueva. Desde ella se otea, a levante, toda la bahía, desde el Puerto de Santa María hasta Puerto Real, y hacia occidente el océano interminable. Pero también se distinguen una pequeña miríada de torreones que, impertérritos, proyectan la atención sobre la azul superficie del Atlántico. Son las torres miradores de Cádiz.
Hasta 1717 todo el comercio que llegaba del Nuevo Continente se descargaba en Sevilla, el puerto fluvial de la ciudad andaluza monopolizaba el trasiego de mercancías entre América y España desde el segundo viaje de Colón ya que se consideraba el puerto más seguro, protegido de ataques y más fácil de fiscalizar por la Hacienda Real. El inconveniente que presentaba el puerto hispalense era precisamente el perfil del lecho del río, con arenales de escasa profundidad en algunos tramos, como en la barra de Sanlúcar, que dificultaban el acceso a galeones de gran tonelaje. De hecho se llegó a prohibir el tráfico de navíos de más de 400 toneladas. Prácticos y naves de menor calado trasvasaban las mercancías entre bajeles hasta la urbe sevillana. Se calcula que sobre el 9% de las embarcaciones en tránsito hacia Sevilla habían embarrancado en algún punto del río entre 1503 y 1650. Esta no fue la única razón, pero favoreció, durante el reinado de Felipe V, el traslado de la Casa de Contratación y del Consulado de Indias de Sevilla a Cádiz.
Ese cambio en la ruta de las mercancías atrajo un sinnúmero de comerciantes, no solamente de la península, sino también genoveses, británicos, holandeses y franceses que se establecieron en la Tacita de Plata. Enriquecidos, construyeron nuevas edificaciones de dos o tres plantas acordes a las necesidades del comercio, las casas de cargadores a Indias. Amplios patios porticados donde almacenar las mercancías, aposentos para la familia y el servicio, y, en los tejados, levantaron pequeños torreones para poder vigilar la llegada o la partida de las naves. Los miradores, pequeñas torres cuadradas construidas sobre el tejado, solían tener uno o dos pisos. Arriba izaban una enseña característica de cada comerciante para poder ser reconocidos por los navíos. En la maqueta de la ciudad de 1777 que se muestra en el Museo de Cádiz se cuentan hasta 166 miradores de los que aun se conservan 126.
Las primeras que se erigieron eran simples terrazas sobre la torre de planta cuadrada, luego se añadieron pequeñas garitas para resguardarse de la intemperie. Las llamadas torres de sillón son las que tienen esa forma, proporcionada por sus muros laterales. También se levantaron torres mixtas, con forma de sillón y con garita. Solo hay una excepción, la única torre octogonal, conocida como la Escondida, ya que solo se puede ver desde cualquier otro mirador, y que se encuentra en la calle José del Toro. Dos excepciones más se hallan cerca de la plaza de España. Son las casas de las Cuatro y de las Cinco Torres, que para esquivar la norma que solamente permitía la construcción de un mirador por finca, dotaron al edificio de cuatro (y cinco) puertas.
Otra torre particular era la Torre del Vigía, dependiente de la Marina y que registraba el movimiento de navíos del puerto. Inicialmente estuvo emplazada en la casa del Padre Calderón, en el barrio de Santa María. Tras varios traslados se ubicó definitivamente, en 1778, en el mirador más elevado de la ciudad, en la casa palacio de los Marqueses de Recaño, en el cruce de las calles Sacramento y Marqués del Real Tesoro. La torre del palacio tomó el nombre de sus primeros vigías, los tenientes de fragata Antonio Tavira y su hijo Aurelio. Cuando el cielo está despejado se puede ver, desde los 41 metros que la separan del nivel del mar, el perfil de la costa africana.
Hoy el palacio alberga el Conservatorio de Música Manuel de Falla. En la Torre Tavira, que se puede visitar, hay habilitada una cámara oscura, inaugurada en 1994, desde la que se puede observar, con toda discreción, una curiosa panorámica de la ciudad.
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