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Ocio Viajes UN LUGAR LLAMADO ALICE

UN LUGAR LLAMADO ALICE

 

 

Josep Lluís Nicolás

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El rostro de Masiko se reflejaba en el cristal de la ventana del autobús. Estaba sentada frente a mi, adormecida, se había abandonado ante el cansino y monótono paisaje que quilómetro tras quilómetro se deslizaba del otro lado de la luna del Greyhound Pioneer. Verdes arbustos matizados por el propio vidrio que filtraba el color se alternaban con interminables hileras de enormes termiteras a uno y otro costado de la carretera. A través del reflejo de su cara cruzaban los largos y salvajes road-trains, largas combinaciones de cabinas tractoras con una hilera de tres y hasta cinco remolques adosados uno tras otro, que hacían apartarse incluso a los mismos autobuses hacia un arcén inexistente.

 

La última señalización que había visto indicaba 40 quilómetros hasta la población más cercana: Katherine. Para la siguiente, Alice Springs, faltaban 1600. Entre ambas, nada.

 

Miraba a Masiko. Y a su reflejo. A través de ella no transcurría la distancia. Dormía en una cerrada mirada inocente.

Había decidido hacer el trayecto entre Darwin y Alice en autobús. Quería apreciar las sutiles modificaciones del paisaje a lo largo de la ruta entre el norte y el mismo centro de Australia. Me apoyaba en el cristal escudriñando el horizonte. Mire una vez más a Masiko. También me dormí.

 

Desperté en un lugar llamado Alice, situado entre lo que los australianos llaman el Top End, o Down Under, entre la tierra de Arnhem, junto al mar de Arafura y el centro de la isla-continente: el Never-Never. Allí donde no hay nada, ni siquiera un desierto. Jeannie Gunn, recién casada se trasladó con su marido desde Melbourne a Homestead, en el Territorio del Norte, para hacerse cargo de una granja de ganado a finales del siglo XIX. Allí, en una región que ella definió con un superlativo más: behind the back of beyond, describió la zona y la vida en ella en un ensayo costumbrista en el que narra las relaciones con los aborígenes y la rutina cotidiana en la nada: “We of the Never-Never”. Hoy un clásico australiano.

 

Aunque no es completamente cierto que no haya nada. Moscas. Miles de moscas. A todas horas. En casi todas partes. Quizás con la excepción del Saloon de Todd street, allí donde trataba de ver un partido de futbol australiano entre los Parramatta Eels y no recuerdo que otro equipo, con una buena cerveza Coopers entre la barra y mis labios.

 

Alice Springs nació como una estación de la Overland Telegraph Line,  telégrafo entre Adelaide y Darwin, mucho antes de convertirse en la “capital” del centro rojo de Australia. Hoy, unos veinticinco mil habitantes se congregan en las calles que rodean el centro comercial, cerca de la colina donde un monumento al ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) conmemora la participación de tropas australianas y neozelandesas en las dos Guerras Mundiales. Desde allí se otea la calma y el propio aire tórrido que reposa sobre la ciudad. Alice es la puerta de entrada de los Montes Olga, Ayer’s Rock y King’s Canyon, este último escenario de la dura comedia de Stephan Elliot “Las aventuras de Priscilla, Reina del Desierto”, en la que tres drag-queens recorren el outback australiano con las melodías de Abba como telón de fondo.

 

Dejé a Masiko por Alice y a Alice por las Olga. Las Olga son un conjunto de 36 impresionantes cúpulas de conglomerado y basalto rojizo que se extienden sobre 22 quilómetros cuadrados al sudoeste de Alice Springs. La formación más alta llega a los 1066 metros de altitud. Un tal Ernest Giles la bautizó en 1872 Monte Olga en honor de la reina Olga de Würtemberg. Los aborígenes las llaman Kata Tjuta, “las muchas cabezas”.

 

Al este de Kata Tjuta sobresale de la planicie roja la enorme mole, también roja, de Ayer’s Rock, uno de los parajes naturales más conocidos del país. Los aborígenes de la zona, los Pitjantjatjara y Yankunytjatjara, la conocen por el nombre de Uluru y la consideran, especialmente la cima, un lugar sagrado. Miles de turistas ascienden desconsideradamente cada año. A veces soy considerado. Me limite a recorrer el paseo de casi diez quilómetros que rodea el impresionante peñasco.

 

Uluruse torna todavía más rojo al atardecer, cuando declina la luz del día y el sol le presta aun más matices carmesíes y bermellones intensificando el color de la roca y despertando recuerdos del tiempo de los sueños, el Dreamtime, en el que, según las culturas aborígenes, se soñó el mundo para que fuera creado.

 

Por la mañana, al despertar, abandoné de nuevo a Alice, esta vez por Adelaida, mil quinientos quilómetros al sur.

 


 


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