ETIOPIA LOS MURSIViernes, 25 de Marzo de 2011
Texto y fotos: SILVANA G.
Pasadas las once de la mañana llegamos al poblado de los mursi, después de tres horas de trayecto por una infernal pista de tierra sin asfaltar llena de baches. Es una de las zonas más inaccesibles de Etiopia, que permanece completamente incomunicada en época de lluvias. Nada más bajar del todoterreno, una nube de mujeres y niños se abalanza literalmente sobre nosotros, algunos con una actitud bastante agresiva y violenta. Gritan ¡foto, bir!, ¡foto, bir!, ¡foto, bir!... (bir es la moneda de Etiopía, aproximadamente 1 bir son 0,20 céntimos de euro). Esta es su carta de presentación. Son las únicas dos palabras que han aprendido a pronunciar para comunicarse con nosotros. La relación que se establece entre mursis y turistas es estrictamente comercial. Nada más. Saben que no todos conseguirán ese día dinero a cambio de dejarse fotografiar, de ahí la agresividad que exhiben algunos y el acoso al que someten al turista.
De hecho, la visita a estos poblados se hace siempre con un hombre mursi armado ante la posibilidad de que pueda producirse algún incidente o malentendido entre unos y otros que derive en palabras mayores. Antes, hemos dejado las mochilas y los objetos de valor en el interior del vehículo debidamente custodiados por nuestro conductor.
El poblado en sí está formado por unas cuantas chozas de paja sumamente humildes. Hay muchas mujeres y niños y muy pocos hombres. Todos revolotean entorno al turista.
La sensación es de una gran decepción, la escena deplorable, Es la consecuencia más negativa de la llegada del turismo a uno de los últimos reductos vírgenes del continente africano.
Hago cuatro disparos, me llevo cuatro veces la mano a los bolsillos. Enseguida me invade el remordimiento, acabo de poner mi granito de arena para que esta tribu siga prostituyéndose en el futuro. Guardo la cámara en la mochila, me alejo hacia donde están aparcados los coches y me dedico a contemplar la película, una película dantesca. Al margen de esta triste impresión, no cabe duda de que los mursi son una de las etnias más impactantes para los ojos occidentales.
Las mujeres se pintan el rostro, se rapan la cabeza y lucen complejos tocados elaborados con materiales tan diversos como aros metálicos, chapas, hierros, caracolas, telas o panochas de maíz.
Pero, su principal rasgo distintivo son los platos que se colocan en el labio inferior o en los lóbulos de las orejas como símbolo de elegancia y de estatus social. Estos platos, de cerámica o madera decorados con motivos diversos, pueden llegar a superar los veinte centímetros de diámetro. Cuanto más grande es el plato, más valorada está esa mujer y mayor será la dote que pida su padre cuando se case, una dote que se traduce en vacas, la principal posesión material de los mursi. Algunas mujeres, para que el plato luzca mejor, llegan incluso a arrancarse los cuatro incisivos inferiores. Mientras que la ornamentación es muy rica, la vestimenta de las mujeres mursi es muy sencilla: una falda de piel de animal.
Si las mujeres cuidan mucho su estética, los hombres no son menos. Estos se pintan el cuerpo con dibujos geométricos, llevan aros en las orejas, plumas en la cabeza o cuernos de animales.
Los mursi viven en el Parque Nacional de Mago y en el Parque Nacional del Rio Omo, en el sur de Etiopia. Parece ser que proceden de lo que hoy en día es Sudán y, en la actualidad, a penas superan los 3.000 individuos.
Tienen fama de ser la etnia más temperamental y agresiva del Valle del Omo. De hecho, muchos hombres mursi lucen escarificaciones en espalda y torso por cada enemigo o animal abatido. Una costumbre ancestral que no está reñida con los aires de una mal entendida "modernidad": así, no es difícil encontrar a un hombre mursi con un kalashnikov colgado al hombro, arma que exhibe, además, con orgullo. Sin embargo, la llegada de armas automáticas a estas tierras ha hecho que los históricos enfrentamientos con otras tribus que viven en la misma zona debido a disputas por el ganado y por las tierras sean más dramáticos en los últimos tiempos.
Y es que el principal modo de subsistencia de esta etnia es la ganadería, principalmente, ganado vacuno. Los mursi no poseen grandes rebaños -el promedio es de una cabeza por habitante- de manera que complementan esta actividad económica con la agricultura, sobre todo, con el cultivo de sorgo y maíz. En épocas de malas cosechas, intercambian ganado por cereales y/o se alimentan con una mezcla hecha a base de leche y sangre de vaca. Además de la ganadería y la agricultura, se dedican también a la recolección de miel.
Uno de los rituales más significativos de los mursi son los torneos de lucha que se celebran anualmente coincidiendo con el fin de la temporada de lluvias y con la recogida de las cosechas. En estos torneos los jóvenes se baten en “duelo” con los “donga” (unas largas varas) para poner a prueba su valor, destreza y masculinidad. Antes de que dé comienzo la ceremonia, los luchadores se pintan la cara para intimidar y atemorizar a sus oponentes. El ganador del torneo conseguirá el respeto y el prestigio de su comunidad y conquistará el corazón de las jóvenes casaderas.
La hambruna, la sequía, los enfrentamientos étnicos, las luchas por los límites territoriales…..amenazan la supervivencia de esta etnia que ha visto como poco a poco se reducía drásticamente su población.
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