ETIOPIA 1Lunes, 14 de Febrero de 2011
Texto y fotos: SILVANA G. 1º Capitulo de 5
Son uno de los últimos vestigios en el continente africano de unas costumbres ancestrales. Hasta ahora, han vivido ajenos a cualquier influencia externa y a los tiempos que corren y sin saber a penas qué hay más allá de sus fronteras naturales. Son los mursi, hamer, karo, dassanech, banna, bume....Más de 40 grupos étnicos que conviven en el Parque Nacional del río Omo y en el Parque Nacional de Mago en el sur de Etiopía, cerca de la frontera con Kenia y Sudán.
Visitar este recóndito rincón del mundo de difícil acceso representa un auténtico viaje al pasado. Aquí nada ha cambiado o muy poco en siglos. Viven igual que sus antepasados, como hace cientos de años. Objetos y aparatos que a nosotros nos resultan de primera necesidad aquí desconocen incluso su existencia. El tiempo no viene determinado por las agujas del reloj, no hay prisas, siguen viviendo según el dictado que marca la salida del sol y el ocaso. Buena parte de estas tribus son todavía seminómadas y van de un lado a otro acarreando con sus escasas posesiones materiales. Y, como sus antepasados, celebran primitivas ceremonias y rituales para festejar los momentos más decisivos de sus vidas.
El sur de Etiopía es una de las zonas del planeta más vírgenes e impactantes para todo viajero amante de lo desconocido. Aquí es donde mejor se percibe cómo era el Africa negra antes de ser colonizada por los europeos. No hay que olvidar que Etiopía es el único país de todo el continente que nunca llegó a ser colonizado, hecho que enorgullece a su población.
Vivir en una zona aislada e inhóspita les ha permitido preservar sus señas de identidad, su cultura, sus costumbres. Cada una de estas etnias tiene su propia ideosincrácia, pero todas comparten un denominador en común: su cuidada estética y la rica ornamentación corporal y facial que refleja una gran creatividad. Sin duda, la más famosa de todas estas etnias es la de los mursi por los platos labiales que lucen sus mujeres. Esta riqueza decorativa tanto en mujeres como en hombres contrasta con la sencillez de sus ropas que se limita, por lo general, a una sencilla tela o a una piel de animal.
La economía de estas gentes es de subsistencia, principalmente, ganadería y agricultura. Una economía supeditada a las condiciones metereológicas y a la dureza y hostilidad del territorio, donde las épocas de sequía se traducen en malas cosechas que aún agravan más una condiciones de vida ya de por sí paupérrimas. Y es que el sur de Etiopía es una de las zonas más pobres del planeta con unos porcentajes muy elevados de desnutrición y de mortalidad infantil y con una esperanza de vida que ronda los 40 años de edad. Además, enfermedades como la malaria o la hepatitis siguen diezmado a la población años tras año.
Afortunadamente, un programa impulsado por la FAO ha mitigado en parte el problema de la mosca tse-tse, (el llamado insecto de los “pobres” por los expertos), que durante años hizo estragos en la población y en el ganado. Si bien muchas organizaciones no gubernamentales están realizando un gran esfuerzo en el sur del país, no puede decirse lo mismo del gobierno de Etiopía. Estas gentes viven aisladas y en el más completo abandono institucional y en un hábitat cada vez más deteriorado que amenaza su existencia.
Un simple vistazo a alguno de los mercados semanales que se celebran en las diferentes aldeas refleja la pobreza y la escasez en la que viven estas etnias: unas cuantas vasijas de cerámica, leche, mantequilla agria y los pocos frutos que les da esta tierra hostil como sorgo, maíz, alubias.....y poco más.
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