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Ocio Viajes El GHETO

El GHETO

 

 

 

Josep Lluís Nicolás

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Cerca del puente Guglie, junto a la fondamenta della Pescheria, hay un pequeño soportal que pasa fácilmente desapercibido. Una pequeña placa amarilla, al modo de aquellas que señalan la dirección hacia San Marco o a la Academia, indican la entrada al barrio judío de Venecia. Apenas traspasado el sombrío umbral, hay, a mano izquierda, una pastelería hebrea. Podría decirse que se trata de una dulce bienvenida al Gueto. Tras el cristal del aparador se alinean Orechiette di Amman, Bisce, Zuccherini, Azime dolci y Strudels de manzana bajo una pálida luz amarillenta que otorga a los dulces un brillo similar al de las capas de yema de huevo que se aplican antes de introducirlas en el horno.

 

La palabra “Gueto”, en el sentido y con la connotación de marginación que posee en la actualidad, proviene del vocablo veneciano “Geto”, con el que se conocían los hornos de metal que había en la zona. Cómo el Arsenal, las fundiciones de cobre eran una institución militar, administradas por la “Casa del Geto” y por el “Officio del Geto del Rame”, y como tales estaban protegidas por muros. Por lo menos catorce de ellas estaban activas en el siglo XV y proveían la aleación necesaria para fabricar cañones, destinados a las campañas en Terraferma de la Serenísima República.

 

Tras el Edicto de Granada, de 1492, por el que se decretaba la expulsión de los judíos de los Reinos de Castilla y de Aragón,  la guerra de la Liga de Cambrai, librada a principios del siglo XVI entre Francia, los Estados Pontificios y Venecia y el avance turco en el levante mediterráneo, parte de esta población hebrea desplazada recaló en la laguna véneta. Hasta el 29 de marzo de 1516, vivían diseminados, aunque con restricciones, en distintas zonas de la ciudad, pero a partir de esa fecha un decreto les conminó a residir en un área en la que pudieran ser fácilmente aislados y controlados y que únicamente se les permitiría abandonar entre el alba y la puesta de sol. Se propuso el pentágono que habían ocupado anteriormente las fundiciones nuevas, el “Gheto Novo”, amurallado y con solo dos accesos posibles. Unos 700 judíos fueron obligados a mudarse ese año convirtiéndolo en el asentamiento forzado más antiguo. Un siglo después más de 5000 personas se hacinaban dentro de su perímetro. En el “Gheto Novo” están los edificios más altos de la ciudad. El gueto también creció, expandiéndose hacia el suroeste y sureste por las zonas conocidas como “Gheto Vechio”, en 1541, y “Gheto Novísimo”, en 1633. La antigüedad de las fundiciones no está en correspondencia con la antigüedad de los asentamientos forzados. El aislamiento de los judíos del gueto se relajó tras la victoria de Napoleón sobre la República Veneciana y acabó definitivamente tras la unificación  de Italia. 

 

Siguiendo la calle, la calle del Gheto Vechio, y una vez pasada la lápida en la que todavía se pueden leer los castigos previstos para los falsos conversos, se llega al campo delle Scuole, una pequeña plazuela a la que asoman tres de las sinagogas del barrio, que aquí se llaman Scuole, la Española, la Levantina y la Scola Luzzatto. La diversa procedencia de las comunidades hebreas dio lugar a la construcción de los distintos centros de oración y reunión. Provenientes de la península ibérica, llegaron sefardíes y “marrani”,  conversos obligados. En 1580,  erigieron la Scola Ponentina o Española, la mayor sinagoga veneciana, restaurada en 1635 por el reconocido arquitecto Baldassare Longhena, artífice de la basílica de La Salute y de Ca’Rezzonico. En el campo dil Gheto Novo está la Scola Grande Tedesca, de rito askenazí, se construyó en 1529 y tiene una curiosa planta trapezoidal. Junto a esta, el Museo Ebraico, que abrió en 1955,  alberga una importante colección de piezas litúrgicas de plata.

 

Originariamente solo había dos accesos al gueto. Uno era el pequeño puente metálico del Gheto Vechio. El escaparate de una librería asoma sobre sus ocho escalones. El otro es el puente del Gheto Novo, sobre el rio San Girolamo. En su acceso septentrional, en la fondamenta dei Ormesini, un par de garitas se mantienen en pie junto a cada barandilla. Desde ellas se controlaban las idas y venidas al barrio. Un tercer puente enlaza una vez atravesado un bajo sotoportego el Gheto Novo con el Gheto Novisimo. Desde este se aprecia el modo en el que las edificaciones crecieron hacia el cielo. Hoy los tendales de ropa secándose al sol cruzan el rio de lado a lado sobre las cabezas de los escasos viandantes que caminan entre ambos guetos.

 

El Gueto de Venecia alberga todavía a tres centenares de hebreos que no han renunciado a permanecer en este peculiar entorno. El campo del Gheto Novo está permanentemente vigilado por un puesto de carabinieri, pero, obviamente ya no se vigila a su población sino la seguridad de sus locales y estancias en prevención de un atentado antisemita. Al fondo, sobre un muro, unos relieves del artista lituano Arbit Blatas, recuerdan a los dos centenares de judíos venecianos deportados a los campos de concentración nazis entre 1943 y 1944. Una yeshiva, un restaurante de cocina kosher y una librería acentúan el carácter del barrio.

 

Otras historias cuentan que un tal Melquisedech, quizás se trate del mismo que conoció Corto Maltés, orfebre que habitaba en una casa con un bello jardín al que se accedía tras atravesar un estrecho soportal, había encontrado tras unas piedras en el muro el “Mutus Liber”, el Libro Mudo, un antiguo libro compuesto por una quincena de tablas, sin comentario alguno, que remitían a fórmulas alquímicas de la transmutación de la materia, ¡la piedra filosofal!, impreso en La Rochelle un día vigesimotercero de noviembre de 1666. Decían que el libro fue escondido por Josef Nassi, un relevante converso español del siglo XVI. Obviamente algo no cuadra. Por otra parte recordaba precisamente al libro titulado “Clavículas de Salomón”, que una vez tuve la oportunidad de ver, en una edición de 1641, forrado en tapas de terciopelo negro, en una antigua librería sevillana.

 

Antes de salir del gueto, sobre el puente de San Girolamo, queda la sensación de que ni siquiera faltaba Shylock, el mercader creado por Shakespeare.

 




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