Revista Rambla
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Ocio Viajes A ORILLAS DEL NILO

A ORILLAS DEL NILO

 

 

Josep Lluís Nicolás

 

Me imagino a Naguib Mafuz sentado en una mesa del café Fishawa. Su cigarrillo entre los dedos. Hojeando sus notas. Un poco más hacia allá y a la derecha su café. De cuando en cuando levanta la cabeza y examina sus pensamientos entre sus recuerdos. Un camarero, atento, le renueva el cenicero. Mafuz baja la cabeza y repasa sus notas, tras una bocanada de su Kent a medio consumir. Una escena probablemente común antes del atentado en el que un descerebrado lesionó su cuello y su mano con un cuchillo en su café favorito de Jan al Jalili.

 

Casi un par de milenios antes de que Mafuz se sentara en su mesa del Fishawa, Roma estableció un poco más al sur, a orillas del Nilo, una fortificación a la que llamó Babilonia, quizás plagiando a la ciudad acadia de Mesopotamia. El puesto romano tampoco quedaba excesivamente lejos de Menfis, antigua capital del Bajo Egipto. El primer embate musulmán, pocos años después de la hégira, construyo un asentamiento al que se llamó Fustat, al que seguirían Al Askar, un campamento militar, y Al Qatta’i, base de Ibn Tulun, antes de que los fatimíes fundaran, en lo que sería una amalgama de todos los anteriores Al Qahira, la Victoriosa.

 

También han llamado a El Cairo Umm al Daria, la madre de las ciudades. El apelativo quizás no esté apoyado en su antigüedad, sino en sus dimensiones. La ciudad del Nilo es la mayor del mundo árabe y de África. Unos veinte millones de almas se hacinan a ambas orillas del rio. Cuando apenas han dejado de sonar los eternos cláxones de los vehículos a altas horas de la noche, vuelven a sonar con las primeras luces del alba. El tráfico es un infierno. Cruzar una calle cerca de Meidan Tahir, en el centro, es una cuestión de ignorancia y de fe. Hay que ignorar a los vehículos y creer firmemente en llegar a la otra acera. Aún así la megalópolis egipcia no deja indiferente a nadie, es una cuestión de extremos, se odia o se ama.

 

Cerca de Meidan Tahir está el famoso Museo Egipcio, desbordado por las innumerables piezas exhibidas y las almacenadas, sin lugar para ser expuestas. Algunas de ellas, aunque obviamente una ínfima minoría, son copias, como la piedra de Rosetta, que ayudó a Jean François Champollion a descifrar el lenguaje de los jeroglíficos. El original está en el British Museum de Londres. Pero lo que es realmente excepcional es el propio concepto museístico, característico del siglo XIX, y es quizás eso lo que le confiere un encanto especial.

 

Liberando la imaginación es fácil sentir antiguas presencias. La del Al-Nāsir Salāh ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb o Saladino, conquistador de Jerusalén un viernes 27 del mes de rajab del 583 de la hégira. En El Cairo, pocos años antes había levantado los muros de la Ciudadela sobre la colina de Muzzattam. En su interior se construiría posteriormente la mezquita de Mehmet Alí, enteramente en alabastro.

 

Otra presencia es la del célebre viajero de Tánger, Ibn Battuta, quién en el siglo XIV describió en sus libros de viajes la ciudad del Nilo: “encuentro de viajeros, parada de débiles y poderosos. Encuentras todo lo que deseas, sabios e ignorantes, hombres diligentes o dados a las bagatelas, de baja extracción o de ilustre nacimiento, nobles o plebeyos, anónimos o famosos. El número de sus habitantes es tan considerable que sus movimientos la hacen parecer un mar agitado”.

 

La de Giovanni Leone de Medicis, León el Africano, quien vivió durante el fin del dominio de los mamelucos circasianos, cuando el Gran Turco ocupó la ciudad el 23 de enero de 1517. Con el poder político radicado en Estambul, Egipto se convirtió en una simple provincia del Imperio Otomano.

 

O la de los viajeros hispanos Eduardo Toda, Alí Bey o del canónigo Juan Perera, entre otros. De este último se conoce su estancia en el país del Nilo a través del quinto libro de la “Cosmographia Universal del Mundo”, de José Sesse, impreso en Zaragoza en 1619. Tres siglos después de la visita de Ibn Battuta, Perera coincide en la percepción de la desmesura de la urbe. Coetáneo de Perera fue el peregrino en ruta hacia Jerusalén Pedro Escobar Cabeza de Vaca quién escribió sobre las pirámides que: “Con gran razón les ponen este nombre de una de las Siete Maravillas que el universo mundo encierra y tiene, porque mirar dos máquinas tan grandes puestas en medio de un muy ancho campo sin que admiración cause, no es posible.”

 

Toda, quien fue durante dos años cónsul general de España en El Cairo, participó a finales del siglo XIX en distintas excavaciones, publicó diversas obras de egiptología y recogió una importante colección de fotografías y postales del país, algunas de ellas, por cierto, restauradas por el fotógrafo, Jordi Mestre, además de numerosas piezas hoy expuestas en el Museo Balaguer de Vilanova y la Geltrú.

 

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