ANGKOR, LA CIUDAD PERDIDA EN LA JUNGLA DE CAMBOYAMartes, 28 de Diciembre de 2010
Texto y fotos por SILVANA F.
El calor y la humedad han hecho el resto. Las piedras del templo lucen un color verde-pardusco que se confunde con la maleza. Por un instante me siento como Livingstone en busca de algún templo perdido.
Ta Prohn es uno de los muchos edificios que salpican la ciudad abandonada de Angkor en Camboya. Un lugar mágico, misterioso, enigmático. Si uno quiere saber qué sentían los exploradores cuando redescubrían una ciudad olvidada en la memoria del tiempo, Angkor es uno de esos lugares.
Capital del poderoso imperio jemer, durante su época de esplendor, entre los siglos IX y XV, llegó a dominar todo el sureste asiático, desde el Mar de China hasta el golfo de Bengala. Después, la ciudad fue abandonada por motivos que todavía no han sido esclarecidos en la actualidad. Durante cientos de años, Angkor permaneció olvidada y oculta bajo el manto de la selva camboyana hasta que fue descubierta en el siglo XIX, en plena época de fervor de los exploradores occidentales, por el francés Henry Mouchot. Dicen que la culpa de todo la tuvo una delicada mariposa. Siguiendo su aleteo, Mouchot se encontró con la ciudad perdida en 1860, devolviendo a la humanidad uno de sus grandes logros arquitectónicos y artísticos y recuperando para la memoria uno de los más poderosos imperios que ha dado el continente asiático.
Ciento cincuenta años después, algunos de los edificios de Angkor lucen el mismo aspecto que vieran los ojos de Mouchot en la segunda mitad del siglo XiX: devorados y semiocultos en las entrañas de la inexpugnable jungla.
La ciudad de Angkor se encuentra entre los montes Kulen y el lago Tonle Sap, en el norte del país. Su época dorada comienza en el siglo IX, cuando el rey Jayavarman II somete a los pueblos vecinos y construye un único reino convirtiéndose él mismo en la encarnación del rey-dios. Para reforzar su imagen divina y su poder terrenal, empieza a construir grandes templos, tradición que seguirán sus sucesores.
Recientes investigaciones sugieren que Angkor tuvo una población de hasta medio millón de habitantes en su época de máximo esplendor, lo que la convertiría en uno de los mayores centros preindustriales de la humanidad.
En la zona arqueológica de Angkor, patrimonio de la UNESCO desde 1992, se han contabilizado unos 910 monumentos dispersos en un área de unos 200 kilómetros cuadrados. El recinto consta de dos partes claramente diferenciadas: Angkor wat, el templo principal y Angkor Tom, la ciudad real fortificada.
Angkor wat, icono del arte camboyano, es una de las construcciones religiosas más grandes del mundo. Fue edificado en honor del dios hindú Vishnú, aunque con la llegada del budismo en el siglo XII abrazará la nueva religión. Desde entonces, monjes budistas custodian el lugar sagrado, testigos únicos del devenir del templo durante siglos.
Cuatro murallas exteriores rodean el edificio con bajorrelieves que relatan en piedra el ramayana, el libro sagrado de los hinduistas. Las guerras entre hombres y dioses que se muestran bajo la apariencia de feroces animales. Junto a los relatos épicos, aparecen las ninfas celestiales, figuras de mujeres voluptuosas y sensuales. Traspadas las murallas, aparece ante nuestros ojos un foso en el que antaño reinaban en sus aguas los cocodrilos. Una larga balaustrada de piedra conduce hasta la puerta principal del templo, que consta de tres edificaciones rectangulares. En el recinto interior se elevan majestuosas cinco torres en forma de loto, que simbolizan el centro del universo hindú
La mejor hora para visitar Angkor wat es cuando despunta el alba y los primerizos rayos de sol se posan sobre las piedras milenarias. Cuando una procesión de monjes budistas inicia su peregrinaje en busca de limosna y sus cánticos rompen el silencio del nuevo día. Cuando el intenso olor a incienso se mezcla con el frescor y la fragancia de la vegetación y el humo del incienso se confunde con la bruma matutina confiriendo al complejo un halo mágico.
Angkor Tom, la ciudad real fortificada, fue construida por el rey Jayavarman VII a finales del siglo XII. Su edificio principal es el Bayon, de 40 metros de altura, con sus impactantes 54 torres con la cara del rey-dios (Jayavarman VII-Buda) esculpidas por sus cuatro costados. Más de
Doscientas caras sonrientes que le observan a uno. Doscientas caras que te vigilan, te persiguen. Mire por donde mire, ahí está la cara divina del omnipresente rey, que dejó su impronta en más de 15 edificios durante su mandato.
Si Angkor wat es el máximo exponente de la monumentalidad del arte jemer y Angkor Tom nos sumerge en el poder de este imperio, Ta Prohn es una impactante simbiosis entre hombre y naturaleza, entre ruinas y selva. Enormes raíces de árboles de la especie ficus gibosa devoran las piedras del templo. Durante el imperio jemer, fue utilizado como monasterio real y universidad y llegó a alojar a más de 12.000 monjes budistas mahayanas. Resulta fácil imaginarse cómo debía ser la vida en el monasterio. Monjes ataviados con túnicas de color naranja observando una vida sencilla y austera, entregados a la meditación, a los cánticos y a las enseñanzas de Buda. Hoy, Ta Prohn permanece abandonado, en desuso y sumido en el camino del silencio que emprendió hace más de 500 años.
Muy distinta a estas tres edificaciones desde el punto de vista artístico es el Banteai Srei. Aquí las paredes del edificio, de tonalidad rosácea, están profusamente decoradas. Relieves y detalles muy laboriosos que reflejan una gran exquisitez. Quizás, esto se debe a que fue construido enteramente por mujeres.
Describir los magníficos monumentos que nos ha legado el arte jemer sería una ardua tarea como lo es la obra de todo gran imperio.
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