Madagascar.Lunes, 13 de Diciembre de 2010
Josep Lluís Nicolás
Tuve el privilegio de poder compartir aperitivos con Henri Andrianarijaona. Su hospitalidad me retuvo una temporada en su casa de Antananarivo. Solíamos tomarlos antes de cenar con su familia -su esposa y sus dos hijas-, una costumbre más francesa que malgache, pero una costumbre al fin y al cabo. Mientras sorbíamos cada trago nos dedicábamos a arreglar el mundo.
Madagascar es uno de sus países más pobres y adolece de un cáncer enraizado en mayor o menor medida en todas las sociedades de este planeta, la despreciable costumbre de enajenar el erario público, de creer que la gestión del bien común necesariamente ha de pasar por el provecho propio. Henri era un idealista, se había formado en la Sorbona y había vivido la ebullición de Mayo del 68 en París. Acabados sus estudios y el doctorado, en lugar de prosperar en Francia decidió regresar a Madagascar con su flamante esposa francesa y tratar de poner sus capacidades adquiridas en la antigua metrópolis al servicio de su país. A Henri le interesaba, entre otras cosas el deporte, y con los años y su capacidad de gestión y entusiasmo acabó siendo Secretario General en el Ministerio de Juventud y Deportes durante el último gobierno de Didier Ratsiraka. Entre otros asuntos se ocupaba de formar a gestores de alto nivel para desarrollar el deporte en su país, de involucrar a los jóvenes a participar en los Juegos del Océano Índico y también en dotar de contenido al nuevo Palacio Nacional de la Cultura y de los Deportes de Mahamasina, en la capital.
A pesar que él no había estado, Henri sugirió volar hasta Ankarena, el aeropuerto de Nosy Boraha, Ille Sainte Marie, al nordeste de Madagascar. No lo confesó, pero demostró una sana envidia por enviarme a lugares de su propio país que él no había tenido la oportunidad de visitar.
Al sur de Sainte Marie hay dos pequeñas islas sorprendentes, la Ille aux Nattes, un reducido paraíso tropical, prácticamente despoblado, con playas de aguas increíblemente cristalinas y la Ille des Forbans, antiguo refugio de piratas y filibusteros que asaltaron durante los siglos XVII y principios del XVIII las rutas de las compañías de las Indias de las potencias europeas. Nosy Boraha no tiene la popularidad entre los escasos turistas que visitan Madagascar que posee Nosy Be, más al norte. Nosy Be tiene infraestructuras más modernas y carece de la mala fama que Nosy Boraha tenía a causa de la malaria. El regreso de Sainte Marie a Madagascar no está desprovisto de emoción. Las barcazas que enlazan las islas suelen viajar sobrecargadas de pasaje hasta extremos inimaginables. A una de ellas, la “Hyspaniola” por ejemplo, nadie diría, siendo generoso, que tenga una capacidad superior a la veintena de personas. Sin embargo, normalmente es probable que el trayecto no se inicie hasta que unas setenta u ochenta la ocupen acarreando además una infinidad de pertrechos, desde material de ferretería a jaulas cargadas de gallinas y pollos. Pero la emoción no acaba ahí, poco antes de llegar a tierra firme hay que atravesar una barrera de arrecifes a través de un estrecho ajustado, muy ajustado. El pasaje empieza a ponerse los chalecos salvavidas ante los vaivenes ocasionados por el oleaje. Nadie llega seco, pero llega.
El camino hacia el sur es largo. Madagascar es un continente en sí mismo. Y Mahavalona una aldea costera en la que floreció la trata de esclavos en el siglo XVIII, tras el declive del que se perpetraba en la bahía de Antongil. Medio quilómetro al norte el rey Radama I hizo construir, muy a principios del XIX, un fuerte para proteger el enclave. El bastión fue construido con coral, arena y huevos, de planta circular para repeler de manera más efectiva los proyectiles que le fueran lanzados. Sus muros alcanzan los ocho metros de altura y en algunos puntos seis de espesor. Fue llamado “Madan’ny Foulpointe”, porque en las cercanías naufragó un navío británico cargado de objetos de regalo: cerámicas, cajas de música, vestidos…Dicen que el barco inglés se llamaba “Full”, o quizás simplemente estaba lleno. Otra versión pone en boca del pirata inglés Thomas White el nombre de Hopeful Point que una vez adecuadamente afrancesado se convirtió en Foulpointe.
Fianarantsoa, a más de trescientos quilómetros al sur de la capital, Antananarivo es la principal ciudad de la etnia Betsileo. En sus alrededores se producen unos vinos más que aceptables, en cualquier caso siempre mejores que los franceses que se importan, habitualmente mal conservados. Cerca de Tanana Ambony, la ciudad alta, un chaval, apenas debía tener diez años, iba cargado con sus libros de escuela, que me fue mostrando. Contó que quería estudiar para ser piloto de Air Madagascar, sabía que tenía que estudiar mucho pero ese era su sueño. Se me ocurrió invitarle a comer una pizza. No las había probado jamás y le entusiasmaba la idea y la novedad. Le pregunté qué era lo que comía habitualmente. Ni se lo pensó un instante: “Arroz” fue la respuesta. En mi estúpida curiosidad volví a inquirir con que comían el arroz. Me miró como si tuviera ante sus ojos, probablemente con toda la razón del mundo, a un iletrado occidental. “¿Arroz?, ¡el arroz se come con las manos!”.
Más al sur, sobre la ruta del parque Isalo una carretera interminablemente recta atraviesa a lo largo la población de Ilakaka. Ilakaka es una reciente aglomeración de construcciones de madera. En sus proximidades se descubrió zafiro y, del mismo modo que durante la fiebre del oro de California o del Yukón, su población se multiplicó exponencialmente en los años noventa. De una cuarentena de pobladores se ha pasado a más de sesenta mil. Pero el incremento no se ha visto acompañado del correspondiente desarrollo de infraestructuras. No hay agua corriente ni canalizaciones. Apenas llegan la electricidad y los servicios.
Aún siguiendo hacia al sur no sería sorprendente encontrar al Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry sobre o junto a algunos de los innumerables e inmensos baobabs que jalonan la carretera…hasta que esta empieza a desaparecer. Durante quilómetros lo que era la ruta nacional número 7 se convierte en algo parecido a una embarrada pista que puede llegar a tener centenares de metros de amplitud. Todo depende de por donde hayan pasado los últimos vehículos intentando vadear los inmensos charcos de agua y barro en la ruta hacia Toliara.
A mediodía no se ve un alma en Toliara. La explicación es el peso del sol. No es que haga calor, es que hace mucho calor y la luz, densa, se apoya insistentemente sobre los hombros y sobre la cabeza como un pesado fardo del que imposible zafarse ni siquiera en la sombra. Tampoco a esa hora es posible encontrar un pousse-pousse, en una ciudad por la que circulan más de tres mil. Los pousse-posse (literalmente “tira-tira” o “empuja-empuja”) son carromatos de dos ruedas que transportan una o dos personas tirados a fuerza de brazos, una verdadera institución en lo referente al transporte público en Madagascar.
La última vez que vi a Henri fue en Sète, en el Languedoc, en una visita que hizo a su familia francesa. Rememoramos los entrañables aperitivos que tomamos en su casa y los calurosos días que pasé en su tierra. Paseando llegamos hasta el cementerio marino de la ciudad. Visitamos la tumba de Paul Valéry. Desde el cementerio hay una bonita vista de la ciudad, se ve a la perfección su puerto y proporciona una cierta sensación de nostalgia de cosas perdidas para siempre. Probablemente la misma sensación que tuve un año más tarde, cuando sus familiares me hicieron saber que le había fallado para siempre el corazón. A pesar de todo no son cosas perdidas para siempre, aún con la huella que la nostalgia pretende imprimir, sino todo lo contrario, porque fue precisamente su corazón el que dejo un recuerdo imborrable en aquellos que lo conocieron. A ton santé, Henri!
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