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Ocio Viajes Los maestros fatimíes

Los maestros fatimíes

 

Josep Lluís Nicolás

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Qairuán tiene una medina asequible. No es demasiado grande y es remarcablemente relajada. Las alfombras cuelgan de las fachadas encaladas y de los repuntes de marquetería que engalanan las ventanas en un azul celeste muy claro. Los comerciantes se sientan pacientemente a la sombra, en la calle, frente a sus negocios, a la espera de un cliente.

 

Cerca de Bab Tunis, la puerta de Túnez, al final de la avenida 7 de Noviembre, se hacinan colgados todo tipo de enseres de plástico frente a maniquíes que recuerdan a los de un comercio de Singapur o Hong Kong, pero, con facciones semíticas, lucen la moda femenina árabe más moderna junto a atavíos de corte clásico, maletas de viaje, manteles y otros tejidos.

 

En el recinto amurallado de la medina está la Gran Mezquita, también llamada de Sidi Oqba Ibn Nafi Al Fihri, fundador de la ciudad en el año 670. Quizás en disputa con Qom, en Irán, o Nayaf, en Iraq, Qairuán rivaliza con ellas por ser la cuarta plaza más venerada en el mundo islámico, tras La Meca, Medina y Jerusalén. Cuatrocientas catorce columnas soportan buena parte de la construcción. No hay dos iguales. Todas proceden de antiguos templos romanos y bizantinos. Capiteles de distintos órdenes se alinean uno junto a otro en una interminable sucesión de ocres rojizos. Junto al mimbar, azulejos de Bagdad, madera procedente de la India, y a su lado, inscrito sobre el mármol en caligrafía kufí, los cuatro versículos de la antepenúltima sura del Corán. La de la Unicidad de Dios.

 

A poca distancia se levanta otro lugar sagrado para los musulmanes: el mausoleo de Abu Zammaa al Belaui, Sidi Sahab, acompañante de Mahoma. De él se cuenta que siempre llevaba consigo tres pelos de la barba del profeta. De ahí que el mausoleo se conozca también como la mezquita del barbero.

 

Qairuán fue durante la época dorada de la dinastía aglabí, antes de la fundación del Califato de los fatimíes, y durante este, cuna de relevantes pensadores del mundo árabe. Nacidos en la ciudad o provenientes de Al Ándalus, como Yahya Ibn Omar, de Jaén, quien estudió en Córdoba antes de instalarse en Qairuán, o su discípulo, el médico y filósofo Abu Al Arab. A ellos les seguiría un sinfín de nombres. Ibn Abi Zayd, Al Qâbisi, el filólogo Al Qazzaz,  el poeta Ibrahím al Housri, o el astrónomo Ibn Abi Al Rijâl quien escribiría la obra de astrología “Al-Bâri’ fi akhbâr al-noujoum”, ya traducida al latín  en 1087 con el titulo “Praeclarissimus liber completus in judiciis astrorum”.

 

También hubo casos inversos, en los que estudiantes kairuaníes, dejaron la Berbería por el Califato de Córdoba, como Al Khouchani, quien a sus 23 años arribó a la capital andalusí, llegando a convertirse en un notable historiador. En su libro “Tabaqât Ifriquiya”, compendia las biografías de los más notables personajes del Magreb hasta la mitad del siglo X.

 

A principios de ese siglo, con la ascensión al poder de Ubayd Allah al-Mahdi Billah, arranca el nuevo Califato Fatimí que extendería su control por todo el norte de África hasta Egipto, donde fundarían El Cairo. Pero sin llegar tan lejos, la capital del nuevo califato se trasladaría inicialmente de Qairuán a la punta del Cabo África, donde se construyó Mahdia.  

 

Por las tardes las sombras se alargan para deslizarse a través de Skifa Kahla, también llamada Bab Zouila. Se deslizan lentamente para atravesar la bóveda de 50 metros de longitud de la antigua puerta fortificada que era el único acceso a la ciudad. En el otro extremo de la península, en el cabo de África, se alza Bordj el Kebir, la fortaleza turca que defendió la ciudad de españoles, genoveses y venecianos. Entre esta y el antiguo puerto púnico y fatimí, se extiende un enorme cementerio que se refleja en las cristalinas aguas que rodean Mahdia. A medio camino entre el Bordj y la puerta, los habitantes de la ciudad consumen el tiempo a la vez que el té, frente a un dominó y a la sombra de los plátanos, en los cafés de las plazuelas El Cairo y Khadi en-Noaminé.

 

Mientras las sombras fluyen bajo la bóveda de Bab Zouila, ese mismo sol vespertino que las proyecta tiñe en carmesí los muros del ribat –monasterio fortificado- de la ciudad de Sousse. El mismo ribat que,años ha,acogió en su retiro al ya citado jurista YahyaIbn Omar. Construido a finales del siglo VIII abre, junto a la Gran Mezquita, la entrada a la medina en la plaza de los Mártires. La situación de la mezquita es atípica, ya que generalmente se encuentran en el centro del entramado urbano. También es atípico que carezca de minarete, a pesar de la sencillez manifiesta de la arquitectura aglabí. La llamada a la oración se realizaba desde la torre del ribat.

 

En la rue des Remparts, junto a la bien conservada muralla que rodea la medina, existe un pequeño museo privado, Dar Essid, ubicado en una de las casas más antiguas de la ciudad. Construida en el año 928, recrea las condiciones de vida de una acomodada familia árabe del siglo XIX. Un patio alicatado con azulejos andaluces distribuye las entradas a las estancias. En el piso superior un café ofrece un esplendido panorama de la población, desde la Kasbah hasta el que fuera puerto de la Hadruméte fenicia nueve siglos antes de Cristo y principal salida al mar de los califatos con capitalidad en Qairuán.

 

Dejando atrás la medina, tras la plaza Farhat Hached, se extiende la moderna Sousse con su tráfico que poco tiene que envidiar al de Túnez capital. El paseo Hadi Chaker, junto a la playa de Boujaffar es un constante ir y venir de gentes entre aromas de cúrcuma y comino, el nuevo perfume de la Hadrumetum romana.

 

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