Revista Rambla
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Ocio Viajes Büyükada.

Büyükada.

Josep Lluís Nicolás

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Las risas de los niños inundan la cubierta del puente, a popa del ferry. Otros, adolescentes, lanzan comida que las gaviotas atrapan hábilmente al vuelo. Un camarero recorre desprovisto de entusiasmo el pasillo entre los asientos, cargado con un termo de té y una bandeja cargada de enormes rosquillas azucaradas. Otros pasajeros hunden sus miradas entre las páginas de Hürriyet o de Adalar, rotativos locales. Un locuaz vendedor, excesivamente bien vestido para la ocasión, vocifera en la cabina las maravillosas propiedades de un destornillador multiusos provisto de linterna y las de un bastón telescópico que cabe en el bolsillo ante un público que parece escéptico. Hace malabarismos para demostrar la inestimable utilidad de apoyo del tubo metálico extensible. Sorprendentemente al cabo de pocos minutos de incesante cháchara una buena parte del pasaje ya está provista de uno u otro.

 

Más allá de la barandilla de estribor y una vez atravesado el Cuerno de Oro, desfila pausadamente el perfil de Sultahamet, de Hagia Sofía, de la ciudad vieja de Estambul. Se distinguen, más próximos, a babor, los edificios de los barrios asiáticos de la gran metrópoli turca: Üskudar, la antigua Chrysopolis griega, Scutari para los genoveses en la Edad Media y Kadiköy, una vez llamada Calcedonia. A proa, ya en el mar de Mármara, pronto se aprecia el perfil de unas islas. Son Kizi Adalar (las Islas Rojas), un pequeño archipiélago de nueve islas que apenas dista una veintena de quilómetros del centro urbano. La gente de la ciudad se refiere a ellas simplemente como Adalar (las islas). Y Büyükada, la mayor de ellas, significa literalmente “Gran Isla”.

 

Antes de ceder a las avalanchas de domingueros y turistas, las islas estaban habitadas por pescadores y monjes griegos. También llegaron los Príncipes, el otro nombre con el que se conoce el archipiélago, en un destierro lo suficientemente prudente como para conservar la cabeza sobre los hombros durante las disputas sucesorias de la corte de Bizancio y posteriormente de las conspiraciones palaciegas de los salones de Topkapi. Otro exiliado célebre fue León Trotsky, quien pasó cuatro años, entre 1929 y 1933, en el palacete de Izzet Paşa en Büyükada.

 

Büyükada fue conquistada para los turcos por el almirante Baltaoğlu Süleyman Bey. A principios del siglo XIX, durante el mandato del Sultán Abdulhamid II, ministros y militares empezaron a construir yalis, preciosas mansiones de madera, en la proximidad del mar. A ellos les siguieron ricos comerciantes judíos y armenios del barrio de Pera, también predispuestos a gozar de una temperatura más suave que la de la capital. Estos yalis, algunos mejor conservados que otros desde los tiempos de la Belle Epoque, dan un aire absolutamente decimonónico a los asentamientos isleños.

 

El ferry, proveniente del embarcadero de Kabataç, para en cada una de las islas. Primero recala en Kinaliada, sede de la Escuela Naval Turca. Prosigue hasta Burgaz y luego hasta Heybeliada, otro destino popular durante los fines de semana estivales de barbacoas y de picnics, antes de amarrar en Büyükada, la mayor de ellas.

 

Una retahíla de fayton, calesas tiradas por caballos, espera en las cercanías del muelle. No hay vehículos con motor en las islas, a excepción de algunos servicios municipales. Eso se traduce en una sorprendente tranquilidad, a una ausencia del rumor constante del tráfico que produce una extraña sensación inusual en la metrópoli. A veces, miradas casuales, apenas sin tiempo a complicidad alguna se cruzan entre los pasajeros de los carromatos a lo largo de los paseos.

 

A menos de un centenar de metros del embarcadero, una magnifica construcción de estilo otomano, hay una plaza, Iskele Meydani (plaza de la Iglesia). Lógicamente hay una pequeña iglesia ortodoxa, Rum Panaiye Kilisesi, un par de hoteles, y varios pequeños restaurantes que extienden sus mesas en las aceras bajo el olor de las especies de sus kebabs. También vendedores de multicolores encurtidos: pepinillos, guindillas, zanahorias, olivas... La torre de un reloj cubierto, en el centro de la plaza, trata de recordar a los transeúntes el paso del tiempo. A nadie le importa.

 

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