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Ocio Viajes EN BUSCA DE LA MITICA TOMBUCTU

EN BUSCA DE LA MITICA TOMBUCTU

Por SILVANA F.

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Muchos viajeros se sienten decepcionados cuando llegan a la mítica Tombuctú. Poco queda de aquella gran ciudad en el camino de la ruta de las caravanas. Del oro y de las lujosas mercancías que un día inundaron mercados, calles y plazas. De su esplendor pasado que ya es sólo eso: pasado. Otros viajeros, en cambio, se sienten fascinados por el simple hecho de que haya sido capaz de sobrevivir durante siglos en medio de la nada, lejos de cualquier ruta principal. De que no fuese abandonada ni haya quedado sumergida bajo un mar de arena. Pese a las vicisitudes, Tombuctú no ha sido borrada del mapa. Y fascinados también por la actitud estoica de sus habitantes, aferrados a su identidad y a su ciudad en un medio tan hostil, en constante lucha diaria con el desierto que les castiga con frecuentes tormentas de arena.

 

La mítica Tombuctú se encuentra en el noreste de Mali, en el límite del desierto del Sáhara.  Es una región casi aislada del resto del país y del continente africano debido, en gran medida,  a una política intencionada del gobierno. Tombuctú es la capital de los tuaregs, que históricamente reclaman su soberanía y su independencia. En los últimos años, sobre todo en la década de los noventa del siglo XX, han protagonizado varias revueltas y mantienen una actitud desafiante con el gobierno de Bamako, la capital del país.

 

Llegar hasta aquí no es fácil. Aventurarse a ir en avión puede convertirse en eso, una aventura de final incierto. El vuelo puede ser cancelado sin más si no hay suficientes parroquianos. Por ello, la mayoría de los viajeros opta por la carretera. Aunque eso sería un espejismo fruto del desierto, porque para llegar hasta aquí no existe carretera alguna sino una pista sin asfaltar llena de baches. Son 380 kilómetros desde Mopti, la principal ciudad en el centro del país, hasta Tombuctú. De éstos, 200 kilómetros son de pista, tramos a veces impracticables, con polvo por doquier y soportando temperaturas superiores a los cuarenta grados. Doce horas de trayecto infernal.

 

Cuando la pista llega a su fin, no estamos todavía en Tombuctú. Falta cruzar el río Níger en el puerto de Koroumé en una embarcación cuyos horarios no se caracterizan por una puntualidad británica. El calor es insoportable, no corre nada de aire. Muchos tuaregs se resguardan bajo la sombra de una jaima para sobrellevar algo mejor la espera. Llevan túnicas y turbantes de color azul, lila, verde....Tienen la piel curtida por el sol y uno inmensos ojos como el oro negro que contrastan con los tonos de sus ropas. A uno le embarga de inmediato una sensación de misterio. Estamos ante los temidos “señores del desierto”, “los hombres de azul”. Por fin, llega el barco y alcanzamos la mítica Tomuctú. Me siento fascinada al instante. Qué estoicidad la de estas gentes.

 

Tombuctú, conocida en su día como la “Atenas africana”, hizo fluir riadas de sueños de gloria y riquezas en la imaginación de aventureros y exploradores occidentales. La fundación de la ciudad se sitúa entorno al año 1100 de nuestra era, cuando un grupo de tuaregs se asentó alrededor de un pozo que poco después se convertiría en un campamento permanente. Pero fue en el siglo XV cuando comenzó la época dorada en este inhóspito rincón del planeta, entre el Sahel y el Sáhara. Tombuctú se convirtió en el principal centro urbano del comercio caravanero de la ruta transahariana entre el golfo de Guinea y el Mediterráneo. Miles de dromedarios paraban aquí cargados de cobre, textiles, zinc y, sobre todo, de sal, el producto más preciado que era intercambiado por oro.

 

La sal procedía de Taghaza, al norte de la ciudad, en pleno desierto. Los yacimientos de oro eran abundantes en los reinos del Africa tropical en el sur. Y Tombuctú estaba en medio. Junto al oro y la sal, el tráfico de esclavos era el otro pilar del comercio caravanero.

 

Entonces se forjó la leyenda de Tombuctú. Se decía que su riqueza era tal que las calles de la ciudad estaban pavimentadas con oro. Tombuctú, siempre entre el mito y la realidad. Pero, más allá de la leyenda, lo que sí es cierto es que la ciudad conoció un gran desarrollo económico en poco tiempo. Paralelamente, florecieron las artes, la cultura, la ciencia…..

 

Se convirtió en un importante centro de estudios islámicos, un lugar de referencia para todo el mundo musulmán. Se construyeron numerosas “madrazas” o escuelas coránicas, mezquitas, casas nobles. Poetas, filósofos, científicos....recalaban aquí siguiendo la estela de la mítica Tombuctú..A finales del siglo XVI, la conquista de la ciudad por parte del ejército marroquí marcó el inicio del declive de Tombuctú. En el siglo XIX, la ciudad ya había perdido toda su grandeza. Y con la colonización europea llegó su sentencia de muerte: los nuevos señores no tenían ningún interés ni económico ni comercial en Tombuctú.

 

Aunque Tombuctú es Patrimonio de la UNESCO desde 1988, es una ciudad decrépita, polvorienta, con casas en estado ruinoso, que ha ido perdiendo poco a poco con el transcurso de los años su aliento, su energía, su vitalidad.

 

De su época dorada sólo perviven algunos edificios majestuosos como la mezquita de Djingareiber o “gran mezquita”. Diseñada en el siglo XIV por un arquitecto andalusí, Es Saheli, es una mezquita de adobe construida sobre una estructura de madera. Otro monumento destacado es la mezquita de Sankoré  que fue en su momento una de las universidades islámicas más prestigiosas del mundo. Llegó a tener hasta 2.500 alumnos. Casas históricas de aire morisco, con bellos portales de madera y tiradores ricamente tallados completan la oferta artística de Tombuctú. Y poco más. Hay que dejar correr mucho la imaginación como hicieron los exploradores occidentales en la época de las caravanas para adivinar cómo era la ciudad..

 

Los tuaregs, nómadas de origen bereber, se sienten orgullosos de su identidad, son altivos. Profesan el islam, aunque no observan el Ramadán, el mes de ayuno de los musulmanes, debido a la dureza del desierto. Tampoco practican la poligamia y las mujeres gozan de una mayor independencia y autonomía que en otros países islámicos: tienen cabezas de ganado e ingresos propios al margen de los del marido. Los tuaregs usan amuletos y talismanes, el más importante de ellos, la cruz de Agadez, que protege contra el mal de ojo y da suerte. Visten una túnica llamada bou-bou y turbante, símbolo de respeto y orden social.

 


Sin embargo, han perdido parte de su cultura. Al no poder subsistir en la actualidad con el tráfico caravanero –aunque siguen habiendo caravanas cargadas de sal entre otoño e invierno-, han abandonado su nomadismo por una vida sedentaria. Sufren infinitas penurias y escasez de alimentos. Sobrevivir en Tombuctú no es tarea fácil, pero sus habitantes llevan siglos de desafíos. Y se sienten orgullosos



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