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Ocio Viajes La Ciudad de las Maravillas

La Ciudad de las Maravillas

Josep Lluís Nicolás

 

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El aire se condensa lentamente entorno la copa helada mientras se vierte en ella un sutil chorrito de manzanilla de San Lúcar de Barrameda. Unos dedos hábiles sujetan una nueva lámina mientras el cuchillo se desliza magistralmente sobre la pata de jamón separándola finamente, convirtiendo la grasa blanca en una patina casi transparente de paraíso que se deshace en el paladar. Una tras otra se van sirviendo sobre una hoja de papel de celulosa hasta que llegan a la mesa para acompañar, con gran cariño, las manzanillas.

 

Un placer que probablemente jamás conocieron los súbditos de Abu Yaqub Yusuf al-Mansur o de su sucesor Muhammad Al Nasir, califas Al-Muwahhidun  –almorávides-, quienes reinaron durante el fin de la construcción de la Gran Mezquita. Esta debía substituir a la de Ibn Adabbas erigida en el 829 allí donde hoy se encuentra la Iglesia de San Salvador. El miércoles27 del mes de Rabî Ath-Thânî del año 593 de la hégira oyeron por vez primera al muecín anunciando la oración desde el minarete. Este se empezó a construir por Ahmad Ibn Baso y lo acabó Alí al Gumarí, a imagen del de la Kutubia de Marraquech. A pesar de las modificaciones que los años han añadido, seguramente reconocerían el minarete de su ciudad, Sevilla, la que por entonces se llamaba a sí misma Ishbiliyya. Capital de su propio reino durante los periodos de las Taifas o dependiente del Califa de Córdoba en otros.

 

Ahora no hay muecín, sino una retahíla de turistas que ascienden por la rampa hasta el mirador de la cúspide de la Giralda, desde donde se otean algunos detalles de la ciudad: el patio de los Naranjos de la Catedral de Santa María, las callejuelas del barrio de Santa Cruz, las piscinas de los hoteles aledaños, el tejado del Archivo de Indias y hacia el fondo, cercano al horizonte, el rio.

 

Junto a la catedral las gitanas intentan vender briznas de tomillo y leer la buenaventura en las manos de algún incauto, que a lo sumo pueden pretender que les sea vaticinada la inminente perdida de 10 o 20 euros. Aunque siempre queda el consuelo de considerar enmarcar el tomillo como oneroso recuerdo de la visita a la ciudad.

 

Al otro lado, junto a las murallas del Alcázar (al Qsar, castillo), y atravesando un largo soportal se llega a la calle de la Judería, entrada del barrio de Santa Cruz, un pequeño laberinto de callejuelas encantadoras en el corazón de la ciudad. Fachadas encaladas en blanco, rejas de hierro forjado y arcadas cubiertas de violetas buganvillas dispuestas para crear un resquicio de sombra, acompañan el paseo por calles con nombres tan sugerentes cómo la del Agua, de la Pimienta, del Consuelo o de la Vida, inscritos todos en cerámica sevillana junto a las esquinas.

 

Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, Sevilla se convirtió en el principal puerto de la península, la Torre del Oro, antiguo bastión árabe, en depósito del metal precioso. El comercio con las colonias transformó la ciudad en centro económico del Imperio Español, la población se multiplicó y sus calles se extendieron. Para regular los negocios y la navegación se fundó en 1503 la Casa de Contratación de Indias. Hoy el edificio acoge al Archivo General de Indias. Más de nueve quilómetros de estanterías guardan 43000 documentos con unos 80 millones de páginas y 8000 mapas y dibujos y textos originales de Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Magallanes y Pizarro.

 

A orillas del Guadalquivir se yergue la altiva Maestranza, con sus bermejas puertas colosales enmarcadas en franjas del ocre amarillo tan típicamente sevillano. Las sombras de las rejas se proyectan al final de la tarde sobre las blancas paredes del pasillo que, por la parte externa, circunvala el ruedo. De este último procede precisamente la materia prima con la que están hechos, no los sueños, sino el riquísimo rabo de toro de lidia. En el exterior se perfilan a contraluz las estatuas de famosos toreros que en su día pisaron la arena.

 

El Rio Grande –Oued al Kebir- fue testimonio de la primera incursión de “cruceristas” el 24 de setiembre de 844. Ochenta drakkar vikingos remontaron el curso del las aguas asaltando la ciudad durante siete días. Según relata José Bisso en la “Crónica de la Provincia de Sevilla” impresa en 1869, los normandos fueron repelidos, aun así volvieron al cabo de quince años e incendiaron la mezquita mayor de la ciudad. En la actualidad se conforman con pagar la entrada para visitar la catedral.

 

El rio, que un día se atravesaba en barcazas  hoy se cruza a pie o en automóvil a través de sus múltiples puentes. Desde el futurista del Alamillo, diseñado por Santiago Calatrava, hasta el más antiguo, el de Isabel II, construido por el ingeniero francés Eiffel. Este último lleva al barrio de Triana, al que se entra por la plaza del Altozano, donde una estatua del matador Juan Belmonte escudriña la otra orilla.

 

Triana me huele a pescaito frito, a puntas de solomillo, a cazón en adobo, a ventresca de atún y a boquerones. Y, ¿cómo no?, a manzanilla y a la nostalgia conjunta de todos esos sabores. Nada que una ramita de tomillo no pueda solucionar. Espero que mi amigo me la preste algún día. 

 

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