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Ocio Viajes Una isla en el Caribe

Una isla en el Caribe

Josep Lluís Nicolás

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 Mi amol, cómo eres! De verdad que te quiero. Me gustas mi amol.

 

La mulata intentaba abrirme la bragueta. Por cada dos botones que conseguía desabrochar yo solamente atinaba a abotonarme uno.  Insistía en chupármela y yo – Einstein ya decía que la estupidez humana no tiene límites – me negaba reiteradamente.  De todos modos sigo convencido de que el mayor interés que despertaba en la mulata estaba a pocos centímetros de la bragueta. Concretamente en el bolsillo. Y más concretamente en el último billete de 20 dólares que me quedaba.

 

Y es que la economía cubana de calle a mediados los ochenta a pesar de basarse en el apoyo económico de la Unión Soviética y no haber llegado todavía a las crisis de los balseros de los noventa ya experimentaba una fuerte atracción por la divisa norteamericana. De hecho un turista que cambiase dólares por pesos cubanos tanto en el mercado oficial cómo en el mercado negro no dejaba de estar haciendo el primo.  El dólar se cambiaba legalmente a la par con el peso. En el mercado paralelo se podían conseguir entre 5 y 12 pesos por dólar. El problema subsiguiente era qué diablos hacer con la divisa nacional obtenida. Hablando de plata y en plata: nada. Los bares que había frecuentado Hemingway habían sobredimensionado el precio de los mojitos y daiquirís que tan ávidamente había consumido el escritor norteamericano en los años cincuenta. Además cómo no, cobraban en dólares. En la plaza de Montserrate, en el centro de Habana Vieja era preferible sumergirse en el desangelado ambiente del Piña de Plata que acompañar, pocos metros más allá, el Hemingway de bronce que se resistía a abandonar uno de los extremos de la barra del Floridita.  Por el mismo precio, prescindir de la compañía del norteamericano proporcionaba cuatro daiquirís en lugar de uno.

 

Qué hacer de los pesos? No recuerdo cuánto cambié. Aunque hubiera sido poco era, en cualquier caso, demasiado. Bajando por la calle paralela a O’Reilly hay una librería en la que también podían  encontrarse discos y cassettes de música popular cubana. Aceptaban pesos cubanos!!!!  Ahí pude adquirir alguna cinta de Celina con Frank y Adalberto, o de Carlos Puebla o de la Orquesta Revé. También algún ejemplar sobre el pensamiento económico del Ché Guevara...o entre medio peso y peso y 10 centavos “Conquista y Colonización de Cuba” y “Comercio clandestino de esclavos”!!.

 

Tampoco los taxistas aceptaban de un extranjero el pago en pesos. Moverse por La Habana montado en uno de aquellos maravillosos clásicos de los años 40 o 50 era cómo viajar en el tiempo y, por poco interés que uno tenga en la automoción, es inevitable seguir con la mirada el desplazamiento de lo que en cualquier otra parte del mundo serían piezas de museo. Fue el bloqueo norteamericano tras la revolución de los barbudos el que permitió a Cuba convertirse, paradójicamente, en el mayor museo rodante de automóviles estadounidenses de los años cincuenta. Treinta años más tarde del intento contrarrevolucionario de Bahía Cochinos, o playa Girón, los Chevrolets , Buicks, Cadillacs, Plymouth y Chryslers seguían rodando cómo nuevos, o casi, por las calles y carreteras de la isla caribeña. Unos 150.000 vehículos norteamericanos circulaban cuando triunfó Fidel. Y lo siguen haciendo todavía los cerca de 60.000 que están en circulación...aunque sea con motores rumanos, cambios de marchas fabricados por Toyota, o lo que haga falta. La carencia de repuestos se suplió con la imaginación y el ingenio de los mecánicos cubanos.

 

Si hay algo que agradecer al Almirante, me refiero a Cristóbal Colón, es que en su segundo viaje, en 1494, trajera consigo raíces de caña de azúcar, que según él mismo dirigiéndose a los Reyes Católicos, dijo que “unas poquitas que se pusyeron han prendido” (sic). En 1594 el gobernador de la isla, Juan Maldonado Barnuevo, informaba a la corona que “...la fertilidad de la tierra es grandísima y que de una vez que se planta la cana en muchos anos no ay que tocar a ella mas que cortar la y sacar el fruto biendo como ay canaberales de quinze y veinte anos...”(sic). Con los años esas poquitas que prendieron dieron origen a una de las principales industrias de la isla. Cunyayas, trapiches, ingenios y finalmente centrales sacaron su jugo a la caña de azúcar, el elemento indispensable para elaborar mojitos y daiquirís, o para consumir solo: el ron.

 

Y tomando ese ron se oía sonar:

 

“Entonces todo el mundo con mucho suin dise...

 

azúcar...

 

oye cómo dise mi coro...

 

azúcar...

 

oye mama cómo suena ese coro...

 

azúcar...

 

a los trombones yo lo saludo primero...

azúcar...

la gente quiere que la rumba siga que no pare...

azúcar...”

 

“Bravo, bravo...otra...guapas!” se oyó desde la última fila de butacas. Un grupo de salseros y bailarinas mulatas estaban acabando su actuación en el escenario. Hasta ahí nada de extraordinario sino fuera por el timbre de voz del exaltado espectador. Era el hijo de mi amigo que por entonces apenas tenía tres años. No fuimos los únicos que nos giramos. Ni fue al único público que sorprendió el chaval. En otra ocasión estuvo a punto de volver loco al camarero de la barra de la piscina del hotel. El pobre hombre no acertaba a saber hacia donde mirar cada vez que oía exclamar  vehementemente: “Un sumo piña!”. El camarero miraba a su alrededor y no veía a nadie. “Un sumo piña!” repetía la voz. Finalmente atinó y miró tras la barra, hacia abajo. Una mirada que se dirigía al cielo coincidió con la del camarero y repitió: “Un sumo piña!”.  Estuve a punto de pedir otro, pensando en que le añadieran una chispa de ron, pero al mismo tiempo desistí. Tenía las manos en los bolsillos y noté que no había ni un mísero billete de 20.

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