VENECIA O LA TEORÍA DEL LABERINTOMartes, 03 de Agosto de 2010 Josep Lluís Nicolás
Λαβύρινθος(Labýrinzos): lugar del hacha de doble filo en antiguo griego. El “Labros”, el hacha que simbolizó la ciudad de Knosos, en tiempos de la civilización minoica y, por extensión, del mito del hijo de Parsifae, el Minotauro, insigne habitante del dédalo de callejuelas del palacio cretense. De ahí proviene etimológicamente la palabra laberinto. Es posible encontrar laberintos en multitud de ubicaciones y en distintas épocas de nuestros tiempos, desde los laberintos petroglifos de la edad del bronce a los jardines franceses del Renacimiento elaborados con trabajados setos. Siguen encontrándose en lugares cómo los pavimentos medievales de la catedral de Chartres, la del Duomo de Florencia o incluso en la de la Salute en Venecia. Las antiguas representaciones de los laberintos describen un recorrido continuo con una entrada y una salida, sin conceder opciones al engaño ni permitir alternativas inviables. O muestran mapas, cómo el del Templo de Salomón en Jerusalén, el de la ciudad de Jericó en el siglo XIV de Alisha ben Avraham o el de la fabulosa capital de la Atlántida. Circulares o cuadrados, pero todos ellos con un desarrollo que generalmente consta de siete hileras simétricas, con un principio y un final. A partir de aquí es posible investigar dónde reside su significado oculto: un laberinto es un periplo gnóstico, un diagrama que muestra el desarrollo en la evolución del conocimiento, una metáfora.
El concepto de laberinto en el cual es posible perderse, de los ramales sin salida, de las veredas que retornan a su origen, y de la solución única son sensiblemente más modernos y, a pesar de que del mismo modo se les puede dotar de un sentido simbólico, suelen poseer un cierto componente lúdico.
Así “Venezia é un laberinto”. O más bien es “un puto laberinto”, tal cómo oí decir delante mío a un turista español cuando, durante mi primera estancia, no llevaba ni una hora en la ciudad de la laguna. A pesar de que cuando se pregunta a un veneciano por una dirección la respuesta es invariablemente “tutto diretto”, es decir, todo recto, no es completamente falsa la noción de que Venecia es una suerte de laberinto. Para ser exactos y tal cómo el Labros era un hacha de doble filo, Venecia es un doble laberinto: el que está formado por su intrincada red de calles, puentes, fondamentas, ramos, salizadas, cortes...y otro acuático que entrelaza sus ríos y canales. Este último siempre tiene salida, no hay más que dejarse llevar por las corrientes de las mareas o por el salario de un gondolero. El primero es más incierto, no siempre con una continuidad clara, que, en más de una ocasión, obliga a volver sobre los pasos ya recorridos tras llegar a una corte sin salida, o a toparse con los peldaños de una riva que llevan directamente al agua de un canal.
Pero aplicando la idea del periplo gnóstico, se avanza progresivamente en el conocimiento. Esta vez de la propia ciudad y de su carácter, con la ventaja añadida que proporciona volver sobre los pasos andados para reencontrar detalles no observados anteriormente. Rememorar los escenarios de las acuarelas de William Turner o de Maurice Predergast, los óleos de Canaletto o Bellini. O entrever las líneas escritas por Byron, Mann o Brodsky. Oír una pieza de Vivaldi que se desliza bajo la puerta de una iglesia entre Campo San Vidal y Campo San Stefano. Mirar de reojo el reflejo de la fachada de I Frari en el rio del mismo nombre en un día medianamente soleado. Encontrar una puerta que no lleva a ningún lugar en medio de la calle. Descubrir un elefante de piedra entre las columnas de la Scola Grande di San Rocco o un corazón, también de piedra, bajo el arco de un sotoportego en la salizada del Pignatier. Leer los lomos de los libros de la biblioteca armenia en San Lázaro, o de la biblioteca Marciana en San Marcos, en busca de algún incunable cómo el Hypnerotomachia Poliphili de 1499. Imaginar los palacios del Gran Canal en su época de mayor esplendor o los pozos con vida propia en las cortes de Castello o Cannaregio. Y cuando uno ya no siente las piernas, tras un empacho gnóstico de un calibre moderado, queda una infinidad de terrazas donde sentarse y recuperarse con el aperitivo veneciano por antonomasia, aunque las malas lenguas insinúen que se trata de una invención austríaca. El Spritz: vino blanco, Campari, sifón, hielo, una rodaja de limón y una aceituna. Salud. Ver comentarios de facebook sobre este articulo |
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